La bombilla del rellano de la puerta aparecía fundida. Intentó colocar la llave en la cerradura sin apenas éxito. Buscó en su bolso un encendedor, pero se quedó paralizada por aquel olor. Un inconfundible olor corporal atravesó su pituitaria depositando recuerdos dañinos. Supo quién era. No había duda. Sus manos apretaron su garganta mientras una fría hoja de navaja pinchaba su estómago. No hizo falta que hablara. Era él.
Paralizada por el miedo apenas pudo mantenerse en pie. Él le quitó las llaves, abrió la puerta y la empujó con violencia hacia el interior de la vivienda. Apenas podía respirar. Su olor continuaba provocándole nauseas.
-¡A la habitación, puta! Aún no había podido ver sus ojos sanguíneos pero, su voz ronca, embriagada, resonaba con violencia en sus oídos. Empujándola y sin dejar de pinchar su estómago con la navaja, atravesaron el largo pasillo hasta llegar a la habitación. El mismo lugar donde tantas veces se habían amado envueltos en sábanas con un futuro de seda dibujado en su estampado de flores. Un futuro que lentamente se había evaporado ante la intransigencia y su carácter violento.
Hacía cuatro meses que habían roto una relación de dos años. Ella se despojó de sus miedos y colocó la vida fuera de su alcance. Quería comenzar un nuevo presente sin sentir aquel olor. Pero ahora, de nuevo, estaba allí. En la misma habitación de paredes ocres, en la misma cama.
Colocó con violencia su cuerpo sobre el colchón mullido y acarició su cara. Ella sudaba frías gotas temblorosas.
La sonrisa alcoholizada de él sobre el rostro desencajado avivó, en mayor medida, su inquietud.
-¡Cállate zorra. Ahora vas a saber lo que es bueno. Puta, que eres una puta!.
Sus ojos se dilataban buscando alguna solución que su mente bloqueada no mostraba. Cerró los ojos mientras él ataba sus manos a la cabecera de la cama. Comenzó a llorar. Aquello no tenía sentido. La frustración se acomodó sobre su vientre provocándole espasmos. Ella suplicaba mientras él violentaba la camisa blanquecina haciéndola añicos. Los pies los sintió también atados, aprisionados en un dolor rabioso. La navaja cortó las gomas del sujetador. Sus senos añorados quedaron al descubierto. Lo mismo ocurrió con su falda beige y con sus bragas azuladas.
En apenas unos segundos, su nauseabundo y penetrante olor inundó los poros de su cuerpo. Ella recibió el peso de su cuerpo, la violencia de aquel ser al que tanto había amado con anterioridad. Fue penetrada con el mayor de los odios posibles. Con sádica y vómica arrogancia.
Ya nada importaba. Carlos había conseguido humillarla hasta la más recóndita de sus células. Ya ni siquiera lloraba. Esta vez él, había ganado su cuerpo. De nuevo era suya. Su sierva angustiada.
Arremetió contra ella golpeándole la cara sin fisuras, sin pudor. Ni siquiera le dolieron los golpes. La sangre se deslizaba desde su nariz. La sangre vomitaba dolor desde su vagina maltrecha.
Abandonó la habitación. Ella abrió los ojos cegados en lágrimas. Miró su imagen reflejada en el espejo del armario situado frente a la cama. Vomitó ladeando la cabeza. La música llegó con la misma violencia que su olor. La música abrupta de un cantante de rap. Carlos regresó con poderosa acritud en la habitación. Con la misma acritud que su sonrisa demoníaca.
-¿Recuerdas, puta, cuántas veces hemos follado con esta canción? Te ponía, ¿verdad zorra?
De nuevo su cuerpo sobre ella. Una nueva arremetida contra su fragilidad. De nuevo su vagina saturada y golpeada con violencia. La música guiaba el compás de sus movimientos dentro de ella. Su apestoso olor penetraba sus huecos más recónditos.
Se recostó a su lado mientras depositaba la navaja helada entre sus senos apuntando hacia su garganta. Ella apenas sentía ya dolor. Tan sólo deseaba evaporarse, huir, pero él, continuaba a su lado, encendiendo un cigarrillo de apestoso olor.
Comenzó a insultarla cada vez con mayor énfasis. La rudeza de sus manos golpeaba de nuevo su cara amoratada. Los paraísos habían desaparecido de su memoria. Intentaba sumergirse en ellos. Escapar de la pesadilla. Era imposible.
Se quedó profundamente dormido a su lado, mientras ella se hundía en la más mísera de las percepciones. Su cuerpo adolorado gritaba lamentos enfurecidos y ella no podía calmarlos. Intentó moverse. Desprenderse de las cuerdas que la inmovilizaban. Alcanzó tras un esfuerzo inhumano la navaja con la boca y arremetió sin demasiada convicción sobre sus manos atadas. Los ronquidos de él se ahogaban en la penumbra de la habitación. Sus manos quedaron libres tras el inmenso esfuerzo. Vio la sangre desparramarse con violencia sobre las sábanas.
Ni siquiera gritó. Las puñaladas caían sobre su cuerpo dormido con la misma dureza con que ella había sido tratada. No hubo piedad en sus movimientos. Él no pudo abrir los ojos. La sangre de ambos recorría los pliegues de la sábana arrugada. Una sábana con un estampado de flores.

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