Lucía un sol exaltado aquel domingo
de primavera. Sonrió. Un día que prometía. No tardó en vestirse, en cobijar su
cuerpo con el único traje de su armario. Un traje azul marino que siempre le
ofrecía una imagen de respetabilidad y elegancia. Desayunó en el bar de Manuel
y se dirigió hacia la Gran Vía en metro. Se fijó en aquellas dos señoras
entradas ya en años con muchos recuerdos en las arrugas de sus cuellos y,
tentado estuvo. Miró sus caros bolsos y sus dedos ya comenzaron a bailar
nerviosos. Tuvo que alejarse de ellas para no caer en la tentación. Apenas
había gente en el vagón del tren y la situación no era nada propicia. Bajó en
la parada Gran Vía. No tenía prisa. Aún tuvo tiempo de tropezar con las dos
señoras. Y no pudo reprimirse. No fue difícil sustraerle la cartera a una de
ellas. La que no paraba de hablar y reírse con su amiga ajena todo lo que le
rodeaban.
Ya en la calle, el sol cegó sus
ojos. Se colocó las gafas negras y comenzó a caminar buscando promesas
desvalidas. La pareja que paseaba aquel perro enano. Sus dedos hambrientos
alcanzaron en un suspiro la cartera del pantalón de él. Llegó a la Puerta del
Sol. Algunos de sus conocidos de oficio ya llevaban algunas horas trabajando la
zona. La cartera de aquella joven de tacones altos y traje chaqueta de
ejecutiva altiva, resbaló también en su bolsillo. Se dirigió hacia la Plaza
Mayor. El móvil de la chica japonesa, la cartera de un pensionista que paseaba
a su nieto detrás de unas palomas adormiladas, la pulsera de oro de aquella
señora con un presumido y atildado caniche. Sobre la una de la tarde, entró en
el Parque del Retiro. Un par de carteras más se alojaron en su chaqueta. Se
sentó en su banco preferido. Alejado de los paseantes y cámaras, y comenzó a
comerse el sándwich de queso y jamón que había comprado en la Plaza Mayor,
junto a una lata de cerveza. Mientras mordisqueaba el sándwich, extrajo el
contenido de todo el material sustraído.
No, no se había dado nada mal la
mañana. Abundaban los billetes, las tarjetas de crédito y los carnets personales
-que arrojaba en la bolsa de una papelera- y un montón de boberías que la gente
solía llevar en esas carteras brillantes. Eso sí, las estampas de santos y
vírgenes que algunas personas solía colocar en ellas, las guardaba. Quizás por
superstición, pero nunca se deshacía de ellas. Como los cupones de los ciegos o
los décimos de lotería. Nunca se sabía si la suerte los acompañaba. Al
regresar, el parque brillaba. Cientos de personas, de parejas, disfrutaban del
lugar, paseando tranquilamente con las preocupaciones escondidas en los
bolsillos. Sin demasiado esfuerzo, otras cinco o seis carteras. Se acercaba la
hora de recogerse y descansar. Sin apresurar el paso y disfrutando de calor de
la tarde, llegó a la Cafetería Hermes. Era su lugar preferido para tomar café y
deleitarse con sus afamadas lionesas de chocolate. En los servicios, la
curiosidad alborotó sus dedos. Abrió algunas de las carteras sustraídas. Una de
ellas, de cuero marrón con pequeños ribetes rojos y azules y dos iniciales
grabadas, llamó poderosamente su atención. Era realmente bella. Un lujo de
cartera. No recuerda a quién se la sustrajo. Tal vez al señor de sombrero, de
unos setenta años, que paseaba tranquilamente con su oronda mujer.
Miró en su interior. Billetes en
dólares, euros y aquellos extraños billetes que no logró ubicar. Unos
500, llegó a calcular entre las dos monedas y sin contar los billetes
desconocidos, cuyo valor, desconocía. Pero aquella cartera aún tenía secretos
por descubrir. Miró en aquel documento similar a un Dni, la cara del
propietario. No lo recordaba. No solía fijarse en las caras, tan solo en sus
atuendos en los que extraviarles sus sueños. Dimitri Kalsov. Ese era su nombre.
De unos sesenta años y seguramente ruso de nacionalidad. Los billetes extraños
serían rublos. Fue aquella medalla en oro con un diminuto corazón que se abría
lo que más llamó su atención. En su interior, descubrió la foto de un joven
sonriente en la tapa y en el compartimento aquellas brillantes piedras. Sus
manos temblaron. Supo al instante que eran diamantes. Unos diez. Diminutos,
pero de un valor -imaginó- incalculable.
Se apresuró a salir de la cafetería.
Su casa estaba aún bastante lejos y ya oscurecía. Dudó entre coger el metro o
ir caminando. Optó por esto último y se arrepintió. A cada cierto paso, se
giraba hacia atrás, temiendo que lo siguieran. Con cada persona que se cruzaba,
creía ver al dueño de los diamantes. Su cabeza no paraba de pensar en la mafia
rusa y lo expeditivos que podían ser. Lo había visto en películas y series de
televisión. No durarían en matarlo al instante en venganza.
Llegó a casa sudando y con los
nervios crujiendo sobre sus articulaciones. Subió las viejas escaleras y al
llegar a su puerta, tras meter la llave en la cerradura, se percató que la
lámpara de la mesita del salón estaba encendida. Junto a ella, sentado en su
butaca, aquel señor mayor de negro. No le dio tiempo a decir nada. Un fuerte
golpe en la nuca, lo arrojó al suelo. No pudo percatarse de los dos sujetos que
se encontraban a su espalda, pero sí de sus continuados golpes. De nada
sirvieron sus lamentos y sus palabras de auxilio. La sangre ya corría por su
cara y el dolor le provocaba una agónica sensación de intenso malestar que
nunca había sentido. Pensó que había llegado su hora y cerró los ojos, mientras
algunas de sus lágrimas, se mezclaban con la sangre.
Volvió a abrirlos en un intenso
grito de dolor cuando aquel energúmeno, le piso con todas sus fuerzas y su
pesada bota militar, la palma de su mano izquierda. Quiso morirse. Fue la voz del
señor mayor el que acalló aquel sufrimiento físico. Le sentaron en una silla
frente al que parecía el jefe de aquellos dos psicópatas.
-Ya basta, Yuri, Nikita. Registrarlo
y darme la cartera. Con un marcado acento ruso, el hombre de la butaca se
dirigió hacia él.
-Creo que tiene usted algo que me
pertenece ¿verdad?
Apenas podía ver en la penumbra de
la habitación sus ojos, su semblante. Quiso decir algo, pero su boca llena de
sangre y algún diente roto, se lo impidió. Uno de los sicarios, encontró la cartera
en el bolsillo de su abrigo, y rápidamente, se la entregó al viejo.
-Me llamo Dimitri y usted me ha
robado esta tarde en el Parque del Retiro mi cartera ¡Un delito, muy
grave!…señor Alberto Ramírez. En mi país, a los ladrones como usted, les solían
cortarle las manos. Eso era antes de que nos convirtiéramos en seres tan
civilizados. Tampoco hace mucho de eso, no se vaya usted a creer.
Apenas podía oír su voz. Sus orejas
habían sido machacadas con los golpes. Tenía los oídos a punto de explotar por
el dolor.
Dimitri miró en el interior de la
cartera y encontró el colgante con los diamantes. No faltaba ninguno.
-La foto que seguramente usted ha
visto en este colgante es de mi hijo. De Ylia. Falleció hace dos años. Mi mujer
nunca le perdonará que haya intentado apropiarse de ella, de su foto. Muerto
con 23 años. No es justo. Todo el futuro por delante y usted ha ensuciado su
recuerdo con este robo. Debería matarlo ahora mismo –el tono de su voz se
encendía por momentos-. Ha mancillado mi honor con semejante ultraje. Por no
mencionar el pequeño tesoro que le acompaña. Aunque es lo de menos. Sonrió
mientras miraba los diamantes.
Dimitri sacó un pequeño revolver de
su bolsillo y le apuntó a la frente. Alberto sintió los escalofríos de la
muerte rondar por sus huesos carcomiéndolos.
-Pero no, en esta vida hay que saber
perdonar. Usted no sabía lo que había en el interior de mi cartera ni quien era
yo. Como decía el físico Isaac Friedman “El perdón es la venganza más dulce” y
aunque su oficio es deleznable, debería llevarse un buen escarmiento. Robar de
esa forma a personas honradas y bondadosas. ¡No entiendo como no le da
vergüenza!
Si él supiera, pensó Alberto, viudo
con una exigua pensión que no le daba ni para respirar. Antiguo empleado de
Correos, acabó en la cárcel por su afán de lo ajeno. Allí, aprendió el oficio
en los dedos de “El Gusanito” el célebre carterista madrileño.
Sin dejar de mirarle y con el
revólver apuntándole la cabeza, Dimitri se levantó de la butaca. Se abrocho los
botones de la chaqueta y miró su reloj mientras encendía un oloroso habano.
-Es tarde. Es hora de irnos. No diré
que ha sido un placer conocerle. No, no tiemble ni llore. No voy a matarle. Tan
sólo…Dimitri apuntó hacia el pie derecho de Alberto y acercándolo todo lo
posible, disparó. El grito de Alberto retumbó por las cuatro paredes. La bala
había destrozado la planta de su pie. Dimitri y sus dos acompañantes dejaron la
habitación saliendo del piso.
En la penumbra del salón, Alberto
lloraba desconsoladamente. El impío dolor de todo su cuerpo, de su pie, la
sangre cegándole y ensuciando sus ilusiones. Intentó levantarse, pero
cayó sobre la alfombra. Se quito entre gritos ahogados el zapato. El calcetín negro dejaba ver el agujero de la bala. Tenía que conseguir llegar al cuarto de
baño y darse una ducha. Apoyó su mano sobre la mesita al lado de la butaca y
fue entonces cuando lo vio: sobre un papel blanco aparecía aquél diminuto
diamante. No, no podía habérselo olvidado el ruso. Era un regalo. Seguro.
Con mucho cuidado lo tomó con las
yemas de sus dedos y lo colocó sobre la palma de su mano. Nunca había visto
algo tan hermoso. Tan blanco, brillante, bello. Cerró la palma de su mano con
fuerza e intentó, con la boca desencajada, sonreír.