Una noche más se sentaron frente al televisor. Durante la cena, apenas habían cruzado tres palabras y ninguna mirada. El silencio espeso crujía sobre la estancia, en sus cabezas obstinadas. Frente al televisor, sentados en el sofá, sucumbían ante la penosa perspectiva gris de soportarse de nuevo en el silencio de aquella noche. En la incomodidad de su proximidad.
Él cambió varias veces de canal, intentando encontrar algún programa apetecible que relajase sus neuronas. Nada. Tras varios intentos, al final se decidió por un reportaje sobre la situación política y cultural de Afganistán bajo el nuevo régimen. Ella cogió un libro. Una novela de Manuel Rivas. Sus gargantas se secaban con el abrumador silencio. Sus cerebros deambulaban por fronteras y dimensiones bien lejanas. No había nada que decir. Ninguna palabra que lanzarse a los oídos. Ni jornadas de trabajo que comentar, ni sentimientos que divulgar. Nada. Tres meses antes, habían sido un matrimonio perfecto. Se amaban. Ahora no resistían ni cruzarse la mirada.
Aquello terminó con su estado matrimonial. Llegaron a un acuerdo. Vivirían juntos, sin separaciones, sin estridencias; sonriendo alegres en las cenas de los viernes con los amigos. Ella no iba a renunciar a su situación social. No estaba dispuesta a perderse los cocktails con la intelectualidad, a las fiestas zafirinas, a los desfiles de moda plateados, los viajes pomposos y a las cenas en restaurantes con estrellas de terciopelo. Y él, en su empresa, seguiría pisando mullidas alfombras, mientras besara a su esposa con fervor religioso, frente a la suspicaz mirada del director general. Sellaron el acuerdo sin rúbricas y comenzaron a mutilarse lentamente. Él continuó con su jovencita pecosa y ella recibió favores físicos de su atractivo profesor de equitación.
Sonó el móvil. Él, contestó mientras se alejaba a la cocina. Era ella. Su niña. Estaba sola en casa y le echaba de menos. Necesitaba sentir sus caricias sobre sus abundantes y juveniles pechos, oler su cuerpo maduro, su pasión de ejecutivo agresivo con canas. No pudo negarse. Miró a su esposa y escupió un escueto: Tengo que salir. Ella no alzó la vista del libro. Ni musitó palabra alguna. No le importaba. Dejó el libro mientras oía cerrar la puerta. Se metió en la ducha.
El agua caliente suavizó su piel al tiempo que aliviaba su fría cabeza. Cogió el teléfono y marcó el número. La voz ardiente de su profesor de equitación le hizo sentirse bien. Estaría allí en veinte minutos. Se colocó un vestido suave y salió en busca del sexo tranquilizador.
Cuando ella regresó aún húmeda de sexo, él ya estaba en su habitación. Se acostó sin despeinarse y durmió profundamente.
Desayunaron en silencio, con la vista ojerosa, pero con la felicidad hinchada en sus entrañas. Él se marchó primero. Ella encendió la radio mientras terminaba su tostada de mermelada de arándanos. Desde la radio una melodía cosquilleaba sus rodillas. Miró el reloj. Eran las nueve de la mañana de un nuevo día. Lucía un sol encumbrado. Una sonrisa se posó dulcemente sobre sus labios.

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