¿No
pretenderás subir ahí? Han terminado de ver el museo de la Catedral y se
dirigen hacia el campanario.
¡Pues
no sé por qué no iba a subir! -Exclama ella enérgica. Él la mira entre
sorprendido y molesto: ¿Con esos tacones y ese traje tan ajustado? ¡Cada día
estas peor! Ya te dije que te pusieras los vaqueros y las zapatillas, pero no,
tu tenías que ir vestida como si fueses a un cocktails o al OnlyFans ése. ¡Sin
cabeza! Comenta él, mientras llegan a la puerta que da acceso a las escaleras
del campanario.
¡Ya
ves tú qué problema! Me quito los zapatos y subo descalza y tan feliz. ¡Es que
de todo tienes que crear un problema! Ella comienza a quitarse los zapatos
rojos con el puntiagudo tacón. Él, la mira sorprendida. ¡Estamos apañados!
¡Pues son cerca de doscientos escalones, tu verás! Además ¿Tú para que quieres
subir al campanario? ¿Por las vistas? ¡Si a ti te dan igual! ¡Eso lo dirás tú!
Contesta ella mientras se quita la chaqueta azul y ata las mangas a las asas de
su bolso Chanel. Además, quiero ver las palomas. ¿Palomas? ¡Está sí que es
buena! ¿Dónde has visto tú palomas en un campanario? ¿En tu pueblo o en esas
películas francesas de nibille vasgue que ni tú entiendes? Se dice nouvelle
vague, y son buenísimas y claro que las entiendo. No como tú, que te quedas
dormido a los cinco minutos de comenzar. ¡Son infumables! Contesta él.
La
escalera de caracol les espera. Comienzan a pisar los peldaños lentamente. Él
va delante cogiéndose a la barandilla temiendo trastabillarse por los
resbaladizos escalones de piedra. ¡Mira bien donde pisas, que esto no es nada
fácil! ¡No, si aún tendremos una desgracia con la tontería! Ella, suspira y le
sigue. La escalera es angosta y oscura. Van subiendo despacio y con mucha
precaución.
No
llevan ni cuarenta peldaños y ya se arrepienten de la escalada. El lugar, se va
estrechando por momentos.
¡Anda,
saca el móvil y enciende la linterna que nos vamos a pegar un hostion, que ya
verás tú! Le comenta él, al tiempo que resopla. Las gotas de sudor ya cubren su
frente cayendo como hilillos de agua sobre sus párpados. Ella, comienza a
buscar el móvil en el bolso entre frascos de perfumes y desodorante, pinturas
de maquillaje, pintalabios, pañuelos, bolígrafos, agenda, el spray
antivioladores, y un sinfín de objetos inclasificables. Por fin lo encuentra.
La luz ilumina la estrecha escalera dando vida a los grafitis de amor que
aparecen grabados en las paredes. Ella mira alguno y sonríe. Apunto está de
escribir algo, pero se reprime.
Llegan
a un descansillo con ventana. La ciudad comienza a verse a sus pies.
¡Mierda,
ya me he roto las medias! ¡Y son de las caras! Él menea la cabeza al tiempo que
la observa incrédulo. ¡A quién se le ocurre! ¡Con medias! Si estamos a 35
grados. ¡Si es que contigo no se puede ir a ningún sitio! ¡A mala hora!
De
verdad que tienes que protestar por todo. Pues idea tuya ha sido… ¡Que, si la
ciudad es preciosa, llena de palacios, museos, fuentes… arte!
¡Menudo
arte contigo! Venga, vamos a ver si somos capaces de ver las dichosas campanas.
Siguen
subiendo con el miedo ya pegado como una lapa pesada a las piernas, mientras la
escalera se estrecha aún más.
Él
no lo dice, pero ya le duelen todos los huesos. Sus piernas se han vuelto tan
pesadas y doloridas, que no sabe si podrá alcanzar el campanario, a unos 50
escalones. Ella, ya lleva arrastrando el bolso. Se ha quitado la falda, el
sujetador, las medias rotas y la goma que le sujetaba el pelo. El sudor ya
trepa desde sus piernas hasta el ombligo y se dirige hacia la libertad de sus
pechos.
¡Vamos
a parar aquí, que por ese hueco entra airecillo! Los dos se han sentado en un
minúsculo poyo que hay en una diminuta ventana. Caen ya unos treinta y seis
grados por la ciudad. Por la ventana, ven la soledad de las calientes calles y
el volar de las palomas por los tejados. Van a dar la una del mediodía.
Tres
escalones más y ya divisan las campanas. El lugar los recoge moribundos:
agotados, sedientos y con todas las articulaciones gritando dolor. No hay
palomas. Tan sólo 4 enormes campanas y mucha arena y polvo en el suelo. Eso sí,
las vistas a la ciudad son impresionantes. Intentan acercarse a los huecos del
campanario, pero el vértigo, puede con ellos. No se atreven a mirar. Retroceden
temerosos hacia el centro del lugar. Se han sentado en el suelo. Ella resuella
buscando algo de aire que le ayude a vivir el momento y él, ha tumbado su metro
y ochenta centímetros sobre el suelo. Intenta desabrocharse los botones de la
camisa. No puede respirar y su cara ha enrojecido notablemente.
-
¡Marta, me ahogo! ¡No puedo respirar! Apenas puede hablar y sus ojos comienzan
a nublarse. ¡Marta, el corazón!
Ella
se mira embelesada en un espejo diminuto que ha sacado del bolso y comienza a
colocar sus cabellos rubios en orden
-
¡No exageres, Andrés! Ya estamos arriba y podemos descansar. Tranquilízate y
respira hondo.
-
No, Marta, ¡Que me ahogo y me duele mucho el corazón! ¡Esto es un infarto!
¡Llama a emergencias! Su rostro ha pasado del rojo intenso a un blanquecino
color de angustia vital.
Marta
intenta encontrarle el pulso y darle aire con su mano derecha. Cálmate, que
seguro que es una bajada de tensión. ¡Si es que subir hasta aquí! ¡Tus
ocurrencias!
¡Martaaaa,
llama al Samur!
Oyen
el ruido del helicóptero acercarse. La policía y los enfermeros han visto
inviable bajarlo en camilla. Será necesario trasladarlo en helicóptero. Marta
llora desconsoladamente en un rincón del campanario. En camisa y con solo las
diminutas bragas, tiembla aterrorizada. Un enfermero la abraza bien fuerte
intentando darle ánimos. Los especialistas de rescate en montaña de la Guardia
Civil se acercan al campanario. El remolino que forma el helicóptero, hace que
todos se refugien en la escalera. Suben a Andrés en la cesta no sin dificultad.
Esta inconsciente y el infarto de medio corazón está controlado. Han logrado
estabilizarlo. Marta sigue llorando en brazos del enfermero, al que ya llama su
“Salvador”. El helicóptero ya tiene en su interior la camilla con Andrés.
Inicia el vuelo ahuyentado las palomas del tejado. El reloj de la Iglesia
vocifera con estruendo las cuatro de la tarde.
Abajo,
entre el gentío que se ha aglomerado alrededor, la policía detiene al enfermero
que ha consolado a Marta en el Campanario. Ella lo ha denunciado por agresión
sexual.