Pacientemente


 

Con ese palo aceitoso, grabas su nombre en la arena de la playa, y esperas pacientemente a que el agua borre su nombre. Tan pacientemente que te da tiempo a recordar todo lo que os ha sucedido hasta ayer. Porque ayer mismo, se terminó vuestra historia después de ocho años. Irremediablemente. Pero sigues esperando, porque así lo manda la tradición del buen olvido.  El agua tiene que borrar su nombre para que la luz -de la buena- vuelva a fluir. Así olvidarás por completo. No hay otra forma. Así lo manda el libro y las palabras de la santera yoruba cubana que te ha cobrado quinientos euros por el saneamiento de tu corazón.

Has debido dibujar su nombre más cerca del mar. De esa orilla que pacientemente pisas con tus pies descalzos. Así, te vas a tirar días y días hasta que el agua diluya en un espejismo su nombre. Te sientas en la arena junto al nombre y…esperas pacientemente. Eso ¡Ahora ponte a llorar!

Ha pasado una semana y sigues ahí. Su nombre aún no lo ha borrado el mar. ¡Mucha paciencia tienes!


El Campanario


 

¿No pretenderás subir ahí? Han terminado de ver el museo de la Catedral y se dirigen hacia el campanario.

¡Pues no sé por qué no iba a subir! -Exclama ella enérgica. Él la mira entre sorprendido y molesto: ¿Con esos tacones y ese traje tan ajustado? ¡Cada día estas peor! Ya te dije que te pusieras los vaqueros y las zapatillas, pero no, tu tenías que ir vestida como si fueses a un cocktails o al OnlyFans ése. ¡Sin cabeza! Comenta él, mientras llegan a la puerta que da acceso a las escaleras del campanario.

¡Ya ves tú qué problema! Me quito los zapatos y subo descalza y tan feliz. ¡Es que de todo tienes que crear un problema! Ella comienza a quitarse los zapatos rojos con el puntiagudo tacón. Él, la mira sorprendida. ¡Estamos apañados! ¡Pues son cerca de doscientos escalones, tu verás! Además ¿Tú para que quieres subir al campanario? ¿Por las vistas? ¡Si a ti te dan igual! ¡Eso lo dirás tú! Contesta ella mientras se quita la chaqueta azul y ata las mangas a las asas de su bolso Chanel. Además, quiero ver las palomas. ¿Palomas? ¡Está sí que es buena! ¿Dónde has visto tú palomas en un campanario? ¿En tu pueblo o en esas películas francesas de nibille vasgue que ni tú entiendes? Se dice nouvelle vague, y son buenísimas y claro que las entiendo. No como tú, que te quedas dormido a los cinco minutos de comenzar. ¡Son infumables! Contesta él.

La escalera de caracol les espera. Comienzan a pisar los peldaños lentamente. Él va delante cogiéndose a la barandilla temiendo trastabillarse por los resbaladizos escalones de piedra. ¡Mira bien donde pisas, que esto no es nada fácil! ¡No, si aún tendremos una desgracia con la tontería! Ella, suspira y le sigue. La escalera es angosta y oscura. Van subiendo despacio y con mucha precaución.

No llevan ni cuarenta peldaños y ya se arrepienten de la escalada. El lugar, se va estrechando por momentos.

¡Anda, saca el móvil y enciende la linterna que nos vamos a pegar un hostion, que ya verás tú! Le comenta él, al tiempo que resopla. Las gotas de sudor ya cubren su frente cayendo como hilillos de agua sobre sus párpados. Ella, comienza a buscar el móvil en el bolso entre frascos de perfumes y desodorante, pinturas de maquillaje, pintalabios, pañuelos, bolígrafos, agenda, el spray antivioladores, y un sinfín de objetos inclasificables. Por fin lo encuentra. La luz ilumina la estrecha escalera dando vida a los grafitis de amor que aparecen grabados en las paredes. Ella mira alguno y sonríe. Apunto está de escribir algo, pero se reprime.

Llegan a un descansillo con ventana. La ciudad comienza a verse a sus pies.

¡Mierda, ya me he roto las medias! ¡Y son de las caras! Él menea la cabeza al tiempo que la observa incrédulo. ¡A quién se le ocurre! ¡Con medias! Si estamos a 35 grados. ¡Si es que contigo no se puede ir a ningún sitio! ¡A mala hora!

De verdad que tienes que protestar por todo. Pues idea tuya ha sido… ¡Que, si la ciudad es preciosa, llena de palacios, museos, fuentes… arte!

¡Menudo arte contigo! Venga, vamos a ver si somos capaces de ver las dichosas campanas.

Siguen subiendo con el miedo ya pegado como una lapa pesada a las piernas, mientras la escalera se estrecha aún más.

Él no lo dice, pero ya le duelen todos los huesos. Sus piernas se han vuelto tan pesadas y doloridas, que no sabe si podrá alcanzar el campanario, a unos 50 escalones. Ella, ya lleva arrastrando el bolso. Se ha quitado la falda, el sujetador, las medias rotas y la goma que le sujetaba el pelo. El sudor ya trepa desde sus piernas hasta el ombligo y se dirige hacia la libertad de sus pechos.

¡Vamos a parar aquí, que por ese hueco entra airecillo! Los dos se han sentado en un minúsculo poyo que hay en una diminuta ventana. Caen ya unos treinta y seis grados por la ciudad. Por la ventana, ven la soledad de las calientes calles y el volar de las palomas por los tejados. Van a dar la una del mediodía.

Tres escalones más y ya divisan las campanas. El lugar los recoge moribundos: agotados, sedientos y con todas las articulaciones gritando dolor. No hay palomas. Tan sólo 4 enormes campanas y mucha arena y polvo en el suelo. Eso sí, las vistas a la ciudad son impresionantes. Intentan acercarse a los huecos del campanario, pero el vértigo, puede con ellos. No se atreven a mirar. Retroceden temerosos hacia el centro del lugar. Se han sentado en el suelo. Ella resuella buscando algo de aire que le ayude a vivir el momento y él, ha tumbado su metro y ochenta centímetros sobre el suelo. Intenta desabrocharse los botones de la camisa. No puede respirar y su cara ha enrojecido notablemente.

- ¡Marta, me ahogo! ¡No puedo respirar! Apenas puede hablar y sus ojos comienzan a nublarse. ¡Marta, el corazón!

Ella se mira embelesada en un espejo diminuto que ha sacado del bolso y comienza a colocar sus cabellos rubios en orden

 - ¡No exageres, Andrés! Ya estamos arriba y podemos descansar. Tranquilízate y respira hondo.

- No, Marta, ¡Que me ahogo y me duele mucho el corazón! ¡Esto es un infarto! ¡Llama a emergencias! Su rostro ha pasado del rojo intenso a un blanquecino color de angustia vital.

Marta intenta encontrarle el pulso y darle aire con su mano derecha. Cálmate, que seguro que es una bajada de tensión. ¡Si es que subir hasta aquí! ¡Tus ocurrencias!

¡Martaaaa, llama al Samur!

 Oyen el ruido del helicóptero acercarse.  La policía y los enfermeros han visto inviable bajarlo en camilla. Será necesario trasladarlo en helicóptero. Marta llora desconsoladamente en un rincón del campanario. En camisa y con solo las diminutas bragas, tiembla aterrorizada. Un enfermero la abraza bien fuerte intentando darle ánimos. Los especialistas de rescate en montaña de la Guardia Civil se acercan al campanario. El remolino que forma el helicóptero, hace que todos se refugien en la escalera. Suben a Andrés en la cesta no sin dificultad. Esta inconsciente y el infarto de medio corazón está controlado. Han logrado estabilizarlo. Marta sigue llorando en brazos del enfermero, al que ya llama su “Salvador”. El helicóptero ya tiene en su interior la camilla con Andrés. Inicia el vuelo ahuyentado las palomas del tejado. El reloj de la Iglesia vocifera con estruendo las cuatro de la tarde. 

Abajo, entre el gentío que se ha aglomerado alrededor, la policía detiene al enfermero que ha consolado a Marta en el Campanario. Ella lo ha denunciado por agresión sexual.

 

 

El niño que comía hormigas


 

Se las comía a pares, a puñados. Con ansia. Tal era su afán o su delirio que, con el tiempo, llegó a crear todo un arte culinario con ellas. Bocadillos, cremas, tortillas de patata, estofados de carne, arroces, postres y hasta un sinfín de recetas en las que saborear su rico manjar. Lo recuerda muy bien. 

Todo comenzó en sus visitas dominicales al adosado en el que vivían sus abuelos. El jardín era su edén. Allí, tumbado sobre la hierba o en las losetas, se pasaba horas y horas observándolas. Viéndolas ir y venir, en su ajetreado deambular, y disfrutando al ver como comían las migajas de pan que él les regalaba. La primera vez que se comió una estaba muerta. Curiosidad. Dejó que sus dedos depositarán aquella hormiga en su boca. No le disgustó su sabor. Dulce y agrio, quizás. Probó la segunda y ya no pudo parar. Vivas o muertas. Poco le importaba. Las masticaba con cuidado y su estómago no se resentía. Incluso le daban más hambre. 

Sus padres no descubrieron su secreto hasta su primera indigestión. Tendría 4 o 5 años. Acabó en urgencias. En las radiografías, aparecía su estómago atiborrado de miles y miles de hormigas. Muchas de ellas, flotando en un líquido verdoso que expulsaba en un rabioso desenlace en forma de heces. De nada sirvieron los gritos, los castigos, las duras advertencias de sus padres si seguía en esa senda. Se terminaron las visitas al jardín de los afectados abuelos. De ahí al psicólogo, tan sólo hubo un paso.

Poco le importó. Sus “amigas” aparecían en parques, calles, en múltiples rincones de la ciudad. Escondrijos que él, estudió meticulosamente hasta conocer sus más mínimos detalles. No podía reprimirse. Seguía comiéndolas por cientos, miles. Vomitaba en silencio algunas veces. No quería volver a ser amonestado por la furia de sus padres.

Su segundo ingreso en urgencias fue el día de su primera comunión. Ni los pasteles de crema y nata, ni la tarta de chocolate de tres pisos, le hicieron tanta sensación. Descubrió su oasis en el enorme patio del restaurante en el que celebraron el festejo. Un sol plomizo las abrazaba. Mientras los demás niños jugaban con una pelota o disfrutaban de los columpios o toboganes, él se dedicó a su banquete preferido. No dejo ni una. Tirado en el suelo con su impoluto traje blanco de marinero de gala, le arrebato a la naturaleza un buen millar de ellas. En el hospital, lavaron su estómago con fruición. Fue la sensación de la sala y de medio hospital. No se hablaba de otra cosa entre médicos y enfermeras. El niño que comía hormigas estaba en boca de todos y todas. Su madre a punto estuvo de sufrir un pasmo y su padre, andaba por los pasillos cabizbajo avergonzado. Había que acabar de una vez por todas con aquella sinrazón, meditaba traspuesto.

Su primera novia lo dejó por imposible. No podía soportar aquella malsana manía. Mucho menos tras descubrir un hormiguero en la cama en la que frotaban su amor, su pasión. No pudo hacer nada por retenerla y estaba locamente enamorado de ella. Tendría que andarse con más cuidado en un futuro. Y en ese futuro creció trabajando en la sucursal de un banco, casándose con aquella joven pelirroja de prominentes pechos y verborrea imparable, y trayendo a su mundo dos críos sin ninguna afición por las hormigas. Tampoco sus nietos se dejaron llevar por tal vocación. A sus 59 años y tras separarse de su mujer construyó en su casa, un amago de hormiguero. Se pasaba las horas muertas viendo el trajín de aquellos seres. Aunque para comérselas, prefería salir al jardín. O ir al campo. Los médicos le avisaron: de seguir con su manía, sufriría algún día un grave percance. Después de tantos años, poco le importo.

Siempre recordará aquel día. Ya se había jubilado, y mientras tomaba el sol sentado en el banco de su parque preferido, frente a la fuente de dos querubines de bronce, la descubrió. Fue la primera vez que vio una y la alcanzó como si de un tesoro se tratase. Se guardo la hormiga reina en el bolsillo de su chaqueta envuelta en un trozo de periódico. En el hormiguero de su casa, sus obreras la recibieron con vítores frenéticos en una fiesta que duró varias jornadas. Un hormiguero no podía estar sin su reina. Y él, tampoco.

Sus hijos lo encontraron frente al hormiguero, en su butaca. Los ojos bien abiertos pero la muerte corriendo ya por sus venas. Marcos, su nieto mayor, fue el primero en percatarse. En los ojos del abuelo, había unos seres diminutos que se movían. Todos prestaron atención y si, las vieron. Las hormigas corrían dentro de sus ojos en un alocado nerviosismo.


El Carterista


 

Lucía un sol exaltado aquel domingo de primavera. Sonrió. Un día que prometía. No tardó en vestirse, en cobijar su cuerpo con el único traje de su armario. Un traje azul marino que siempre le ofrecía una imagen de respetabilidad y elegancia. Desayunó en el bar de Manuel y se dirigió hacia la Gran Vía en metro. Se fijó en aquellas dos señoras entradas ya en años con muchos recuerdos en las arrugas de sus cuellos y, tentado estuvo. Miró sus caros bolsos y sus dedos ya comenzaron a bailar nerviosos. Tuvo que alejarse de ellas para no caer en la tentación. Apenas había gente en el vagón del tren y la situación no era nada propicia. Bajó en la parada Gran Vía. No tenía prisa. Aún tuvo tiempo de tropezar con las dos señoras. Y no pudo reprimirse. No fue difícil sustraerle la cartera a una de ellas. La que no paraba de hablar y reírse con su amiga ajena todo lo que le rodeaban.

Ya en la calle, el sol cegó sus ojos. Se colocó las gafas negras y comenzó a caminar buscando promesas desvalidas. La pareja que paseaba aquel perro enano. Sus dedos hambrientos alcanzaron en un suspiro la cartera del pantalón de él. Llegó a la Puerta del Sol. Algunos de sus conocidos de oficio ya llevaban algunas horas trabajando la zona. La cartera de aquella joven de tacones altos y traje chaqueta de ejecutiva altiva, resbaló también en su bolsillo. Se dirigió hacia la Plaza Mayor. El móvil de la chica japonesa, la cartera de un pensionista que paseaba a su nieto detrás de unas palomas adormiladas, la pulsera de oro de aquella señora con un presumido y atildado caniche. Sobre la una de la tarde, entró en el Parque del Retiro. Un par de carteras más se alojaron en su chaqueta. Se sentó en su banco preferido. Alejado de los paseantes y cámaras, y comenzó a comerse el sándwich de queso y jamón que había comprado en la Plaza Mayor, junto a una lata de cerveza. Mientras mordisqueaba el sándwich, extrajo el contenido de todo el material sustraído. 

No, no se había dado nada mal la mañana. Abundaban los billetes, las tarjetas de crédito y los carnets personales -que arrojaba en la bolsa de una papelera- y un montón de boberías que la gente solía llevar en esas carteras brillantes. Eso sí, las estampas de santos y vírgenes que algunas personas solía colocar en ellas, las guardaba. Quizás por superstición, pero nunca se deshacía de ellas. Como los cupones de los ciegos o los décimos de lotería. Nunca se sabía si la suerte los acompañaba. Al regresar, el parque brillaba. Cientos de personas, de parejas, disfrutaban del lugar, paseando tranquilamente con las preocupaciones escondidas en los bolsillos. Sin demasiado esfuerzo, otras cinco o seis carteras. Se acercaba la hora de recogerse y descansar. Sin apresurar el paso y disfrutando de calor de la tarde, llegó a la Cafetería Hermes. Era su lugar preferido para tomar café y deleitarse con sus afamadas lionesas de chocolate. En los servicios, la curiosidad alborotó sus dedos. Abrió algunas de las carteras sustraídas. Una de ellas, de cuero marrón con pequeños ribetes rojos y azules y dos iniciales grabadas, llamó poderosamente su atención. Era realmente bella. Un lujo de cartera. No recuerda a quién se la sustrajo. Tal vez al señor de sombrero, de unos setenta años, que paseaba tranquilamente con su oronda mujer.

Miró en su interior. Billetes en dólares, euros y aquellos extraños billetes que no logró ubicar.  Unos 500, llegó a calcular entre las dos monedas y sin contar los billetes desconocidos, cuyo valor, desconocía. Pero aquella cartera aún tenía secretos por descubrir. Miró en aquel documento similar a un Dni, la cara del propietario. No lo recordaba. No solía fijarse en las caras, tan solo en sus atuendos en los que extraviarles sus sueños. Dimitri Kalsov. Ese era su nombre. De unos sesenta años y seguramente ruso de nacionalidad. Los billetes extraños serían rublos. Fue aquella medalla en oro con un diminuto corazón que se abría lo que más llamó su atención. En su interior, descubrió la foto de un joven sonriente en la tapa y en el compartimento aquellas brillantes piedras. Sus manos temblaron. Supo al instante que eran diamantes. Unos diez.  Diminutos, pero de un valor -imaginó- incalculable.

Se apresuró a salir de la cafetería. Su casa estaba aún bastante lejos y ya oscurecía. Dudó entre coger el metro o ir caminando. Optó por esto último y se arrepintió. A cada cierto paso, se giraba hacia atrás, temiendo que lo siguieran. Con cada persona que se cruzaba, creía ver al dueño de los diamantes. Su cabeza no paraba de pensar en la mafia rusa y lo expeditivos que podían ser. Lo había visto en películas y series de televisión. No durarían en matarlo al instante en venganza.

Llegó a casa sudando y con los nervios crujiendo sobre sus articulaciones. Subió las viejas escaleras y al llegar a su puerta, tras meter la llave en la cerradura, se percató que la lámpara de la mesita del salón estaba encendida. Junto a ella, sentado en su butaca, aquel señor mayor de negro. No le dio tiempo a decir nada. Un fuerte golpe en la nuca, lo arrojó al suelo. No pudo percatarse de los dos sujetos que se encontraban a su espalda, pero sí de sus continuados golpes. De nada sirvieron sus lamentos y sus palabras de auxilio. La sangre ya corría por su cara y el dolor le provocaba una agónica sensación de intenso malestar que nunca había sentido. Pensó que había llegado su hora y cerró los ojos, mientras algunas de sus lágrimas, se mezclaban con la sangre. 

Volvió a abrirlos en un intenso grito de dolor cuando aquel energúmeno, le piso con todas sus fuerzas y su pesada bota militar, la palma de su mano izquierda. Quiso morirse. Fue la voz del señor mayor el que acalló aquel sufrimiento físico. Le sentaron en una silla frente al que parecía el jefe de aquellos dos psicópatas.

-Ya basta, Yuri, Nikita. Registrarlo y darme la cartera. Con un marcado acento ruso, el hombre de la butaca se dirigió hacia él.

-Creo que tiene usted algo que me pertenece ¿verdad? 

Apenas podía ver en la penumbra de la habitación sus ojos, su semblante. Quiso decir algo, pero su boca llena de sangre y algún diente roto, se lo impidió. Uno de los sicarios, encontró la cartera en el bolsillo de su abrigo, y rápidamente, se la entregó al viejo.

-Me llamo Dimitri y usted me ha robado esta tarde en el Parque del Retiro mi cartera ¡Un delito, muy grave!…señor Alberto Ramírez. En mi país, a los ladrones como usted, les solían cortarle las manos. Eso era antes de que nos convirtiéramos en seres tan civilizados. Tampoco hace mucho de eso, no se vaya usted a creer.

Apenas podía oír su voz. Sus orejas habían sido machacadas con los golpes. Tenía los oídos a punto de explotar por el dolor.

Dimitri miró en el interior de la cartera y encontró el colgante con los diamantes. No faltaba ninguno.

-La foto que seguramente usted ha visto en este colgante es de mi hijo. De Ylia. Falleció hace dos años. Mi mujer nunca le perdonará que haya intentado apropiarse de ella, de su foto. Muerto con 23 años. No es justo. Todo el futuro por delante y usted ha ensuciado su recuerdo con este robo. Debería matarlo ahora mismo –el tono de su voz se encendía por momentos-. Ha mancillado mi honor con semejante ultraje. Por no mencionar el pequeño tesoro que le acompaña. Aunque es lo de menos. Sonrió mientras miraba los diamantes.

Dimitri sacó un pequeño revolver de su bolsillo y le apuntó a la frente. Alberto sintió los escalofríos de la muerte rondar por sus huesos carcomiéndolos.

-Pero no, en esta vida hay que saber perdonar. Usted no sabía lo que había en el interior de mi cartera ni quien era yo. Como decía el físico Isaac Friedman “El perdón es la venganza más dulce” y aunque su oficio es deleznable, debería llevarse un buen escarmiento. Robar de esa forma a personas honradas y bondadosas. ¡No entiendo como no le da vergüenza!

Si él supiera, pensó Alberto, viudo con una exigua pensión que no le daba ni para respirar. Antiguo empleado de Correos, acabó en la cárcel por su afán de lo ajeno. Allí, aprendió el oficio en los dedos de “El Gusanito” el célebre carterista madrileño.

Sin dejar de mirarle y con el revólver apuntándole la cabeza, Dimitri se levantó de la butaca. Se abrocho los botones de la chaqueta y miró su reloj mientras encendía un oloroso habano.

-Es tarde. Es hora de irnos. No diré que ha sido un placer conocerle. No, no tiemble ni llore. No voy a matarle. Tan sólo…Dimitri apuntó hacia el pie derecho de Alberto y acercándolo todo lo posible, disparó. El grito de Alberto retumbó por las cuatro paredes. La bala había destrozado la planta de su pie. Dimitri y sus dos acompañantes dejaron la habitación saliendo del piso.

En la penumbra del salón, Alberto lloraba desconsoladamente. El impío dolor de todo su cuerpo, de su pie, la sangre cegándole y ensuciando sus ilusiones.  Intentó levantarse, pero cayó sobre la alfombra. Se quito entre gritos ahogados el zapato. El calcetín  negro dejaba ver el agujero de la bala. Tenía que conseguir llegar al cuarto de baño y darse una ducha. Apoyó su mano sobre la mesita al lado de la butaca y fue entonces cuando lo vio: sobre un papel blanco aparecía aquél diminuto diamante. No, no podía habérselo olvidado el ruso. Era un regalo. Seguro. 

Con mucho cuidado lo tomó con las yemas de sus dedos y lo colocó sobre la palma de su mano. Nunca había visto algo tan hermoso. Tan blanco, brillante, bello. Cerró la palma de su mano con fuerza e intentó, con la boca desencajada, sonreír.

 


Su olor



La bombilla del rellano de la puerta aparecía fundida. Intentó colocar la llave en la cerradura sin apenas éxito. Buscó en su bolso un encendedor, pero se quedó paralizada por aquel olor. Un inconfundible olor corporal atravesó su pituitaria depositando recuerdos dañinos. Supo quién era. No había duda. Sus manos apretaron su garganta mientras una fría hoja de navaja pinchaba su estómago. No hizo falta que hablara. Era él.

Paralizada por el miedo apenas pudo mantenerse en pie. Él le quitó las llaves, abrió la puerta y la empujó con violencia hacia el interior de la vivienda. Apenas podía respirar. Su olor continuaba provocándole nauseas.

-¡A la habitación, puta! Aún no había podido ver sus ojos sanguíneos pero, su voz ronca, embriagada, resonaba con violencia en sus oídos. Empujándola y sin dejar de pinchar su estómago con la navaja, atravesaron el largo pasillo hasta llegar a la habitación. El mismo lugar donde tantas veces se habían amado envueltos en sábanas con un futuro de seda dibujado en su estampado de flores. Un futuro que lentamente se había evaporado ante la intransigencia y su carácter violento.

Hacía cuatro meses que habían roto una relación de dos años. Ella se despojó de sus miedos y colocó la vida fuera de su alcance. Quería comenzar un nuevo presente sin sentir aquel olor. Pero ahora, de nuevo, estaba allí. En la misma habitación de paredes ocres, en la misma cama.

Colocó con violencia su cuerpo sobre el colchón mullido y acarició su cara. Ella sudaba frías gotas temblorosas.
La sonrisa alcoholizada de él sobre el rostro desencajado avivó, en mayor medida, su inquietud.

-¡Carlos, por favor. No me hagas daño. Esto no tiene sentido!- exclamó ella suplicante.

-¡Cállate zorra. Ahora vas a saber lo que es bueno. Puta, que eres una puta!.

Sus ojos se dilataban buscando alguna solución que su mente bloqueada no mostraba. Cerró los ojos mientras él ataba sus manos a la cabecera de la cama. Comenzó a llorar. Aquello no tenía sentido. La frustración se acomodó sobre su vientre provocándole espasmos. Ella suplicaba mientras él violentaba la camisa blanquecina haciéndola añicos. Los pies los sintió también atados, aprisionados en un dolor rabioso. La navaja cortó las gomas del sujetador. Sus senos añorados quedaron al descubierto. Lo mismo ocurrió con su falda beige y con sus bragas azuladas.

En apenas unos segundos, su nauseabundo y penetrante olor inundó los poros de su cuerpo. Ella recibió el peso de su cuerpo, la violencia de aquel ser al que tanto había amado con anterioridad. Fue penetrada con el mayor de los odios posibles. Con sádica y vómica arrogancia.

Ya nada importaba. Carlos había conseguido humillarla hasta la más recóndita de sus células. Ya ni siquiera lloraba. Esta vez él, había ganado su cuerpo. De nuevo era suya. Su sierva angustiada.

Arremetió contra ella golpeándole la cara sin fisuras, sin pudor. Ni siquiera le dolieron los golpes. La sangre se deslizaba desde su nariz. La sangre vomitaba dolor desde su vagina maltrecha.

Abandonó la habitación. Ella abrió los ojos cegados en lágrimas. Miró su imagen reflejada en el espejo del armario situado frente a la cama. Vomitó ladeando la cabeza. La música llegó con la misma violencia que su olor. La música abrupta de un cantante de rap. Carlos regresó con poderosa acritud en la habitación. Con la misma acritud que su sonrisa demoníaca.

-¿Recuerdas, puta, cuántas veces hemos follado con esta canción? Te ponía, ¿verdad zorra?

El olor rudo a verduras secas de su aliento provocaba nuevas bocanadas de angustia sobre el cuerpo de ella. Quería desfallecer pero sabía que debía mantenerse despierta.

De nuevo su cuerpo sobre ella. Una nueva arremetida contra su fragilidad. De nuevo su vagina saturada y golpeada con violencia. La música guiaba el compás de sus movimientos dentro de ella. Su apestoso olor penetraba sus huecos más recónditos.

Se recostó a su lado mientras depositaba la navaja helada entre sus senos apuntando hacia su garganta. Ella apenas sentía ya dolor. Tan sólo deseaba evaporarse, huir, pero él, continuaba a su lado, encendiendo un cigarrillo de apestoso olor.

Comenzó a insultarla cada vez con mayor énfasis. La rudeza de sus manos golpeaba de nuevo su cara amoratada. Los paraísos habían desaparecido de su memoria. Intentaba sumergirse en ellos. Escapar de la pesadilla. Era imposible.

Se quedó profundamente dormido a su lado, mientras ella se hundía en la más mísera de las percepciones. Su cuerpo adolorado gritaba lamentos enfurecidos y ella no podía calmarlos. Intentó moverse. Desprenderse de las cuerdas que la inmovilizaban. Alcanzó tras un esfuerzo inhumano la navaja con la boca y arremetió sin demasiada convicción sobre sus manos atadas. Los ronquidos de él se ahogaban en la penumbra de la habitación. Sus manos quedaron libres tras el inmenso esfuerzo. Vio la sangre desparramarse con violencia sobre las sábanas.

Ni siquiera gritó. Las puñaladas caían sobre su cuerpo dormido con la misma dureza con que ella había sido tratada. No hubo piedad en sus movimientos. Él no pudo abrir los ojos. La sangre de ambos recorría los pliegues de la sábana arrugada. Una sábana con un estampado de flores.

Estado de ánimos conyugales

 


Una noche más se sentaron frente al televisor. Durante la cena, apenas habían cruzado tres palabras y ninguna mirada. El silencio espeso crujía sobre la estancia, en sus cabezas obstinadas. Frente al televisor, sentados en el sofá, sucumbían ante la penosa perspectiva gris de soportarse de nuevo en el silencio de aquella noche. En la incomodidad de su proximidad.

Él cambió varias veces de canal, intentando encontrar algún programa apetecible que relajase sus neuronas. Nada. Tras varios intentos, al final se decidió por un reportaje sobre la situación política y cultural de Afganistán bajo el nuevo régimen. Ella cogió un libro. Una novela de Manuel Rivas. Sus gargantas se secaban con el abrumador silencio. Sus cerebros deambulaban por fronteras y dimensiones bien lejanas. No había nada que decir. Ninguna palabra que lanzarse a los oídos. Ni jornadas de trabajo que comentar, ni sentimientos que divulgar. Nada. Tres meses antes, habían sido un matrimonio perfecto. Se amaban. Ahora no resistían ni cruzarse la mirada.

Meses atrás, ella había descubierto a la joven pelirroja y pecosa que había embelesado a su marido. Rondaba su despacho como secretaria adjunta, con minifaldas explosivas, pantalones ajustados, tops ostentosos y vestidos de florecitas hambrientas de deseo.

Aquello terminó con su estado matrimonial. Llegaron a un acuerdo. Vivirían juntos, sin separaciones, sin estridencias; sonriendo alegres en las cenas de los viernes con los amigos. Ella no iba a renunciar a su situación social. No estaba dispuesta a perderse los cocktails con la intelectualidad, a las fiestas zafirinas, a los desfiles de moda plateados, los viajes pomposos y a las cenas en restaurantes con estrellas de terciopelo. Y él, en su empresa, seguiría pisando mullidas alfombras, mientras besara a su esposa con fervor religioso, frente a la suspicaz mirada del director general. Sellaron el acuerdo sin rúbricas y comenzaron a mutilarse lentamente. Él continuó con su jovencita pecosa y ella recibió favores físicos de su atractivo profesor de equitación.

Sonó el móvil. Él, contestó mientras se alejaba a la cocina. Era ella. Su niña. Estaba sola en casa y le echaba de menos. Necesitaba sentir sus caricias sobre sus abundantes y juveniles pechos, oler su cuerpo maduro, su pasión de ejecutivo agresivo con canas. No pudo negarse. Miró a su esposa y escupió un escueto: Tengo que salir. Ella no alzó la vista del libro. Ni musitó palabra alguna. No le importaba. Dejó el libro mientras oía cerrar la puerta. Se metió en la ducha.

El agua caliente suavizó su piel al tiempo que aliviaba su fría cabeza. Cogió el teléfono y marcó el número. La voz ardiente de su profesor de equitación le hizo sentirse bien. Estaría allí en veinte minutos. Se colocó un vestido suave y salió en busca del sexo tranquilizador.

Cuando ella regresó aún húmeda de sexo, él ya estaba en su habitación. Se acostó sin despeinarse y durmió profundamente.

Desayunaron en silencio, con la vista ojerosa, pero con la felicidad hinchada en sus entrañas. Él se marchó primero. Ella encendió la radio mientras terminaba su tostada de mermelada de arándanos. Desde la radio una melodía cosquilleaba sus rodillas. Miró el reloj. Eran las nueve de la mañana de un nuevo día. Lucía un sol encumbrado. Una sonrisa se posó dulcemente sobre sus labios.


Viaje a París


 



- ¿Tienes los billetes? - preguntó él mientras se afanaba en colocarse derecho un revoltoso nudo de corbata
-Sí, cariño. No agobies más. Está todo –le contestó ella observando el rojo intenso de sus labios recién pintados en el espejo del cuarto de baño.
-Bueno, pues salgamos ya que vamos a llegar con el tiempo justo.

Un fin de semana para ellos solos. Por fin, ese viaje a Paris tantas veces postergado en el tiempo. Por fin, el adiós a la rutina, al invierno plomizo, al cansancio del despertador ¡París siempre en primavera! ¡París!

Carlos y Andrea, dueños de un matrimonio cotidiano, con trabajos alienantes y horarios apretujados, sin apenas tiempo para besos robados ni emociones en los sueños. Máquinas de hacer dinero en un directorio de ambiciones empresariales con capitalismo de celofán en sus riñones. Pero por fin, huir. Desconectar de todo. Apagar los móviles ardientes y enfriar el champagne en una cubitera de deseos. La luz, a la vuelta de las nubes.
El chalet de la urbanización quedaba en custodia de los padres de ella: D. Eusebio y Dña. Clotilde. No había porqué preocuparse.

- ¿Tú crees? - dijo ella días atrás.
-Estarán bien. Ya sabes cómo disfrutan viendo la televisión. Y más ahora.
-Bien, sí tú lo dices.

Él lo decía. Y era cierto. No tenían por qué preocuparse. Carlos había comprado un radiante televisor con un millar de pulgadas. Había instalado infinidad de canales mareantes y el mando a distancia capaz de mover La Luna a su antojo, estaba ya en manos de los dos ancianos.

Darle a una tecla y aquellos dos septuagenarios contemplarían la brillantez esmeralda de los rayos catódicos. Canales de naturaleza salvaje, deportes con fútbol y la meteorología en Katmandú para él. Cocina y salud, moda y belleza, telenovelas y películas años cuarenta para ella. Los canales porno por mucho que los buscaran, no los encontrarían.
De nueve a nueve, allí pegados, frente al televisor. Sí, no había porqué preocuparse.

Cerraron la puerta no sin antes echar una última mirada. Los dos ancianos no pestañeaban frente a un reportaje sobre el apareamiento de los colibríes.
París les esperaba. El resto era secundario. Se despidieron con toda clase de advertencias mientras los dos ancianos se apoderaban con sonrisas en los labios de aquellas dos deseadas plumíferas butacas.

Se sirvieron las cervezas prohibidas, los licores de frambuesa, la crema al whisky y el vino con reservas. Bajaron las persianas y allí, en penumbra, buscaron su París particular frente al televisor atómico.

Como unos quinceañeros liberados en el hogar paterno, los dos ancianos, recrearon sus sueños postergados. La casa era suya esos días. ¡A la mierda el colesterol, el azúcar, la hipertensión, los triglicéridos y el centenar de píldoras multicolores! Beber y saciarse de las fuentes prohibidas hasta caer moribundos en la alfombra de hilos persas.

Ella se apoderó del vestido magenta de su hija qué tanto le gustaba y de los zapatos de tacón de aguja roja. Él se vistió con el Armani azul de su yerno, se apoderó de sus vistosas corbatas con Versace en la etiqueta y recrearon –en un Folies Bergère imaginario- una fiesta de cabaret imaginario frente a un televisor con vídeos musicales Top90. Bailaron tangos a ritmo de hip-hop, pasodobles bajo tonos de música trance y boleros románticos escuchando a Shakira. Esa noche, no apagaron las luces a las nueve de la noche. Algo embriagados por los licores alcohólicos, pidieron una cena opípara a un restaurante con muchos tenedores en su carta. Dña. Clotilde, en su búsqueda detectivesca por los cajones de su yerno, había encontrado una ajada tarjeta dorada de crédito con una fina capa de polvo de estrellas junto a un post-it vetusto sin color definido. El banco lo aceptaba todo y si había que falsificar la firma no era nada complicado. Total, tres garabatos.

Pero el mejor hallazgo de la noche fue un canal de teletienda. Todo estaba allí. No había más que dar los números borrosos de aquella tarjeta. No era Navidad, ni época de rebajas, pero París bien valía un sueño. Teclearon números de teléfonos solicitando una batería de cocina última generación, un abrigo de visón, un ordenador personal, siete jamones pata negra, una colección de cd´s de Antonio Machín, dos cuadros de majas desnudas en 3D, tres latas de kilo de caviar beluga, una estatua ecuestre de dos metros de altura (el jardín, según Dña. Clotilde, estaba muy soso) dos caniches en estado de lactancia, tres juegos de lencería de Victoria´s Secret, dos mantas nórdicas (D. Eusebio siempre se quejaba de las noches frías), cuatro maletas con combinación ultrasónica, una minicadena de sonoros vatios. No había forma de pararlos. Continuaron sin descanso solicitando trajes de caballero, vestidos, perfumes. Hasta que ella, encontró una maravillosa tienda de joyas. No pudo resistirse a la tentación. Por sus ojos desfilaban gargantillas, pendientes, collares, pulseras. También él ríó de lo lindo al pedir unos gemelos de oro, dos Smartphone última generación, una docena de corbatas de seda natural, cuatro pijamas de la firma Karl Lagerfield, la pitillera de plata y el reloj Cartier.

El ruido de las incontables furgonetas de reparto les despertó el sábado por la mañana. Aún doloridos por los bailes, y con cierta resaca pegajosa en el embotado cerebro, aquellos dos ancianos nerviosos de felicidad comenzaron a recibir todas las pertenencias compradas la noche anterior. ¿Quién había comprado aquellos dos horribles jarrones chinos? ¿Y el Burka de diseño italiano? ¿El juego de té tailandés? ¿Y la horripilante y rubia muñeca hinchable? No importaba. Todo era bien venido.

Su felicidad era tal, que no tenían manos suficientes para desembalar tanta caja, tanto deseo cumplido. En el salón se amontonaban cientos de cajas de todos los tamaños y colores, entre un desaguisado de platos con comida, vasos y botellas con olor a caramelo y algún puro aún humeante

-Teníamos que haber comprado un árbol de Navidad con muchas luces- dijo él.
-Bah, no importa. Es marzo. - comentó ella ufana y sonriente ante la pila de objetos adquiridos.

A las nueve de la noche, apagaron el televisor. Habían encontrado un restaurante de cientos de tenedores en plata en las páginas amarillas y se preparaban para recrear una romántica velada de sábado. También alquilaron una limousine de cristales tintados que les recogió con puntualidad germánica a las 21.30 horas.

Ella lucía un traje chaqueta estilo emperatriz Sissi de corte minimalista adquirido en la Teletienda y él, un smoking de Antonio Miró.
El faisán a la crema de arándanos resultó algo pesado. Pero no dejaron ni los huesos.

Pensaron en los diminutos caniches. La firma de Dña. Clotilde sobre las facturas era perfecta. Ya había adquirido suficiente práctica. Remataron la noche jugando unos cuantos euros en un Casino con salón de baile y Moët Chandon sobre las copas.

El domingo por la mañana no hubo quién los levantara. Ella vomitó parte del faisán (no era cuestión de desperdiciar tan suculento y caro plato) y él necesitó un termo de infusiones reconstituyentes para dejar el tembleque de las manos.

Al mediodía llegaban sus hijos. No había demasiado tiempo. Hicieron las maletas a toda prisa y llamaron al taxi. Los billetes de avión los recogerían en el propio aeropuerto.

Con las manos entrelazadas y saboreando el vino regalo de su posición en FirstClass observaron las nubes de algodón sobre aquel cielo iluminado. A lo lejos vislumbraron otro avión. Y desde la ventanilla creyeron ver dos caras bien conocidas. Les saludaron efusivamente mientras, de sus bocas, despegaba una pícara sonrisa infantil. Si, sin duda alguna, eran sus hijos. Cerraron los ojos al besarse. París les esperaba.


Pacientemente

  Con ese palo aceitoso, grabas su nombre en la arena de la playa, y esperas pacientemente a que el agua borre su nombre. Tan pacientemente ...