Tañen las campanas despertando a los pájaros que dormitan en su siesta. Suenan agrias, rabiosas, en el silencio del pueblo. El sol hace sudar las paredes de las casas, los adoquines de las calles, el agua de la fuente, en esa plaza mayor que espera en silencio acontecimientos. En las casas hay ajetreo, se mueven las persianas bajadas en esa siesta con perros ladrando. Hay ojos olfateando ese silencio que retumba por el pueblo.
Tan sólo el pequeño Claudio -el hijo de Emilia, la hornera- ha conseguido sentarse en su puerta jugueteando con su lagartija. Metida en una caja de zapatos, la acaricia con la suavidad de su sudada mano. Él, es el primero en ver la furgoneta. Aparca en una esquina de la plaza buscando una sombra inexistente. De ella, descienden ocho o nueve mujeres. Quizás diez. A Claudio no le da tiempo contarlas. Hace ademán de levantarse, pero el sol le empuja a su asiento. Las mujeres visten de negro riguroso. Con peineta y mantilla, trajes de verano en negro brillante, guantes largos de encaje y zapatos cuyos tacones muerden ampollas en los pies.
Una de ellas, se acerca a Claudio. Le pregunta por la casa de Leoncio Vidal. No tiene pérdida, la tienen enfrente, a la izquierda de la fuente. Mientras le da las gracias y le acaricia sonriendo el cabello, se dirige hacia la casa. El resto de mujeres la siguen. Antes de tocar en la enorme puerta comienzan a llorar y a moquear en sus pañuelos negros con puntillas. El llanto levanta las persianas y calienta las bocas. Las plañideras entran en la casa. En el reloj de la iglesia suena un cuarto. Las cuatro y cuarto caen al suelo derretido por los cuarenta grados que escupe ese sol hambriento.
De la iglesia sale el párroco sudando y
atolondrado junto a dos chavales ataviados de monaguillos portando una cruz dorada.
Claudio los observa y sonríe: El Sebas y el Agus. Buena tarde les espera
-piensa- mientras les lanza una piedra y se mofa de ellos con muecas y el dedo
índice levantado. Don Néstor, no puede andar más ligero. Los kilos lo ahogan y
tiene que secarse la frente calva con un pañuelo amarillento. Frente a la casa,
escucha una ristra de murmullos y sollozos que deambulan como gatos perdidos
por cada rincón de la vieja mansión.
La
lagartija quiere salir de la caja de zapatos. Claudio se enfada y se lo impide.
El sol ciega sus ojos y apenas distingue la comitiva de coches negros que
resbalan en un torpe baile, en los adoquines de la plaza. Seis, ocho, doce. Se
cansa al llegar a veinte. Y dos furgonetas más. Los músicos, descienden de
ellas con evidentes signos de asfixia. Buscan desesperados el agua caliente de
la fuente. Claudio no había visto tanta gente junta ni en la verbena de las
fiestas del Patrón. Ni tanto traje negro. Ellos y ellas. Todos se acercan a la
casa. Matrimonios engalanados para la ocasión y, en muchos casos, junto a sus
hijos adolescentes. Claudio los observa con atención. Los chavales son mayores
que él y… ¡Son todos rubios! Será el sol, piensa. Se frota los ojos que ya
gotean sudor en firma de lágrimas sobre su camiseta del Real Madrid.
Es
entonces cuando todo el pueblo -que ha estado esperando expectante, tras las
cortinas de las ventanas el momento oportuno – sale. Hombres y mujeres, con sus
trajes negros y azules, con boinas y sombreros, agotados por la calor y
maldiciendo aquella tarde agostada. Los abanicos resuenan con
fuerza buscando algún soplo de aire caliente. Las mujeres del pueblo se sitúan
tras la fuente en un corrillo de cuchicheos mojados. Ellos, fumando en
monosílabos, esperan.
Siguen
llegando coches que ya no pueden alcanzar la plaza. Se apilan como pueden en
las calles adyacentes. Suenan los tacones afilados de ellas y los zapatos de
charol de ellos. Alguna pamela hace sombra a las moscas que comienzan a
sospechar que se acerca el momento.
Claudio
entra en su casa. Deja la caja de zapatos con la lagartija en la mesa del
comedor y busca un polo de fresa en el congelador del frigorífico. Mientras lo
lame con goloso deseo, vuelve al escalón de su puerta. Nunca había visto algo
semejante. No puede perderse ningún detalle. No se lo perdonaría. Tanto niño
rubio, le mosquea. Nunca ha visto a D. Leoncio. Ni a Fuensanta. La hija del
alcalde que se casó con el terrateniente del pueblo. Aún no había nacido
cuando, tras casarse, se marcharon a Madrid.
Los
músicos se colocan en formación.
Suena
la música acalorada, triste, vetusta. Por una de las entradas de la plaza llega
el coche fúnebre atiborrado de coronas de flores. Tras él, otros tres autos con
otro sinfín de coronas. Claudio no entiende el porqué de tantas flores si el
muerto no las va a ver.
El
párroco se acerca al coche fúnebre mientras los músicos desgranan una pieza
musical con sabor a sal.
Toda
la plaza se silencia al salir el ataúd caoba a hombros de ocho hombres
ataviados con uniformes militares. Claudio no sabe de dónde han salido. Y se
extraña de ello. Pensaba que lo tenía todo controlado por sus ojos.
El
ataúd entra en la casa con el sonido de una marcha fúnebre que se solapa con
los histéricos llantos y gritos de las plañideras. Hasta el sol se asusta y se
esconde tras una nube desorientada. El reloj del campanario bosteza las cinco
campanadas. Claudio vuelve a la cocina. Coge la nocilla y se prepara un bocata
a toda prisa. No quiere perderse nada más.
Entran
en casa tras el féretro. Los invitados y los más allegados del pueblo. Se oyen
gritos y una sonata de lamentos muy compungidos. La plaza sigue concurrida y es
entonces cuando Claudio los ve. Todos aquellos críos rubios, con alturas
similares y, según puede ver, con los ojos azules. Son idénticos. Gemelos como
Edelmiro y Salus. Los que van dos cursos por delante de él. Idénticos y sin ser
hermanos. Cosas del pueblo. Pero es que ahora son más. Intenta contarlos.
Siete, nueve, doce. Que el vea. Seguro que en la casa hay alguno más.
El
tiempo se detiene. Sale de la casa Fuensanta, la esposa del difunto. Sin
quitarse de la nariz el pañuelo mojado en lavanda, se acerca al grupo de niños
rubios. Los observa con un rictus de asco en la boca. Intenta decir algo, pero
vuelve a la casa. Todo el pueblo la oye gritar “¡Cabrón… hijo de puta!” Sus
hermanas e íntimas, atienden su desmayo. La abanican con fuerza. Necesita aire
y tomar algo fresco
Lo
ha decidido al recuperarse. Se vuelve a Madrid. No va a asistir a semejante
espectáculo. Que le traigan el coche enseguida. No piensa humillarse delante de
todos ni un minuto más. ¡Que se marche todo el mundo y que lo entierren como a
un miserable perro! ¡Ni música ni leches! Ni un lloro más.
Sus
dos hermanas piden que recapacite, pero no pueden hacerse con su voluntad. Coge
el bolso y se quita con toda su rabia el velo y los guantes negros. Tras ellos,
el vestido de encaje negro. Busca unos pantalones vaqueros y las zapatillas
deportivas blancas. Arroja con violencia toda su vestimenta a un rincón del
dormitorio. Todo el pueblo la ve montarse en el coche en un silencio que
amodorra más aún a los pájaros. También ellos, desde los tejados, no saben a
qué atenerse. El chófer pone en marcha el vehículo de Fuensanta y abandona la
plaza. No se mueve un alma, pero los murmullos vuelan por todo el lugar
apesadumbrados. Nadie sabe qué hacer. Pero no pueden moverse.
Media
hora más tarde, sale el féretro acompañado por el párroco, los monaguillos, las
hermanas de Fuensanta y demás familia. Los músicos acallan con su sonora marcha
todos los comentarios. A ellos, se une todo el pueblo y los bienvenidos de
todas partes del país. Los niños rubios intentan no acercarse entre sí. Van
cogidos de la mano de sus padres. El camino al cementerio huele a jara, retama
y romero.
Claudio muerde el último trozo de pan untado con nocilla. Sus padres marchan en el cortejo fúnebre. El comienza a andar, dándole patadas a las piedras que se cruzan en el camino polvoriento, mientras intenta que sus ojos no lloren más por el impertérrito sol. Al entrar en la calle Estrecha ve el pilón y no duda en meter la cabeza en el agua y quedarse quieto unos minutos. Lo piensa mejor. ¡Qué más da! Se quita los pantalones cortos y se zambulle en el agua riendo feliz. A lo lejos, escucha esa música tan triste.











