Con
ese palo aceitoso, grabas su nombre en la arena de la playa, y esperas
pacientemente a que el agua borre su nombre. Tan pacientemente que te da tiempo
a recordar todo lo que os ha sucedido hasta ayer. Porque ayer mismo, se terminó
vuestra historia después de ocho años. Irremediablemente. Pero sigues
esperando, porque así lo manda la tradición del buen olvido. El agua
tiene que borrar su nombre para que la luz -de la buena- vuelva a fluir. Así
olvidarás por completo. No hay otra forma. Así lo manda el libro y las palabras
de la santera yoruba cubana que te ha cobrado quinientos euros por el
saneamiento de tu corazón.
Has
debido dibujar su nombre más cerca del mar. De esa orilla que pacientemente
pisas con tus pies descalzos. Así, te vas a tirar días y días hasta que el agua
diluya en un espejismo su nombre. Te sientas en la arena junto al nombre
y…esperas pacientemente. Eso ¡Ahora ponte a llorar!
Ha
pasado una semana y sigues ahí. Su nombre aún no lo ha borrado el mar. ¡Mucha
paciencia tienes!

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