El entierro


 

Tañen las campanas despertando a los pájaros que dormitan en su siesta. Suenan agrias, rabiosas, en el silencio del pueblo. El sol hace sudar las paredes de las casas, los adoquines de las calles, el agua de la fuente, en esa plaza mayor que espera en silencio acontecimientos. En las casas hay ajetreo, se mueven las persianas bajadas en esa siesta con perros ladrando. Hay ojos olfateando ese silencio que retumba por el pueblo. 

Tan sólo el pequeño Claudio -el hijo de Emilia, la hornera- ha conseguido sentarse en su puerta jugueteando con su lagartija. Metida en una caja de zapatos, la acaricia con la suavidad de su sudada mano. Él, es el primero en ver la furgoneta. Aparca en una esquina de la plaza buscando una sombra inexistente. De ella, descienden ocho o nueve mujeres. Quizás diez. A Claudio no le da tiempo contarlas. Hace ademán de levantarse, pero el sol le empuja a su asiento. Las mujeres visten de negro riguroso. Con peineta y mantilla, trajes de verano en negro brillante, guantes largos de encaje y zapatos cuyos tacones muerden ampollas en los pies. 

Una de ellas, se acerca a Claudio. Le pregunta por la casa de Leoncio Vidal. No tiene pérdida, la tienen enfrente, a la izquierda de la fuente. Mientras le da las gracias y le acaricia sonriendo el cabello, se dirige hacia la casa. El resto de mujeres la siguen. Antes de tocar en la enorme puerta comienzan a llorar y a moquear en sus pañuelos negros con puntillas. El llanto levanta las persianas y calienta las bocas. Las plañideras entran en la casa. En el reloj de la iglesia suena un cuarto. Las cuatro y cuarto caen al suelo derretido por los cuarenta grados que escupe ese sol hambriento. 

De la iglesia sale el párroco sudando y atolondrado junto a dos chavales ataviados de monaguillos portando una cruz dorada. Claudio los observa y sonríe: El Sebas y el Agus. Buena tarde les espera -piensa- mientras les lanza una piedra y se mofa de ellos con muecas y el dedo índice levantado. Don Néstor, no puede andar más ligero. Los kilos lo ahogan y tiene que secarse la frente calva con un pañuelo amarillento. Frente a la casa, escucha una ristra de murmullos y sollozos que deambulan como gatos perdidos por cada rincón de la vieja mansión.

La lagartija quiere salir de la caja de zapatos. Claudio se enfada y se lo impide. El sol ciega sus ojos y apenas distingue la comitiva de coches negros que resbalan en un torpe baile, en los adoquines de la plaza. Seis, ocho, doce. Se cansa al llegar a veinte. Y dos furgonetas más. Los músicos, descienden de ellas con evidentes signos de asfixia. Buscan desesperados el agua caliente de la fuente. Claudio no había visto tanta gente junta ni en la verbena de las fiestas del Patrón. Ni tanto traje negro. Ellos y ellas. Todos se acercan a la casa. Matrimonios engalanados para la ocasión y, en muchos casos, junto a sus hijos adolescentes. Claudio los observa con atención. Los chavales son mayores que él y… ¡Son todos rubios! Será el sol, piensa. Se frota los ojos que ya gotean sudor en firma de lágrimas sobre su camiseta del Real Madrid.

Es entonces cuando todo el pueblo -que ha estado esperando expectante, tras las cortinas de las ventanas el momento oportuno – sale. Hombres y mujeres, con sus trajes negros y azules, con boinas y sombreros, agotados por la calor y maldiciendo aquella tarde agostada. Los abanicos resuenan con fuerza buscando algún soplo de aire caliente. Las mujeres del pueblo se sitúan tras la fuente en un corrillo de cuchicheos mojados. Ellos, fumando en monosílabos, esperan.

Siguen llegando coches que ya no pueden alcanzar la plaza. Se apilan como pueden en las calles adyacentes. Suenan los tacones afilados de ellas y los zapatos de charol de ellos. Alguna pamela hace sombra a las moscas que comienzan a sospechar que se acerca el momento.

Claudio entra en su casa. Deja la caja de zapatos con la lagartija en la mesa del comedor y busca un polo de fresa en el congelador del frigorífico. Mientras lo lame con goloso deseo, vuelve al escalón de su puerta. Nunca había visto algo semejante. No puede perderse ningún detalle. No se lo perdonaría. Tanto niño rubio, le mosquea. Nunca ha visto a D. Leoncio. Ni a Fuensanta. La hija del alcalde que se casó con el terrateniente del pueblo. Aún no había nacido cuando, tras casarse, se marcharon a Madrid.

Los músicos se colocan en formación.  

Suena la música acalorada, triste, vetusta. Por una de las entradas de la plaza llega el coche fúnebre atiborrado de coronas de flores. Tras él, otros tres autos con otro sinfín de coronas. Claudio no entiende el porqué de tantas flores si el muerto no las va a ver.

El párroco se acerca al coche fúnebre mientras los músicos desgranan una pieza musical con sabor a sal.

Toda la plaza se silencia al salir el ataúd caoba a hombros de ocho hombres ataviados con uniformes militares. Claudio no sabe de dónde han salido. Y se extraña de ello. Pensaba que lo tenía todo controlado por sus ojos.

El ataúd entra en la casa con el sonido de una marcha fúnebre que se solapa con los histéricos llantos y gritos de las plañideras. Hasta el sol se asusta y se esconde tras una nube desorientada. El reloj del campanario bosteza las cinco campanadas. Claudio vuelve a la cocina. Coge la nocilla y se prepara un bocata a toda prisa. No quiere perderse nada más.

Entran en casa tras el féretro. Los invitados y los más allegados del pueblo. Se oyen gritos y una sonata de lamentos muy compungidos. La plaza sigue concurrida y es entonces cuando Claudio los ve. Todos aquellos críos rubios, con alturas similares y, según puede ver, con los ojos azules. Son idénticos. Gemelos como Edelmiro y Salus. Los que van dos cursos por delante de él. Idénticos y sin ser hermanos. Cosas del pueblo. Pero es que ahora son más. Intenta contarlos. Siete, nueve, doce. Que el vea. Seguro que en la casa hay alguno más.

El tiempo se detiene. Sale de la casa Fuensanta, la esposa del difunto. Sin quitarse de la nariz el pañuelo mojado en lavanda, se acerca al grupo de niños rubios. Los observa con un rictus de asco en la boca. Intenta decir algo, pero vuelve a la casa. Todo el pueblo la oye gritar “¡Cabrón… hijo de puta!” Sus hermanas e íntimas, atienden su desmayo. La abanican con fuerza. Necesita aire y tomar algo fresco

 Lo ha decidido al recuperarse. Se vuelve a Madrid. No va a asistir a semejante espectáculo. Que le traigan el coche enseguida. No piensa humillarse delante de todos ni un minuto más. ¡Que se marche todo el mundo y que lo entierren como a un miserable perro! ¡Ni música ni leches! Ni un lloro más.

Sus dos hermanas piden que recapacite, pero no pueden hacerse con su voluntad. Coge el bolso y se quita con toda su rabia el velo y los guantes negros. Tras ellos, el vestido de encaje negro. Busca unos pantalones vaqueros y las zapatillas deportivas blancas. Arroja con violencia toda su vestimenta a un rincón del dormitorio. Todo el pueblo la ve montarse en el coche en un silencio que amodorra más aún a los pájaros. También ellos, desde los tejados, no saben a qué atenerse. El chófer pone en marcha el vehículo de Fuensanta y abandona la plaza. No se mueve un alma, pero los murmullos vuelan por todo el lugar apesadumbrados. Nadie sabe qué hacer. Pero no pueden moverse.

Media hora más tarde, sale el féretro acompañado por el párroco, los monaguillos, las hermanas de Fuensanta y demás familia. Los músicos acallan con su sonora marcha todos los comentarios. A ellos, se une todo el pueblo y los bienvenidos de todas partes del país. Los niños rubios intentan no acercarse entre sí. Van cogidos de la mano de sus padres. El camino al cementerio huele a jara, retama y romero.

Claudio muerde el último trozo de pan untado con nocilla. Sus padres marchan en el cortejo fúnebre. El comienza a andar, dándole patadas a las piedras que se cruzan en el camino polvoriento, mientras intenta que sus ojos no lloren más por el impertérrito sol. Al entrar en la calle Estrecha ve el pilón y no duda en meter la cabeza en el agua y quedarse quieto unos minutos. Lo piensa mejor. ¡Qué más da! Se quita los pantalones cortos y se zambulle en el agua riendo feliz. A lo lejos, escucha esa música tan triste.

 

 


La encrucijada


 

Apagó la aspiradora y se quedó mirando la ventana. El sol ya iluminaba la estancia con toda su luz y hacía bailar las motas de polvo que jugueteaban por el comedor. Encendió un cigarrillo y fue hacía la cocina. La olla ya hervía con alborozo unos sabrosos trozos de chorizo junto a una cebolla que había dejado de llorar y unos garbanzos que suplicaban perdón. El vapor del potaje se incrustaba pálido por todos los rincones de la pequeña estancia. Se sentó fijando sus ojos en la lavadora.  Mirando embobada como giraba y giraba el tambor. Esta vez, no había escapes. La ceniza del cigarrillo cayó en la bata, sobre su regazo. No se dio cuenta. Continuaba mirando ensimismada la lavadora. Tenía la boca seca. 

Miró los estantes. Tras la lata de colacao, donde guardaba las lentejas, estaba la botella de ron. Encima de la lavadora, la botella de lejía.  Miró ambas con desgana. Con dudas. Siempre la misma abulia. Seguir o terminar de una vez con todo. Cogió un vaso y se sirvió un buen trago de ron. Tal vez la lejía y el ron hiciesen una buena mezcla. En la radio del comedor sonaba una copla de Radio Olé: “La Zarzamora” por Lola Flores. 

El ron entró ardiendo en su garganta. Apagó el cigarrillo y miró el hervir del potaje. ¡Bien se lo comería su hijo Luis, que en paz descanse! pensó. Y de buena gana le llevaría un táper a Felipe. El pobre, ¡A saber que porquerías comería en la cárcel! Juanito Valderrama -desde la emisora de radio- le animó a darle otro trago al ron. La lavadora comenzó a centrifugar haciendo temblar el deslucido suelo de la cocina. Cogió la botella de ron y se echó otro trago. No, no había tenido suerte en la vida. Dos hijos, uno muerto por sobredosis de heroína y el otro en la cárcel por trapicheo con la coca. Así era la vida. Y su marido, por esas carreteras de Dios, llevando verduras congeladas. El ruido de la lavadora cesó de repente y ella se despertó sobresaltada de sus pensamientos. Sin dejar el vaso de ron volvió al comedor. 

Las motas de polvo danzaban alegres a través de la ventana animadas por el rudo sol. Encendió la aspiradora y continuó borrando el polvo amargo de su vida. En la radio, cantaba Marifé de Triana “Encrucijada”

 

 


Tiempo de espera


 

En Villanueva del Condado, todo el mundo sabía que Gabriel y Lucía acabarían contrayendo matrimonio. Prácticamente desde la infancia, las familias observaron con muy buenos ojos, lo bien que se llevaban aquellos dos mocosos. Fue en la juventud esplendorosa de ella cuando Gabriel, declaró su amor por Lucía a la hora de la siesta- y bajo la sombra de un alcornoque reseco- un domingo de sol infernal. Se prometieron amor eterno. Nadie puso en duda que aquella pareja terminaría en el altar tras ver el amor y la pasión que enredaban sus ojos a cualquier hora del día o de la noche.

Gabriel era mecánico de profesión. Había decidido no emplearse –como la mayoría de los hombres del pueblo- en las tareas del campo. Aspiraba a más. No quería quedar como su padre, con la espalda destrozada, las manos agrietadas y la frente rota por el sol y la lluvia. Lucía trabajaba en la panadería de su padre dispensando pastelitos de crema  y el pan nuestro de cada día.

Sobre las seis, aparecía Gabriel en su puerta. Ella le esperaba vestida para el paseo y oliendo a lavanda. Se cogían de la mano y caminaban en dirección al Puente Viejo. Allí se besaban y se prometían la felicidad sobre un lecho de hierba húmeda.

Ella no le perdonó aquella tarde de abril, el encontrar aquel pañuelo de seda bordado manchado con carmín exuberante -con las iniciales S.T-  en el bolsillo de su chaqueta. Gabriel había pasado el fin de semana en la ciudad. Los Duques de Argabalia necesitaban su experiencia mecánica para arreglar un Packard Caribbean del 56 cuyo motor, se negaba a arrancar.

Lucía supo que la hija del Duque se llamaba Susana. No quiso escuchar más explicaciones. Por mucho que él intentó explicar y rogó, Lucía, cerró su casa antes sus narices con candado. No volvió a dirigirle la palabra.

El pueblo vivió la ruptura como algo propio. Los corrillos, las tertulias, las palabras calientes a la hora de la siesta o en la siega matutina, no trataban de otra cosa. A Gabriel lo condenaron todos los habitantes del pueblo mientras que Lucía, adquirió un aura de mujer maltratada y víctima, a la que todos decidieron apoyar y mimar.

Pasaron los meses hasta llegar el verano. Gabriel, desapareció del pueblo y hasta no entrado el invierno, no se supo nada de él. Su familia dejó correr la voz: se había instalado en la ciudad y allí había abierto el más avanzado y sofisticado de los talleres mecánicos existentes. Se estaba haciendo tan rico que ya había adquirido una casa de dos alturas. Es más, la hija de los Duques, Susana Tarazona, se había convertido en su más fiel desahogo.

Lucía continuó vendiendo con una sonrisa melancólica panecillos y aquellos pequeños pastelillos de nata y trufa que tanto gustaban a los ricos del pueblo. Tras acabar su jornada, se engalanaba con su mejor vestido, se peinaba como si fuese a algún guateque, se perfumaba con agua de lavanda y, sacando una  rústica e incómoda silla de mimbre, a las puertas de su casa, esperaba. De seis a ocho, se la podía ver allí sentada, sola, espantando a los gatos y mirando a cada lado de la calle con expectación o al cielo con los ojos cerrados.

Se lo dijo a todo aquél que quiso escucharla: volvería. Le pediría perdón y Gabriel volvería. Se casarían en la próxima primavera. Estaba segura. Ella, ya lo había perdonado. Un pequeño desliz lo tiene cualquiera, pero el amor siempre sale a pasear sin orgullo ni vanidad bajo el sol.

Los años pasaron y el pueblo fue adecentándose a los nuevos tiempos. Ya había dejado de ser un pueblo agrícola y, aquí y allá, se abrían florecientes negocios. La ciudad cada día estaba más cerca gracias a la construcción de una alquitranada carretera. Cada día había más coches circulando con sus motores de explosión y sus humos insoportables.

Tuvo muchos pretendientes. Era demasiado bella para ser abandonada en una silla añeja en las puertas de su casa. Ella no hizo caso a nadie, ni a sus padres, que nunca comprendieron que hacía allí sola en la calle, sentada en una silla, de seis a ocho, sin apenas hablar con nadie. La trataron médicos llegados de la ciudad, le buscaron amigas, apuestos novios. Ella no cedió. Seguiría allí sentada hasta que Gabriel viniese -con su flamante Chrysler Valiant y todo su amor en sus labios- a llevar a cabo todas las promesas que había vertido en el Puente Viejo siete años atrás.

De nada sirvió que a sus oídos llegasen noticias de boda, de nacimiento de hijos, de prosperidad, de cargos políticos. Gabriel se había trasladado a Madrid. Había dejado el taller mecánico y ocupaba un despacho en la Gran Vía madrileña como Delegado Nacional de la Prensa del Movimiento. El dinero y los apoyos de su suegro, el Duque de Argabalia, habían conseguido que Gabriel y Susana Tarazona, su esposa, alcanzasen a tocar el cielo de Madrid en una posición desahogada, con vivienda propia en el Barrio de Salamanca y colegio de curas para sus dos hijos.

Lucía no se arredró. Bajo la lluvia o el sol, tarde a tarde, se atusaba el pelo y se vestía de rosa pálido –el color preferido de Gabriel- y comía altramuces sentada en la vieja silla de mimbre. A pesar de la muerte de su padre, de su flagrante soltería, de sus entrañas doloridas, continuó esperando su llegada. Tampoco le importó que la panadería pasase a otras manos en una venta, a todas luces, injusta. Ni que su querida madre fuese ingresada en un asilo víctima de una demencia senil que le agrietaba el cerebro. Por muy sola que ella estuviese, seguiría allí: sentada erguida y recogiendo las hojas caídas de todos los otoños, la escarcha del invierno y el sol pegajoso del verano.

Por su calle pasaron sus amigas ya casadas y con hijos, los hijos de esos hijos y una multitud de cadáveres. Lucía, envejecida y con la piel delgada, seguía esperando. El pelo ya grisáceo hacía tiempo que se lo recogía en un atusado moño mientras sus ojos perdían el azul grandilocuente de su juventud. Su espectro se había convertido en la estatua sin mirada de la Calle Ancha.

Fueron tiempos de cambios en el país. El General murió y nacía una democracia débil con bayonetas en los riñones. Gabriel siempre tuvo buen olor político. Muy pronto se convirtió en un acaudalado diputado de la emergente y democrática derecha. No le fue difícil hacerse con un acta de diputado en las nuevas Cortes Generales. Sus negocios inmobiliarios iban viento en popa y hacía tiempo que él, ostentaba el título de Duque de Argabalia tras el fallecimiento de su suegro.

La noticia corrió como la pólvora por el pueblo. Los Duques habían comprado la Casa Miraflores en la entrada del pueblo. Un imponente caserón de arquitectura indiana que, por años, había estado abandonado. Al parecer, sería el lugar escogido para pasar veranos y tiempos de caza mayor.

Lucía caminaba tras los pasos de su amado por las noticias del periódico. Gabriel aparecía con cierta asiduidad en los papeles. No fue difícil llenar dos álbumes con sus fotografías. Hasta una revista de ecos rosáceos presentaba en portada, su imponente casa a los lectores. Junto a él, su esbelta esposa, y sus dos hijos ya insertados en el engranaje de los negocios familiares. Los Duques de Argabalia triunfaban en la alta sociedad de la época.

Fue en mayo con la calentura de un sol plomizo, cuando Lucía recibió la noticia. Un estrépito anímico a punto estuvo de tumbarla en la cama. Las fuerzas se le escaparon por la entrepierna y la sangre pareció congelarse en las venas. Primero fueron los rumores y luego, la confirmación en los noticiarios. Gabriel había fallecido en la caliente madrugada víctima de un infarto de miocardio.

Fue la primera vez desde hacía ya años que Gabriel regresó al pueblo. En coche fúnebre y amortajado en un ataúd de cedro blanco. El entierro fue todo un acontecimiento en el pueblo. Periodistas, políticos, nobles y un sin fin de curiosos. Lucía no apareció por el velatorio ni por la iglesia. A las cinco de la tarde, el Duque de Argabalia fue enterrado, en un panteón con ángeles de mármol, bajo la atenta mirada de un centenar de personas.

Lucía no acudió. Tampoco aquella tarde salió con su silla a la puerta de su casa. Era la primera vez en muchos años que no acudía a aquella cita. Dicen los madrugadores lugareños que, al día siguiente del óbito, la encontraron camino del cementerio, enlutada hasta las entrañas, portando bajo su brazo la silla. Hubo curiosos que aseguraron que colocó la silla frente a la tumba y allí, bajo un sol derretido, pasó prácticamente todo el día. Al parecer, le hablaba en susurros. Al oscurecer, regresó como un alma en pena y sin mirar a nadie a su hogar. No se le volvió a ver nunca más. La casa, bajo un aire espectral, no volvió a ver la luz del sol.


La siesta

 



Hay una desdicha que recorre las paredes de la casa como un lento pasar de un tiempo que ensucia el blanquecino sabor de la cal. Una levedad de muertos, con asfixia de alma, corretea por las calles vacías escondiéndose del sol en el atardecer de un verano con chicharras. Han oscurecido la luz con brutalidad a la hora de una siesta sesgada por sexo y odio. La tragedia tiene olor a sudor, a rancio sentir de girasoles podridos. Ella se ha apostado en la ventana oscura observando su desnudez. La sensualidad de sus pechos derrama miel de arándanos sobre las losas mojadas de sexo.

Él acaricia su espalda con manos de artesano, bordeando su cuello con los labios de salamandra hambrienta, comiendo el placer de sus senos. Hay versos que resbalan sobre la melena azabache de ella, versos que ningún poeta ha cubierto nunca con piel de rosas sobre su cuerpo. El silencio de la casa adormece las macetas resecas del patio interior. Tan sólo el agua del pozo en el centro de ese patio, remueve sus aguas expectantes. Las ranas han abierto sus ojos con inusitada gravedad: han escuchado los jadeos embriagados de deseo. El sudor de sus cuerpos amantes, se desploma desde las sábanas en una cascada de sexo líquido que engendra hormigas rojas. Hay sabor a sal en las baldosas rojizas mientras se derriten los besos sobre sus nalgas, en su vientre de esponja. Ella cierra los ojos escondiendo su mirada de la fotografía sepia de su esposo estancado en la mesilla de noche.

Un alarido de olivos, de muerte arrancada a las raíces, se expande lentamente por el contorno de sus pezones con vaho. El olor crece en intensidad. Las uñas se hunden sobre su piel con la rabia escondida durante años en el interior de su corazón apagado al tiempo que él, se adentra en los confines de su más tierna y profunda caverna sedienta.

Estallan los tomates en la huerta derramando sangre a un sol que los come con delirio.

Se escucha un galopar de sonidos entrando por el pueblo. Las camisas tendidas en el horizonte se balancean tibiamente a su paso. Las rejas de las ventanas observan el paseo con un silencio respetuoso. Las ventanas a su alrededor se cierran con crujidos y estrépito. Su olor penetra vicioso en un pasillo atiborrado de geranios, calderos de bronce y morteros de cerámica. Se escuchan los gemidos del sexo en la oscuridad de la casa, rechinan los muelles de esa cama tantas veces montada. Un paladar babea gotas de deseo aguamelado. Tan sólo los pájaros dormidos en la siesta se percatan de su presencia, guardando un silencio jadeante. Brilla una escopeta de cartuchos encerrados. Una patada abre con odio la puerta de la habitación. Se encienden todas las luces en la oscuridad de las cortinas. Los amantes se despiertan del sexo acalorado.

Apenas unos niños chapoteando en una balsa de agua verdosa escuchan los disparos. Tan sólo ellos se percatan de la sangre derramada en la quietud de la siesta. Un entierro con tres cadáveres cuajados darán fe de la rota monotonía de un pasar caluroso de tierras adentro. Agosto sueña con ser primavera.


La dentadura de la felicidad


 

Creo que la afición por las dentaduras postizas se implantó en mí tras la muerte de la abuela. Con las prisas, con el afán de deshacernos del cadáver con prontitud en un agosto excesivamente caluroso y marcharnos a Benidorm, nadie recayó en que la pobre abuela, era enterrada sin su reluciente dentadura postiza. La encontré metida en un vaso con florecillas verdes y amarillas en un cajón del mueble del cuarto de baño. Fue como encontrar un talismán. Tal vez resulte absurdo, pero desde el momento que me la coloqué dentro de la riñonera, las cosas funcionaron mucho mejor en todos los aspectos de mi vida. En Benidorm rompí con Susana - mi novia de toda la vida- y me lié con una japonesa sin cámara digital, que tomaba el sol achicharrándose en la playa, mientras soñaba con ser bailaora de flamenco. La verdad es que dotes para serlo no tenía, pero era realmente divertida.

La dentadura postiza de mi abuela me acompañó todo aquel verano. Y la suerte con ella. Dos bonolotos, una cartera olvidada en los servicios de un restaurante con varias tarjetas de crédito -que utilicé rápidamente para adquirir la cámara digital que me solicitaba mí preciosa japonesa- unos prismáticos y toda clase de vestuario veraniego incluyendo un par de zapatos de marca y un traje muy fresquito de Armani.

Pero todo tiene su fin, irremediablemente. Nos dirigíamos al apartamento desde la salida de urgencias del hospital. Mi linda japonesa se había dislocado el pie izquierdo intentando emular los pasos de una bailaora famosa en una discoteca de moda, cuando me asaltaron una pandilla de niñatos con crestas de pollo en la cabeza y botas de navajeros del Kurdistan. Por supuesto, la dentadura de mi abuela desapareció junto a los prismáticos, la cámara digital de mí maravillosa japonesa, mis zapatos y el reloj de pulsera regalo de mi primera y única comunión.

La caída en el infierno fue apoteósica. Mi estupenda japonesa me abandonó al día siguiente por un joven rabino ruso bastante intransigente y a mí, se me terminaron las vacaciones.

Reconozco que me obsesioné demasiado con el asunto. Tenía que conseguir una dentadura postiza de repuesto o terminaría francamente mal. Física y psicológicamente. Desde mi llegada a Madrid, había sufrido cuatro atracos consecutivos que me habían llevado a una ruina monetaria y moral bastante acentuada. Por más que pensaba, no conseguía acertar con algún familiar o vecino que pudiese llevar tal objeto en su boca. Hasta que aquella mañana me topé en el ascensor con la Sra. Rosario, la viuda del 5ºA. Su sonrisa con dentadura postiza me cautivó.

Vivía sola junto a un gato de ojos perversos que, desde un primer momento, me enseñó que aquel era su territorio y yo, un imbécil por intentar ocuparlo. De nada sirvieron estratagemas como pedir sal, vinagre, arroz, azúcar. No había manera de sorprenderla sin su dentadura.

Hasta aquella noche en que me deslicé por el canalillo del deslunado y entré en la habitación de la vieja.

Sus ronquidos no me asustaron. Busqué en la mesilla de noche bajo el espectro de una luz lunera un tanto tibia. La encontré. Pero también me encontré con Anastasio, el gato.

Tal fue su inquina por mi presencia que, rabioso y con ganas,  se me abalanzó marcando sus garras de gato leonado en mi cara alelada. Tuve que acudir a urgencias con rapidez para intentar cicatrizar las heridas. Siete puntos en la mejilla izquierda y dos en la ceja derecha fue el abrupto resultado de tal encuentro. A punto estuve de perder un ojo. Pero la maravillosa dentadura ya era mía.

No pude parar. Caminaba por la calle y todo eran cuerpos con dentaduras postizas. Alcancé un alto grado de profesionalización en el tema. Salía al atardecer y perseguía a las ancianas. En los momentos más solitarios lanzaba mi mano sobre sus bocas sorprendidas, les arrancaba la dentadura y salía corriendo. Más de una vez me llevé sonoras bofetadas y dolorosos mordiscos. Pero poco me importó: una patada en la espinilla y lo vomitaban todo. Una parte de mi armario recopiló una cincuentena de ellas. Pero la suerte seguía sin aparecer. Tenía que encontrarla. La dentadura perfecta. Mi preciado talismán. Sin ella nada sería ya igual.

Tal era la obsesión que dejé de ir a trabajar. Daba cualquier excusa para no aparecer por la oficina. Por supuesto, a los dos meses, me despidieron. No me importó. Es más, así tenía todo el tiempo del mundo para seguir buscando mi preciado tesoro.

Fue en un atardecer otoñal mientras esperaba el 7, el autobús que me trasladaría al centro de la ciudad. En la parada del bus, me fijé en ella. Era una señora de unos cincuenta y algo años. Obesa, con una melena rubia recogida en un moño decimonónico y antiestético, con acento extranjero, posiblemente rumano o polaco. A su lado, una joven oronda con varices y una feísima cicatriz en mitad de su mejilla izquierda, que charlaba animadamente con ella. Supuse que alguna amiga o familiar. La señora cargaba con varias bolsas de un supermercado. Al preguntarle la hora de su reloj la vi. No me quedaron dudas: era la dentadura de mi felicidad perdida. La dentadura perfecta de mi abuela.

El corazón se me aceleró de forma convulsiva. No dudé ni un instante. Subieron en el autobús número 10 y yo con ellas. Durante todo el camino hacia el extrarradio, no pude dejar de observarlas como si de dos famosas actrices de cine se tratasen.

No tenía que pedir autógrafos, pero sí conseguir aquel talismán que me devolvería la buen suerte tan vilmente arrebatada meses atrás.

Vivían en un agonioso bloque de viviendas tercermundista con antenas parabólicas colgadas de las macetas con geranios. Un ruido de chiquillería invadían todos los pisos.

Conseguí su nombre: Agnes Brezsneswaya. Polaca y residente en nuestro país desde hacía dos años. Trabajaba de cocinera en un bar del viejo centro de la ciudad.

La esperé en vano durante varias noches pero siempre solía regresar a su hogar junto a su compañera, hermana o hija. Tenía que armarme de paciencia. En apenas pocas semanas aprendí sus horarios, me empapé de su vida, de sus aficiones, de sus sueños.

Lo sabía todo de ella. La joven que la acompañaba era una prima suya que moraba en su vivienda junto a su marido y sus tres hijos. Mi portadora de la buena suerte también estaba casada   –el marido trabajaba en la construcción de un bloque de viviendas de protección oficial- y seis vástagos danzaban por la casa.

Era un viernes. Al parecer Andrea, la prima, se encontraba enferma de gripe y no acudió a su puesto de trabajo ese día. Mi víctima, Agnes, regresaba sola. Era mi gran oportunidad. Subí junto a ella en el autobús. No la perdí de vista ni un segundo. Tracé mentalmente mi plan.  En los escasos metros del descampado que tenía que atravesar, la atacaría. Ella se sorprendió. Intenté meterle la mano en la boca mientras le sujetaba el cuello por detrás. Le susurré que no gritara y que se estuviera quieta, que no pensaba hacerle daño. Le arranqué la dentadura y ya me disponía a huir cuando sentí el estallido de la pistola. El boquete que me produjo en la espalda me provocó un profundo dolor y un estropicio de sangre en mi camisa blanca. La cazadora que portaba olía a chamusquina. Me aferré con fuerza a la dentadura que ya tenía en el bolsillo mientras caía sobre la tierra húmeda. No recuerdo nada más. Sé que se apagaron todas las luces –lo cierto es que no habían muchas- y que al llegar al limbo o alguna parada similar, me estaba esperando mi abuela con muy mala cara.

 - ¡ Dame la dentadura, imbécil ! Fueron las primeras palabras de mi abuela antes de arrearme una fuerte colleja.


La lata de sardinas


 

Llegó a casa empolvado de cansancio; abatido por la crudeza de los silencios, de las ausencias. Era la hora de comer y apenas tenía hambre. Abrió la nevera. Tan sólo un puré de zanahorias y una lasaña maloliente. Se decidió por una lata de sardinas en escabeche. Tiró de la anilla mientras observaba a través de la ventana un cielo con nubes de lluvia.

Apenas notó el dolor. Fue más estúpido aquel sentimiento de fragilidad que le sobrevino perverso sobre su ánimo al intentar abrir la lata.  Su dedo meñique pendía sanguinolento de un hilo muscular. La sangre se esparció grotesca por los azulejos blancos de la cocina. Volvió a tirar de la anilla cruel. Esta vez, con mayor energía.

Las sardinas se mostraron divertidas y sonrientes. No tuvo tiempo para reaccionar. Una de ellas saltó vigorosamente hambrienta sobre su yugular, comiéndole con avaricia su vida vacía. El ojo izquierdo fue una férvida delicatessen para la segunda. Hubiese querido llorar, pero el fuego de su dolor, taponaba cualquier exceso lacrimal. Hubiera gritado sueños perdidos buscando una mano dulce que sofocase su dolor.

Se sentó en la silla derrotado. Mantenía la lata de sardinas sobre la palma temblorosa de su mano derecha. Una tercera sardina consiguió saltar de la lata y situarse sobre su pecho. Comenzó a devorar su piel y pronto se adentró en la cavidad de su corazón. Rió adolorado al sentir como aquella sardina estúpida comía insaciable de su  afligido corazón. El río de sangre crecía sobre las baldosas formando mareas incontenibles de líquido rojo.  

La sardina posada sobre su yugular, emitía sonidos divertidos –chirriantes- mientras aceleraba sus bocados viciosos en su cuello ya ultrajado. El banquete engordaba sus cuerpos. A través de la cuenca de su ojo devorado, la segunda sardina alcanzó su cerebro cuajado. Pudo notar entonces la comida de sesos por parte de aquel impúdico ser. No pudo soportarlo más. Cogió la tapa denticular de la lata y la hincó con todas sus fuerzas sobre la muñeca de su brazo izquierdo intentando borrar cualquier atisbo de vida en su cuerpo. Sintió un ligero desmayo. Vomitó más sangre creando licenciosos océanos de  viscoso liquido sobre el suelo de la cocina. Observó la desconexión de todas las células de su cerebro. Sus recuerdos se apilaron en su conciencia como si de un vertedero se tratase. Aquella sardina colérica devoraba sesos, células, nervios, sentimientos, con una rapidez y devoción sobrenatural.

Cayó abatido sobre las baldosas barnizadas con su propia sangre. Su cuerpo quedó hundido bajo el manto líquido. Intentó respirar ahogándose en su propia vida.

Las tres sardinas en escabeche navegaban divertidas y eufóricas alrededor de aquel cuerpo inerte sobre un mar rojizo. Habían engordado de forma considerable. 

Pollo al ajillo con aceitunas


 

Le despertó su mujer desde la cocina moviendo todos los cacharros habidos y por haber. Se dio la vuelta en la cama tapándose con la almohada la cabeza. ¡Joder, que era domingo! No había manera. Miró el reloj de la mesilla: 8:45. Aún se enojó más al saber la hora que era.

- ¡Pilarrrrr! No puedes parar. ¡Es domingo! -gritó con su vozarrón ensalivado en nicotina.

Se tumbó boca arriba y mirando al techo, se dejó llevar por los sonidos del vecindario. Las cazuelas y los platos seguían sonando con fuerza en la cocina. Intentó calmarse y pensar en alguna playa con palmeras y una rubia sonriente calentándole todos los sentidos. Ni por esas. Su enojo se adentró en sus pulmones al recordar que hoy había comida con su tía Begoña. La Coronela. Resopló y buscó algún cigarrillo en el cajón de la mesilla. Por mucho que ella le hubiese prohibido fumar en el dormitorio, estaba demasiado cabreado como para hacerle caso. Hasta hizo volutas con el humo en modo de protesta juguetona.

Comer con la vieja rata, le sacaba de sus casillas. Visitar su piso de trescientos metros cuadrados, lleno de armatostes, antiguallas decimonónicas, con su decoración vampiresca, sus cuadros vetustos del Coronel, atiborrado de condecoraciones, y aquellos sables rancios, junto a todas las medallas condecorativas del régimen, le ponían enfermo. Por no hablar del enorme retrato del Caudillo que presidía el comedor. Para vomitar. Ya se podía morir la vieja y quedarse ellos con la herencia. De buena gana la tiraba por el balcón. Para colmo, lo engreída que era. Siempre creyéndose lo más y viviendo en su pasado de glorias franquistas. Solo le faltaba llevar el fajín. ¡Vieja asquerosa! Cuanto más lo pensaba, más fuerte aspiraba el humo del cigarrillo.

Y por si fuera poco, trabajar para ella en aquellas oficinas apolilladas con olor a naftalina. Tres años llevaban sin subirle el sueldo. La vieja y su fiel escudero: el repelente y amargado gerente. Con más años que la tía y sin pensar en jubilarse. Tal para cual. Dos momias miserables y explotadores. Eso eran ¡Dos ratas babosas!

- ¡Venga, gandul! ¡Levántate ya! ¿Ya estas fumando? Te lo he dicho mil veces, Javier: Fuma en tu despacho, pero en ningún sitio más de la casa

- ¡Pilar, al menos dame un beso de buenos días! – Le pidió meloso, mientras la atraía a la cama con los ojos rijosos.

- ¡Si, a buenas horas! Venga, que tienes que bajar a comprarle los pasteles a la tía…

Mientras él besaba su cuello e intentaba quitarle el pantalón del pijama, ella conseguía desprenderse de su ansia y regresar a la cocina.

No le quedaba más remedio. Se levantó y se metió en la ducha. Puso música a un considerable volumen intentando apaciguar su ánimo. Todos los domingos la misma historia: comer con aquel vejestorio. Todo por tenerla contenta. ¡Vieja amargada! Sin hijos y sin un perro al que acariciar. Odiaba los animales. Como a él. El marido de su queridísima sobrina. Su único familiar vivo. La otra hermana, la palmó hace cinco años. Su única distracción, ir al Teatro Real a lucir sus pieles añejas con olor a alcanfor, y a misa de doce en la Basílica del Cristo de Medinaceli. ¡Bruja asquerosa! si ya tenía un pie en el infierno. Así tropezase en la calle y su cabeza diese contra un bordillo.

Se vistió y salió a la calle. Los dichosos pastelitos. Ya se podía atragantar con ellos. Si no fuera por la herencia. Porque con eso contaban. Tanto Pilar como él. Era su única y amada sobrina. Devoción tenía por ella. Algo le dejaría a la guatemalteca esa, la Yoli. Seguro. Que para eso llevaba siendo su criada desde que murió el viejo hará unos diez años. Criada para todo. Otra pobre desgraciada explotada por el genio repugnante de la vieja.

-No te demores que ya sabes que a la tía le gusta que seamos puntuales. Y ponte la corbata.

¡Encima corbata! ¡Pues la roja se iba a colocar! Que la vieja -tan de derechas- odiaba el rojo hasta en la ropa. ¡Comunistas!

Llegaron media hora de lo previsto. Las doce y cuarto y ya entraban por la puerta. Les abrió Yoli con su vieja cofia y su uniforme desgastado. Ni en eso se gastaba la vieja el dinero. Entrar en aquel piso con olor a naftalina a rancio, le ponía de los nervios. La Coronela les recibió con el rosario nacarado en sus huesudas manos. A Pilar, todos los parabienes: lo guapa que estaba, lo bien que le sentaba el vestido, la belleza de sus labios con aquel pintalabios nuevo. Una retahíla de piropos. A mí, ni me miró. Si, bueno, para decirme que tenía caspa sobre los hombros. Y llamarme la atención por llegar casi siempre tarde al trabajo. Que la empresa no se levantaba sola y el Gerente ya le había avisado que pocos palos al fuego de la empresa echaba. Otro desgraciado.

Se asomaron al balcón viendo el Madrid de los Austrias en un domingo de luz diáfana. La primavera ya asomaba por los tejados. La Coronela Begoña se quedaba dentro con el rosario no fuera a resfriarse. Ellos observaban la belleza de Madrid desde aquel piso de lujo. Ambos pensaron lo mismo: lo que disfrutarían viviendo en un sitio así. Con un cambio de mobiliario y vendiendo todas las antiguallas, podían vivir como reyes.

Tampoco este domingo – además de los pasteles- se olvidó de las aceitunas. A la vieja le encantaban. De todas clases: grandes, pequeñas, verdes, negras avinagradas, picantes, con sabor a tomillo. Todas. Y él, siempre le traía un buen puñado de ellas. No por complacerla, muy al contrario. Hace ya algunos años tuvo un sueño: la vieja -en esas aborrecibles comidas de los domingos- se hinchada a comer aceitunas como si no hubiese un mañana, y con tan mala garganta, que una de ellas, se le atragantaba y no había manera. Su cuerpo acabaría en la caja de caoba sin remedio.  Era su sueño. Como jugar a la primitiva y que te tocarán un centenar de miles de euros. En todas las comidas domingueras, se las colocaba bien cerca. Ella, mientras hablaba de su amistad con Carmen Polo de Franco-no había otro tema- picoteaba con recelo de aquellas brillantes aceitunas. Él, observaba expectante y rezaba para que el hueso de alguna de ellas se quedase incrustado de por muerte en la tráquea de la Coronela. En algo tenía que distraerse durante la comida. Nunca se sabía. Cosas peores se habían visto. Pero nada, cada domingo se iba con la frustración. Ningún hueso de aceitunas se le atragantaba. 

Sin embargo, aquel domingo, tenía una corazonada. Acabada la sopa de letritas – que le encantaban a la Señora- y mientras comenzaba a comer el pollo asado al ajillo, notó algo. A la vieja le costaba tragar aquellos trozos enormes de pollo que se metía con ansia en la boca. Yo la animaba con las aceitunas y, entre una cosa y otra, la Coronela no daba abasto. El pollo, junto con las aceitunas, se amontonaban en su boca y no parecían ir más allá. Esta es la ocasión, pensó él. De esta no se libra. ¡Si se ha metido medio pollo en la boca!  Pilar también notó algo raro y comenzó a preguntarle si estaba bien. Los espasmos, los bruscos movimientos – tiró la copa de vino y, al aferrarse al mantel, arrojó media vajilla al suelo. No podía respirar. Intentó levantarse de la silla cogiéndose con las manos la garganta. Los ojos ya los tenía en un blanco de tulipanes de cementerio. Se ahogaba. Javier sonreía por dentro, mientras Pilar gritaba ¡Tía, Tía!

Tuvo que aparecer la enana de Yoli. Con su enana fuerza y sus enanos brazos cogió a la Coronela Begoña por la cintura, y comenzó a apretar su estómago. Fueron segundos de angustia. Más por ver el desenlace de aquella agónica situación, que por la salud de la tía. Yoli con maña y fuerza, consiguió que la vieja vomitara en la alfombra tal cantidad de viscosidad -con trozos de pollo y huesos de aceitunas- que, tras el suceso, hubo que tirarla al contenedor. A la alfombra, me refiero, no a la vieja. No hubo manera. Se libró: Perdonadme hijos, pero que mal trato. Voy a la cama, que aún me tiemblan las piernas. Entre Pilar y Yoli la metieron en la cama. No hizo falta llamar al médico, por más que insistió la cabrona de la Yoli. Si no se hubiese movido de la cocina, los huesos de las aceitunas y el pollo habrían llevado a la cara acelga a la tumba. No pudo ser. Con ese disgusto se fue Javier. Mientras llegaban a casa, Pilar se mostraba aún nerviosa por lo sucedido, mientras él, ya estaba pensando en la comida del próximo domingo. La ilusión nunca se perdía. Como con los juegos de azar.


La Huida


 

La iglesia olía a jazmines, a rosas, a bergamota. Sonaba la música mientras ellos dos, frente al altar se miraban sonrientes. La abarrotada asistencia observaba con candidez la ceremonia de boda. Él se dispuso a colocar el anillo sobre el dedo anular de ella. Sonaba el Aria de Bach. Ella sonrió y le miró. 

Fue entonces cuando en sus ojos vio las bofetadas, los puñetazos, los latigazos con el cinturón, los insultos, los desprecios, las infidelidades y las siempre sangrantes violaciones con ginebra y ron.  No dejó que se lo colocase. Alejo su mano y se giró hacia sus padres. Comenzó a correr perdiendo los zapatos y la sonrisa por el pasillo central. Al llegar a la puerta se alejó con una sonrisa en la boca

Hoy en día vive en otra ciudad. Es feliz junto a Carol. Su esposa.

 

 


El Baúl de la Criada


 

Llegó a la casa del extrarradio lujoso con la voz azucarada y la piel de chocolate aterida de frío. Diminuta, enclenque, con la timidez provocándole sarpullidos en el cuerpo, fue recibida en la soledad arrogante de aquella familia de clase alta con posturas elegantes y modales de moqueta aséptica. La casa engominada con silgada decoración Art.-decó era lo suficientemente grande para mantener a dos serviciales trabajadoras de la bayeta. Gladys fue instalada en el piso de arriba, en una minúscula habitación con ventana a la sierra cercana. No, no estaba nada mal. Se acostumbraría al frío grosero que paralizaba sus ardientes sueños de soleados paisajes. Su Cuba natal únicamente podría vivir –de momento- en aquellos sueños.

Los señores parecían buena gente. Ante sus ojos datilados, aquel matrimonio joven con la piel de leche, los cuerpos lucidos en gimnasios, pistas de tenis y cacerías a lomos de dorados corceles, se mostraron con educación remilgada. Sus trabajos ejecutivos en empresas con proyección multinacional, absorbían todas sus horas. Eran los nuevos feligreses de una religión basada en el duro y salvaje capitalismo, en la belleza, la riqueza opulenta y el estatus social. Gladys, esbozó una sonrisa astuta. Sin duda alguna, el mundo estaba a los pies abrigados de sus señores.

Con ellos vivía un revoltoso crío de seis años que se atemorizó un poco al ver la piel oscura de Gladys.  En cuanto al baúl, nadie puso reparos. Sí, era excesivo en proporciones pero nadie puso reparos.

La chica que compartiría junto a ella los quehaceres domésticos, era una esbelta y oronda polaca de mirada seca y cabellos de nieve rubios. Se llamaba Elsa  y dormía en la habitación continua. Era además la cocinera y la encargada de vigilar al retoño.

Gladys apenas pudo dormir la primera noche. Aquel calor artificial escapándose nebuloso por las rendijas del radiador; las suaves sábanas; la mullida y fría almohada; los recuerdos batidos del Caribe rojizo floreciendo en su cerebro con formas multicolores, aprisionaban su corazón. Era su primera experiencia fuera de su tierra y aún podía escuchar los sonidos afilados del barrio de su vida en la vieja Habana. Pero se acostumbraría. No tenía miedo al trabajo agotador; a los madrugones oscuros de las cinco de la mañana. Tenía el futuro bajo las uñas duras de sus pies. Y no estaba dispuesta a derretirse por el camino. Alargó la mano y las yemas de su diminuta mano acariciaron la tersa piel del baúl. Pensó en abrirlo pero se contuvo. Era su primera noche. Ya habría tiempo de hacerlo.

Los amaneceres fríos resecaban su ardiente garganta. Hacer camas, limpiar moquetas, fregar suelos, desempolvar jarrones y cuadros, ayudar a la estática y silenciosa Elsa en la cocina. Apenas tenía tiempo de añorar nada, de soñar despierta, de observar el nuevo cielo europeo con nubes plateadas.

Al anochecer y tras ver el glorioso nuevo mundo a través de una minúscula pantalla del televisor en la cocina reluciente, caía rendida en la cama.

Sin embargo, una sonrisa inalcanzable brotaba natural en sus labios con sabor al otear, desde la ventana de su dormitorio, el horizonte helado de una sierra con árboles nevados. Le gustaba perderse en sus sueños desde aquella ventana. Volar y alcanzar el pasado con sus manos. Dibujar las caras conocidas en las nubes y embellecer en imágenes todos los recuerdos de su añorada tierra.

Era la tercera noche en aquella casa y ya no pudo reprimirse más. Necesitaba sentir su presencia, adorar sus formas, impregnarse de su fuerza. Abrió el baúl con la llave celosamente guardada entre sus ampulosos pechos de aguacate. Extrajo primero la bella y fornida cabeza,  envuelta en papel de aluminio, colocándola sobre la mullida almohada. Continuó con el torso enorme, los brazos musculosos, las piernas luengas con el vientre liso unido a ellas. Lo situó  todo sobre la cama formando un sólido y bien enlazado cuerpo. Sus ojos vibraron al observar su obra durante dilatados y silenciosos minutos.

El negro y corpulento Nelson yacía troceado a su lado, sobre las blancas e inmaculadas sábanas.

Abrió la ventana y llamó, en un silencio ancestral, al viento mágico de sus ruegos. Suspiró los nombres de Olofin, de Olorun, al mar añejo, al cielo color cobalto. Gladys encendió cuatro velas negras y derramó caracoles vacíos alrededor de la cama. Sus plegarias a Yemaya, a Ochun, a Chango, se entrelazaban en un ritual santero con sonidos de marimba.

Se desnudó con lentitud saboreando con toda su sensualidad la piel melosa con chocolate fundido. Sus labios se posaron sobre aquella inerte y lujuriosa frente y derramó dos saladas lágrimas sobre las mejillas del negro Nelson.

La luna observaba extrañada el ritual iluminando la habitación con una estela inquieta. Gladys sacó del fondo del baúl el tarro con el líquido rojo. Untó el cuerpo inerte de Nelson con aquella pócima y comenzó a mover, con espasmos férvidos,  su cabeza de Yyalocha posesa. Los Orishas revoloteaban por la habitación derramando fuego bajo una luz  carmínea.

Los trozos de poderosa carne adquirieron lentamente color uniéndose lentamente con el estrépito de los mares de su interior. Gladys danzaba posesa y arrogante por la habitación en un ritual alocado, sensualmente paroxial.

Cabeza, tronco y extremidades formaron un solo y poderoso ser. El negro Nelson, bello en su altura de un metro noventa centímetros, intenso en sus cerca de noventa kilos de musculatura fornida, renacía glorioso en un cuerpo uniforme.

Gladys sonrió y se arrodilló frente a él. Sopló sobre sus ojos apagados y atrapó el sabor de su aliento.

Sus ojos se abrían de nuevo. Una noche más, su enamorado regresaba a su lado. Nelson despertó del sueño profundo con el deseo hinchado sobre su cuerpo. Desaparecieron las tinieblas y con naturalidad fogosa, Gladys acarició sus extrañados cabellos, sus pechos de miel oscura, su vientre de caramelo, su fuego más profundo. Ella se dejó amar por aquel cuerpo desnudo. Por aquel renacido espíritu fruto del más voraz de los deseos.

Se amaron intensamente bajo la luz de una luna destellante en un silencio ensordecedor.  Bebiéndose entre sí en una larga y fría noche.

Los primeros rayos de sol se mostraron tenues sobre sus carnes. El encantamiento se apagaba lentamente. Nelson volvió a ser un amasijo uniforme de carne pétrea. Era el momento. Gladys cerró sus ojos saciados y comenzó a envolver con meticulosidad religiosa el fruto de su pasión nocturna. El poderoso Nelson yacía troceado de nuevo en el fondo del baúl.

Un sol enfriado acarició su piel. Gladys continuaba desnuda observando el brillo especial de sus ojos broncíneos. Una nueva jornada doméstica despertaba en las agujas del reloj. Una nueva jornada que lentamente arrugaría su visión. No importaba. Las largas noches del caribe amanecerían en su habitación caliente haciendo frente a un frío de sierra madrileña insulso y atormentado. La añeja luz del amor renacería una vez más en sus ojos. Sobre su cuerpo ardiente. Como cada noche.

  


Doña Amalia


Doña Amalia había pasado de la radio de Elena Francis a los culebrones venezolanos de televisión, para terminar sus horas muertas en Internet. Hacía cinco años que había enviudado y su nieto Alberto, fue el encargado de hacerla partícipe de la nueva era cibernética. Al principio, se negó en redondo. Lo veía demasiado complicado para sus setenta y dos años. Pero su nieto no cejó en su empeño. Ella aprendió rápido. Sus años de mecanógrafa en un ministerio le vinieron bien. Y comenzó a gustarle. Se compró una tarifa plana y cuándo el reloj marcaba las seis en punto, ella encendía el ordenador. Algunas tardes chateaba con su nieto que vivía a dos manzanas de ella, otras visitaba museos virtuales, además leía la prensa y viajaba a paraísos tropicales. Cierta tarde, encontró la dirección de un chat erótico en un anuncio. Pinchó en el por curiosidad. Un nombre de usuario. Un nick. Necesitaba encontrar un nombre sugestivo y atractivo.

Pensó en la protagonista de una telenovela y entró. Le pareció frío, aburrido y bastante grosero. Pero regresó al día siguiente. El nombre de Gissela atraía bastante. Al principio, no sabía que escribir y se dejaba llevar. Poco a poco le cogió el gustillo. Jovencitos imberbes, solitarios, maduros incomprendidos, caballeros explosivos, babosos impenitentes. Gissela, poco a poco, tarde a tarde, fue convirtiéndose en la chica más solicitada del chat erótico. Su descripción de miel atraía a todo tipo de mosca: veinticinco años, rubia de abundantes pechos, con buen culo y con mucho azúcar para endulzar la vida. Sí, doña Amalia a sus setenta y dos años sabía cómo tratarlos.

Poco a poco, aquel juego se convirtió en su gran pasatiempo. Se tomaba a las 5:30 su café con magdalenas y a las seis, mientras entraba en el chat, se servía una copita de anís. A las ocho en punto -sin conmiseración alguna- cerraba las ventanas y apagaba el ordenador. Era hora de preparar la cena.

Dña Amalia-Gissela alcanzó tanto éxito que, una clientela de unos cuarenta hombres –y alguna mujer- se peleaban por sentir el teclear de aquellas frases que tanto deseaban leer: " Hoy vas a encontrar en mí a toda una mujer " " Hoy voy a darte lo mejor de mí " " Quiero hacerte feliz hasta agotarte" " Mi cuerpo quema al sentir tus dedos" " Voy a calentarte hasta que sudes extenuado". Sí, era muy buena en el cibersexo. Algo clásica tal vez, pero de ahí,  su tórrido éxito.

Los internautas estaban muy solos y ella hacía la buena obra de caridad diaria. No había nada ruin en dar amor, en hacer feliz a aquellos seres que soñaban con una sensual y atractiva Gissela. No, ella no podía negarse. Tenía que dar tanto amor como era capaz de producir su corazón. El único problema era cuando le solicitaban fotos, cuando alguien se enganchaba en exceso a sus palabras. Le dolía, pero lograba hacerlos desaparecer. Alguna vez tuvo que cambiar de nick. Gissela se convirtió en Jennifer, Jennifer en Agatha, Agatha en Sheila.

Aquella tarde, tras rezar su novena a San Eustaquio y prepararse su copita de anís, encendió el ordenador. Eran las seis en punto. Doña Amalia entró en el chat con el nombre de Victoria. A los dos minutos ya tenía alguien acelerado a sus pies. Siempre le gustaba averiguar datos de aquellos pobres diablos (incluso tenía una pequeña agenda donde anotaba cualidades de sus ya conocidos amigos de chat) insaciables.

Entre..." Tengo mis pechos desnudos dispuestos para ti " y un... " Déjame que saboree hasta hacerte desmayar ese trozo enorme de carne que tienes entre las piernas", ella iba sacándoles datos, curiosidades personales.

Aquella tarde, supo con certeza que aquél joven -que decía ser estudiante de medicina, jugador de tenis y con dos minúsculas pecas en su pene- era su nieto Alberto. El mismo que le había descubierto los misterios de Internet. Esa noche no pudo dormir. Los remordimientos creaban sombras en las paredes de su cerebro. En el amanecer intranquilo, se juró a si misma no volver a entrar. No volver a jugar en aquel infernal círculo de amor.

Regresó quince días después bajo el seudónimo de Amatista.

 

Déjame escuchar a Frank Sinatra


 

Siempre lo odiaste. A Frank Sinatra. Quizás porque me gustaba. Siempre ha sido así. Odiar todo aquello que me daba placer. Era tal el desprecio que me ofrecías, que me anulaste durante los veinte y pico años que estuvimos casados. Ni siquiera quiero recordar la fecha exacta. Digamos que me casé por amor. Hasta que descubrí que ese amor, traía espinas y mal aliento. No tardé demasiado en darme cuenta. Unos meses quizás. Siempre el dinero. El asqueroso dinero. Por él, accediste a seguir sembrando un futuro estéril a mí lado. Ni vomitabas cada vez que hacíamos el amor. Por el maldito dinero.

Eras el mejor bailarín de las verbenas de los sábados. El más deseado. Eras tan atractivo. Como uno de esos actores que nos ofrecían en la plaza mayor –sobre una sábana- los sueños en blanco y negro. Decían que te parecías a Errol Flynn. No lo sé. Para mí eras el deseo inalcanzable. Tenías veintidós años y atrás habías dejado ya a las más bellas mujeres del pueblo. Alguna tuvo que abortar el fruto de tu siembra con viejas recetas de abuela. Por eso, todo el mundo se sorprendió que me sacases a bailar aquel verano del 67. Yo no era demasiada agraciada en lo físico. Bajita, enclenque, con los ojos un poco saltones y pecosa. Eso sí, tenía otros valores. El dinero y las tierras de Papá. Me enamoré locamente de ti, de tu forma de hablar, de tu mirada. Bailar pegada a tu cuerpo era volar hacia un paraíso con luciérnagas en las estrellas. Adoraba tu porte, tu físico endurecido, tus besos. Y las cosas tan bellas que me decías. Nunca las había escuchado tan cerca y dedicadas a mí.

Las reticencias de Papá no las escuché. Ni las de mis hermanos y hermanas. Todo lo convertiste en agua de miel en aquellos meses de amor caliente con cartas de deseo. Teníamos el futuro en granos de oro sobre nuestras manos, decías. Nos casamos aquella primavera fría y otoñal. Apenas unos meses después de que me sacaras a bailar la primera vez. No, no lo niego, fui feliz. Inmensamente feliz. Al menos hasta que me diste el primer bofetón. Papá no quiso emplearte en su empresa y tú me culpaste de ello. Pero tuviste la gran idea: irnos del pueblo. La capital nos esperaba. Allí reconocerían tu valía. Malvivimos mientras te pasabas el día entero en los bares. Aún desconozco como Papá pudo enterarse de nuestra precaria situación. Viviendo en un barrio marginal, sin apenas muebles, pasando hambre y lo peor de todo, sin  amor. Conseguiste el empleo en el Banco por mediación de Papá. Sí, todo cambió. Volviste a ser durante una temporada el amor de aquellos bailes de verbena con farolillos y guirnaldas.

Y nació Alberto, nuestro único hijo. Nunca te gustaron los niños. Y el nuestro, con síndrome de Down, mucho menos. Fue una maldición. Y me maldijiste una y mil veces culpándome de todo. Quise huir mientras seguías poniéndome la mano encima por cualquier nimio detalle. Yo era la única responsable de aquella catástrofe. Carlos murió de unas fiebres a los tres años de su nacimiento. No dejaste caer ni una lágrima por su perdida. Supongo que fue una liberación para ti. Al igual que encontrar a tu primera amante.

Eras un seductor y en casa poco tenías ya que seducir. En el Banco ganabas lo suficiente para permitirte tener caprichos. Sé que tuviste un hijo sano y bello con una de ellas. La segunda, tengo entendido. Aún desconozco a ese hijo tuyo. No sé si me gustaría conocerlo. Seguramente no.

Nos acostumbramos a vivir sin mirarnos a los ojos. Sin cruzar nuestros cuerpos entre las sábanas de la amplia cama. Me convertiste en un mueble más de aquella casa que engrandecías con lujos. Empezaste a ser un buen negociador con ayuda de tu  privilegiado puesto en el banco y creaste empresas de dudosa ética. Pero el dinero crecía en tus bolsillos como árboles con raíces bien regadas.

Hoy vivimos en un chalet adosado con piscina y mujer que me ayuda en casa. Una colombiana que, seguramente, ha dormido en nuestra cama saboreando tu cuerpo aún gallardo, como otras tantas. No te importaba que yo descubriese en cualquier lugar de la casa ropa íntima, perfumada y cara, de mujer con prisas. Yo era la gorda asquerosa que soportabas y a la que golpeabas en tus regresos de copas satisfechas. Papá murió dejándote sin un centavo. Ya no te hacía falta. Tus empresas crecían como hongos de putrefacción con amplios beneficios. De ellos se enriquecían tus queridas y ese hijo tuyo que, incluso, llegaste a enviar a un colegio inglés. El hijo que siempre me negaste tras el dolor de Alberto.

Fue el martes en el club de la urbanización. Merendaba con Elena, mi mejor amiga y a la que intentaste seducir hasta que te enteraste que era lesbiana y pasaba mucho de tus calzoncillos de marca americana, cuando apareció aquel joven alto, atractivo y con aire de estudiante tímido escondiendo la mirada bajo unas gafas de sol. Se quedó allí plantado y su voz un tanto apergaminada dejó escapar mi nombre. Sí, yo era Luisa. Se quitó las gafas de sol y el corazón se me despegó del cuerpo. Eran sus mismos ojos. Los ojos de Eliseo, mi esposo. Te reconocí y no supe que hacer. Elena se alejó alegando llegar tarde a ningún sitio y tú me cogiste de la mano.

Eras él con veintidós años. Dulce, cándido, amable, ardiente. Me contaste tu vida mientras bebías un sorbete de limón y acariciabas mis manos. Tu madre había muerto en el más brutal y silencioso de los silencios. Él ni siquiera presenció el entierro. Y tú estabas en un Oxford repleto de libros. Ahora volvías y querías conocerme. La mujer de tu padre. La esposa fiel y turbada. Fue imposible no volverme a enamorar de aquellos mismos ojos verdes claro, limpios y listos. Caí en tus brazos vengándome del frío útero que renacía bajo tus caderas sensuales. Nunca te pregunté por qué lo hiciste. Hablabas de amor, de deseo, de miedo. Pero allí estabas casi todas las tardes mientras yo te buscaba un piso céntrico y soleado. Nuestro nido de amor. Te presenté a Elena y ella compartió nuestros sueños con granizados de limón.

No importaba que fueras quince años menor que yo ¡Al carajo los convencionalismos! Me estabas volviendo a la vida, atándome a tu ilusión, haciendo crecer los sueños de nata bajo mis pies. Y me dejabas escuchar a Frank Sinatra con sus lunas azules en el invierno crecido.

Él no imaginaba ni tu existencia. Le odiabas. Por el maltrato que también provocó en tu madre, por la soledad en una Inglaterra de lágrimas en los libros abiertos y por mi cuerpo sin corazón. Habías llegado con un único fin. Al final, siempre al final, descubría las cosas. No vivirías en paz hasta conseguirlo, me decías, mientras acariciaba tu pecho abierto a mis besos. Quise callarte, amordazarte a mi cuerpo con tal de que olvidaras. No era el camino a seguir, te repetía una y mil veces. Pero tú orinabas venganza en la noche mientras la luna amordazaba nuestro desconsuelo.

Lo tenías todo bien estudiado. Era un plan perfecto. Simular un robo, un disparo y Eliseo caería en el infierno. Su lugar, decías. Me convenciste. Quise creer en ti. En mi  estómago las tripas sonreían y aplaudían la idea. Matar a aquella rata inmunda y limpiar la vida de todos sus sucios recuerdos.

El disparo le atravesó el corazón mientras dormía. No sufrió. Terminada la sesión de cine regresé a casa, tras dejar a Elena en la suya. La policía me esperaba. Los vecinos habían oído el disparo. La chica de la casa estaba de vacaciones en su Colombia natal. Tuviste un entierro tan digno que tuve que ausentarme a los lavabos para vomitar. Hasta la prensa se hizo eco de mi dolor por tu pérdida. Un robo que había sesgado un futuro brillante en el mundo de los negocios. Aquella misma noche, abrí una botella de champagne francés y me la bebí en múltiples brindis de felicidad. Frank Sinatra me acompañó durante toda la noche.

Pasaron cinco meses hasta que regresaste. Te habías resguardado en tu Oxford querido de cualquier pregunta. Tus ojos en los libros. Ni una llamada. Lloré tu silencio con gritos. Pero de nuevo te tenía allí, en la terraza del club bebiendo el sorbete de limón.

Al atardecer, nuestros sexos se encontraron risueños bajo una pasión de adolescentes mientras la sombra de una tibia lluvia mojaba los cristales de las ventanas. Me dejaste escuchar una vez más a Frank Sinatra mientras yo respiraba a través de los poros de tu piel. Te lo hice prometer: déjame siempre escuchar a Frank Sinatra. Sonreíste y entraste en lo más profundo de mí cuerpo una vez más para quedarte definitivamente.

 


Noche de Reyes


 

Este año Ángela únicamente había pedido dos cosas a los Reyes Magos: un juego de vídeo consola en que, un ejército de aguerridas mujeres, tenían que luchar contra monstruos en una ciudad futurista. La otra, un juego de cartas del Tarot. Ya estaba harta que su prima Eva le echara las cartas y siempre le saliese que contraería matrimonio con un viejo con mucho dinero. En esta ocasión, ella se crearía su propio futuro.

Tras ver la cabalgata junto a su madre por televisión, bostezó. Se acercó al mueble del comedor y buscó la caja de cerillas. Encendió de nuevo la vela bajo el retrato sonriente de su papá,  que se había apagado como su vida. Ángela decidió dormirse. Apoyó la cabeza sobre el regazo caliente de su madre e intentó no pensar en nada. Cayendo por la pendiente del sueño,  se encontró con aquel rubio actor tan guapo que comenzaba a besarla con una suave delicadeza en un paraje de mar con palmeras y fina arena.

Notó como su madre le hablaba en susurros sobre dormir en la cama y al rato, notó el suave tacto de las sábanas. El actor le estaba prometiendo en aquellos instantes un amor sin fin sobre un lecho con olor a limón.

Se despertó por los ruidos. La luz del pasillo se colaba bajo la rendija de la puerta. Buscó las zapatillas y abrió con misterio la puerta de la habitación. Allí estaba aquel negro imponente, tan alto y grande como el gigante de aquella película de dibujos animados. Sonrió. Al menos Baltasar se había acordado de ella. El Rey Mago lucía una esplendorosa capa brillante bajo una camisa dorada y unos pantalones bombachos de seda azulada. Coronaba su cabeza un turbante a manera de gorro con rubíes sobre la tela bañada en purpurina. Procurando no hacer ruido, avanzó por el largo pasillo.

Su madre estaba de pie en el comedor con una copa de vino en la mano. Baltasar se acercó a ella y besó sus labios. Ángela observó que no portaba ningún paquete. Quizás aún estuviera en las alforjas del camello allí abajo, en la calle en silencio. Ángela se acomodó tras la puerta intentando proteger su anonimato. A sus trece años era la primera vez que veía a los Reyes Magos en su casa. Bueno, a uno de ellos, al menos. Y su Rey preferido. Era su noche de suerte, sin duda alguna. Además debía conocer muy bien a su madre ya que se estaban besando como ella hacía con su actor preferido en sus sueños. Sintió escalofríos bajo el lívido pijama. Por la ventana semiabierta de la otra habitación se colaba un frío de enero con escarcha.

El Rey Mago continuaba besando con inmenso deseo a su madre. Aquello le extrañó un poco. Tenían que ser muy buenos amigos. Ángela pensó que los buenos amigos siempre se querían mucho. Aunque ver como comenzaba a desnudar a su madre, ya le pareció demasiado raro. Intentó cerrar los ojos pero la curiosidad abofeteaba sus ojos.

Baltasar se despojó de sus ropajes arborescentes y atrajo a su madre hacia él. Observó su culo glorioso y brillante, la espalda inmensa y sus brazos musculados. Su madre se tumbó sobre la alfombra sonriendo y estiró sus brazos intentado abrazarlo.

Mientras Ángela se comía con nerviosismo las uñas, el Rey Mago se movía con espasmos sobre el cuerpo de su madre mientras ésta, no dejaba de gruñir y lanzar grititos entrecortados.

Ángela quiso volver a la cama. No sabía porqué pero las lágrimas le nublaban la vista.

Retrocedió y buscó la luz del pasillo. Dudó y se dirigió hacia la ventana. Colocó una silla frente a la ventana intentando hacer el mínimo ruido posible y se subió a ella. Ahora podía ver la calle. En la soledad de la noche intentó descubrir la silueta del camello. Tan sólo vio a dos borrachos que cantaban alegres mientras le daban patadas a una lata. La vela bajo el retrato

 


Pacientemente

  Con ese palo aceitoso, grabas su nombre en la arena de la playa, y esperas pacientemente a que el agua borre su nombre. Tan pacientemente ...