La encrucijada


 

Apagó la aspiradora y se quedó mirando la ventana. El sol ya iluminaba la estancia con toda su luz y hacía bailar las motas de polvo que jugueteaban por el comedor. Encendió un cigarrillo y fue hacía la cocina. La olla ya hervía con alborozo unos sabrosos trozos de chorizo junto a una cebolla que había dejado de llorar y unos garbanzos que suplicaban perdón. El vapor del potaje se incrustaba pálido por todos los rincones de la pequeña estancia. Se sentó fijando sus ojos en la lavadora.  Mirando embobada como giraba y giraba el tambor. Esta vez, no había escapes. La ceniza del cigarrillo cayó en la bata, sobre su regazo. No se dio cuenta. Continuaba mirando ensimismada la lavadora. Tenía la boca seca. 

Miró los estantes. Tras la lata de colacao, donde guardaba las lentejas, estaba la botella de ron. Encima de la lavadora, la botella de lejía.  Miró ambas con desgana. Con dudas. Siempre la misma abulia. Seguir o terminar de una vez con todo. Cogió un vaso y se sirvió un buen trago de ron. Tal vez la lejía y el ron hiciesen una buena mezcla. En la radio del comedor sonaba una copla de Radio Olé: “La Zarzamora” por Lola Flores. 

El ron entró ardiendo en su garganta. Apagó el cigarrillo y miró el hervir del potaje. ¡Bien se lo comería su hijo Luis, que en paz descanse! pensó. Y de buena gana le llevaría un táper a Felipe. El pobre, ¡A saber que porquerías comería en la cárcel! Juanito Valderrama -desde la emisora de radio- le animó a darle otro trago al ron. La lavadora comenzó a centrifugar haciendo temblar el deslucido suelo de la cocina. Cogió la botella de ron y se echó otro trago. No, no había tenido suerte en la vida. Dos hijos, uno muerto por sobredosis de heroína y el otro en la cárcel por trapicheo con la coca. Así era la vida. Y su marido, por esas carreteras de Dios, llevando verduras congeladas. El ruido de la lavadora cesó de repente y ella se despertó sobresaltada de sus pensamientos. Sin dejar el vaso de ron volvió al comedor. 

Las motas de polvo danzaban alegres a través de la ventana animadas por el rudo sol. Encendió la aspiradora y continuó borrando el polvo amargo de su vida. En la radio, cantaba Marifé de Triana “Encrucijada”

 

 


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