El niño que comía hormigas


 

Se las comía a pares, a puñados. Con ansia. Tal era su afán o su delirio que, con el tiempo, llegó a crear todo un arte culinario con ellas. Bocadillos, cremas, tortillas de patata, estofados de carne, arroces, postres y hasta un sinfín de recetas en las que saborear su rico manjar. Lo recuerda muy bien. 

Todo comenzó en sus visitas dominicales al adosado en el que vivían sus abuelos. El jardín era su edén. Allí, tumbado sobre la hierba o en las losetas, se pasaba horas y horas observándolas. Viéndolas ir y venir, en su ajetreado deambular, y disfrutando al ver como comían las migajas de pan que él les regalaba. La primera vez que se comió una estaba muerta. Curiosidad. Dejó que sus dedos depositarán aquella hormiga en su boca. No le disgustó su sabor. Dulce y agrio, quizás. Probó la segunda y ya no pudo parar. Vivas o muertas. Poco le importaba. Las masticaba con cuidado y su estómago no se resentía. Incluso le daban más hambre. 

Sus padres no descubrieron su secreto hasta su primera indigestión. Tendría 4 o 5 años. Acabó en urgencias. En las radiografías, aparecía su estómago atiborrado de miles y miles de hormigas. Muchas de ellas, flotando en un líquido verdoso que expulsaba en un rabioso desenlace en forma de heces. De nada sirvieron los gritos, los castigos, las duras advertencias de sus padres si seguía en esa senda. Se terminaron las visitas al jardín de los afectados abuelos. De ahí al psicólogo, tan sólo hubo un paso.

Poco le importó. Sus “amigas” aparecían en parques, calles, en múltiples rincones de la ciudad. Escondrijos que él, estudió meticulosamente hasta conocer sus más mínimos detalles. No podía reprimirse. Seguía comiéndolas por cientos, miles. Vomitaba en silencio algunas veces. No quería volver a ser amonestado por la furia de sus padres.

Su segundo ingreso en urgencias fue el día de su primera comunión. Ni los pasteles de crema y nata, ni la tarta de chocolate de tres pisos, le hicieron tanta sensación. Descubrió su oasis en el enorme patio del restaurante en el que celebraron el festejo. Un sol plomizo las abrazaba. Mientras los demás niños jugaban con una pelota o disfrutaban de los columpios o toboganes, él se dedicó a su banquete preferido. No dejo ni una. Tirado en el suelo con su impoluto traje blanco de marinero de gala, le arrebato a la naturaleza un buen millar de ellas. En el hospital, lavaron su estómago con fruición. Fue la sensación de la sala y de medio hospital. No se hablaba de otra cosa entre médicos y enfermeras. El niño que comía hormigas estaba en boca de todos y todas. Su madre a punto estuvo de sufrir un pasmo y su padre, andaba por los pasillos cabizbajo avergonzado. Había que acabar de una vez por todas con aquella sinrazón, meditaba traspuesto.

Su primera novia lo dejó por imposible. No podía soportar aquella malsana manía. Mucho menos tras descubrir un hormiguero en la cama en la que frotaban su amor, su pasión. No pudo hacer nada por retenerla y estaba locamente enamorado de ella. Tendría que andarse con más cuidado en un futuro. Y en ese futuro creció trabajando en la sucursal de un banco, casándose con aquella joven pelirroja de prominentes pechos y verborrea imparable, y trayendo a su mundo dos críos sin ninguna afición por las hormigas. Tampoco sus nietos se dejaron llevar por tal vocación. A sus 59 años y tras separarse de su mujer construyó en su casa, un amago de hormiguero. Se pasaba las horas muertas viendo el trajín de aquellos seres. Aunque para comérselas, prefería salir al jardín. O ir al campo. Los médicos le avisaron: de seguir con su manía, sufriría algún día un grave percance. Después de tantos años, poco le importo.

Siempre recordará aquel día. Ya se había jubilado, y mientras tomaba el sol sentado en el banco de su parque preferido, frente a la fuente de dos querubines de bronce, la descubrió. Fue la primera vez que vio una y la alcanzó como si de un tesoro se tratase. Se guardo la hormiga reina en el bolsillo de su chaqueta envuelta en un trozo de periódico. En el hormiguero de su casa, sus obreras la recibieron con vítores frenéticos en una fiesta que duró varias jornadas. Un hormiguero no podía estar sin su reina. Y él, tampoco.

Sus hijos lo encontraron frente al hormiguero, en su butaca. Los ojos bien abiertos pero la muerte corriendo ya por sus venas. Marcos, su nieto mayor, fue el primero en percatarse. En los ojos del abuelo, había unos seres diminutos que se movían. Todos prestaron atención y si, las vieron. Las hormigas corrían dentro de sus ojos en un alocado nerviosismo.


El Carterista


 

Lucía un sol exaltado aquel domingo de primavera. Sonrió. Un día que prometía. No tardó en vestirse, en cobijar su cuerpo con el único traje de su armario. Un traje azul marino que siempre le ofrecía una imagen de respetabilidad y elegancia. Desayunó en el bar de Manuel y se dirigió hacia la Gran Vía en metro. Se fijó en aquellas dos señoras entradas ya en años con muchos recuerdos en las arrugas de sus cuellos y, tentado estuvo. Miró sus caros bolsos y sus dedos ya comenzaron a bailar nerviosos. Tuvo que alejarse de ellas para no caer en la tentación. Apenas había gente en el vagón del tren y la situación no era nada propicia. Bajó en la parada Gran Vía. No tenía prisa. Aún tuvo tiempo de tropezar con las dos señoras. Y no pudo reprimirse. No fue difícil sustraerle la cartera a una de ellas. La que no paraba de hablar y reírse con su amiga ajena todo lo que le rodeaban.

Ya en la calle, el sol cegó sus ojos. Se colocó las gafas negras y comenzó a caminar buscando promesas desvalidas. La pareja que paseaba aquel perro enano. Sus dedos hambrientos alcanzaron en un suspiro la cartera del pantalón de él. Llegó a la Puerta del Sol. Algunos de sus conocidos de oficio ya llevaban algunas horas trabajando la zona. La cartera de aquella joven de tacones altos y traje chaqueta de ejecutiva altiva, resbaló también en su bolsillo. Se dirigió hacia la Plaza Mayor. El móvil de la chica japonesa, la cartera de un pensionista que paseaba a su nieto detrás de unas palomas adormiladas, la pulsera de oro de aquella señora con un presumido y atildado caniche. Sobre la una de la tarde, entró en el Parque del Retiro. Un par de carteras más se alojaron en su chaqueta. Se sentó en su banco preferido. Alejado de los paseantes y cámaras, y comenzó a comerse el sándwich de queso y jamón que había comprado en la Plaza Mayor, junto a una lata de cerveza. Mientras mordisqueaba el sándwich, extrajo el contenido de todo el material sustraído. 

No, no se había dado nada mal la mañana. Abundaban los billetes, las tarjetas de crédito y los carnets personales -que arrojaba en la bolsa de una papelera- y un montón de boberías que la gente solía llevar en esas carteras brillantes. Eso sí, las estampas de santos y vírgenes que algunas personas solía colocar en ellas, las guardaba. Quizás por superstición, pero nunca se deshacía de ellas. Como los cupones de los ciegos o los décimos de lotería. Nunca se sabía si la suerte los acompañaba. Al regresar, el parque brillaba. Cientos de personas, de parejas, disfrutaban del lugar, paseando tranquilamente con las preocupaciones escondidas en los bolsillos. Sin demasiado esfuerzo, otras cinco o seis carteras. Se acercaba la hora de recogerse y descansar. Sin apresurar el paso y disfrutando de calor de la tarde, llegó a la Cafetería Hermes. Era su lugar preferido para tomar café y deleitarse con sus afamadas lionesas de chocolate. En los servicios, la curiosidad alborotó sus dedos. Abrió algunas de las carteras sustraídas. Una de ellas, de cuero marrón con pequeños ribetes rojos y azules y dos iniciales grabadas, llamó poderosamente su atención. Era realmente bella. Un lujo de cartera. No recuerda a quién se la sustrajo. Tal vez al señor de sombrero, de unos setenta años, que paseaba tranquilamente con su oronda mujer.

Miró en su interior. Billetes en dólares, euros y aquellos extraños billetes que no logró ubicar.  Unos 500, llegó a calcular entre las dos monedas y sin contar los billetes desconocidos, cuyo valor, desconocía. Pero aquella cartera aún tenía secretos por descubrir. Miró en aquel documento similar a un Dni, la cara del propietario. No lo recordaba. No solía fijarse en las caras, tan solo en sus atuendos en los que extraviarles sus sueños. Dimitri Kalsov. Ese era su nombre. De unos sesenta años y seguramente ruso de nacionalidad. Los billetes extraños serían rublos. Fue aquella medalla en oro con un diminuto corazón que se abría lo que más llamó su atención. En su interior, descubrió la foto de un joven sonriente en la tapa y en el compartimento aquellas brillantes piedras. Sus manos temblaron. Supo al instante que eran diamantes. Unos diez.  Diminutos, pero de un valor -imaginó- incalculable.

Se apresuró a salir de la cafetería. Su casa estaba aún bastante lejos y ya oscurecía. Dudó entre coger el metro o ir caminando. Optó por esto último y se arrepintió. A cada cierto paso, se giraba hacia atrás, temiendo que lo siguieran. Con cada persona que se cruzaba, creía ver al dueño de los diamantes. Su cabeza no paraba de pensar en la mafia rusa y lo expeditivos que podían ser. Lo había visto en películas y series de televisión. No durarían en matarlo al instante en venganza.

Llegó a casa sudando y con los nervios crujiendo sobre sus articulaciones. Subió las viejas escaleras y al llegar a su puerta, tras meter la llave en la cerradura, se percató que la lámpara de la mesita del salón estaba encendida. Junto a ella, sentado en su butaca, aquel señor mayor de negro. No le dio tiempo a decir nada. Un fuerte golpe en la nuca, lo arrojó al suelo. No pudo percatarse de los dos sujetos que se encontraban a su espalda, pero sí de sus continuados golpes. De nada sirvieron sus lamentos y sus palabras de auxilio. La sangre ya corría por su cara y el dolor le provocaba una agónica sensación de intenso malestar que nunca había sentido. Pensó que había llegado su hora y cerró los ojos, mientras algunas de sus lágrimas, se mezclaban con la sangre. 

Volvió a abrirlos en un intenso grito de dolor cuando aquel energúmeno, le piso con todas sus fuerzas y su pesada bota militar, la palma de su mano izquierda. Quiso morirse. Fue la voz del señor mayor el que acalló aquel sufrimiento físico. Le sentaron en una silla frente al que parecía el jefe de aquellos dos psicópatas.

-Ya basta, Yuri, Nikita. Registrarlo y darme la cartera. Con un marcado acento ruso, el hombre de la butaca se dirigió hacia él.

-Creo que tiene usted algo que me pertenece ¿verdad? 

Apenas podía ver en la penumbra de la habitación sus ojos, su semblante. Quiso decir algo, pero su boca llena de sangre y algún diente roto, se lo impidió. Uno de los sicarios, encontró la cartera en el bolsillo de su abrigo, y rápidamente, se la entregó al viejo.

-Me llamo Dimitri y usted me ha robado esta tarde en el Parque del Retiro mi cartera ¡Un delito, muy grave!…señor Alberto Ramírez. En mi país, a los ladrones como usted, les solían cortarle las manos. Eso era antes de que nos convirtiéramos en seres tan civilizados. Tampoco hace mucho de eso, no se vaya usted a creer.

Apenas podía oír su voz. Sus orejas habían sido machacadas con los golpes. Tenía los oídos a punto de explotar por el dolor.

Dimitri miró en el interior de la cartera y encontró el colgante con los diamantes. No faltaba ninguno.

-La foto que seguramente usted ha visto en este colgante es de mi hijo. De Ylia. Falleció hace dos años. Mi mujer nunca le perdonará que haya intentado apropiarse de ella, de su foto. Muerto con 23 años. No es justo. Todo el futuro por delante y usted ha ensuciado su recuerdo con este robo. Debería matarlo ahora mismo –el tono de su voz se encendía por momentos-. Ha mancillado mi honor con semejante ultraje. Por no mencionar el pequeño tesoro que le acompaña. Aunque es lo de menos. Sonrió mientras miraba los diamantes.

Dimitri sacó un pequeño revolver de su bolsillo y le apuntó a la frente. Alberto sintió los escalofríos de la muerte rondar por sus huesos carcomiéndolos.

-Pero no, en esta vida hay que saber perdonar. Usted no sabía lo que había en el interior de mi cartera ni quien era yo. Como decía el físico Isaac Friedman “El perdón es la venganza más dulce” y aunque su oficio es deleznable, debería llevarse un buen escarmiento. Robar de esa forma a personas honradas y bondadosas. ¡No entiendo como no le da vergüenza!

Si él supiera, pensó Alberto, viudo con una exigua pensión que no le daba ni para respirar. Antiguo empleado de Correos, acabó en la cárcel por su afán de lo ajeno. Allí, aprendió el oficio en los dedos de “El Gusanito” el célebre carterista madrileño.

Sin dejar de mirarle y con el revólver apuntándole la cabeza, Dimitri se levantó de la butaca. Se abrocho los botones de la chaqueta y miró su reloj mientras encendía un oloroso habano.

-Es tarde. Es hora de irnos. No diré que ha sido un placer conocerle. No, no tiemble ni llore. No voy a matarle. Tan sólo…Dimitri apuntó hacia el pie derecho de Alberto y acercándolo todo lo posible, disparó. El grito de Alberto retumbó por las cuatro paredes. La bala había destrozado la planta de su pie. Dimitri y sus dos acompañantes dejaron la habitación saliendo del piso.

En la penumbra del salón, Alberto lloraba desconsoladamente. El impío dolor de todo su cuerpo, de su pie, la sangre cegándole y ensuciando sus ilusiones.  Intentó levantarse, pero cayó sobre la alfombra. Se quito entre gritos ahogados el zapato. El calcetín  negro dejaba ver el agujero de la bala. Tenía que conseguir llegar al cuarto de baño y darse una ducha. Apoyó su mano sobre la mesita al lado de la butaca y fue entonces cuando lo vio: sobre un papel blanco aparecía aquél diminuto diamante. No, no podía habérselo olvidado el ruso. Era un regalo. Seguro. 

Con mucho cuidado lo tomó con las yemas de sus dedos y lo colocó sobre la palma de su mano. Nunca había visto algo tan hermoso. Tan blanco, brillante, bello. Cerró la palma de su mano con fuerza e intentó, con la boca desencajada, sonreír.

 


Su olor



La bombilla del rellano de la puerta aparecía fundida. Intentó colocar la llave en la cerradura sin apenas éxito. Buscó en su bolso un encendedor, pero se quedó paralizada por aquel olor. Un inconfundible olor corporal atravesó su pituitaria depositando recuerdos dañinos. Supo quién era. No había duda. Sus manos apretaron su garganta mientras una fría hoja de navaja pinchaba su estómago. No hizo falta que hablara. Era él.

Paralizada por el miedo apenas pudo mantenerse en pie. Él le quitó las llaves, abrió la puerta y la empujó con violencia hacia el interior de la vivienda. Apenas podía respirar. Su olor continuaba provocándole nauseas.

-¡A la habitación, puta! Aún no había podido ver sus ojos sanguíneos pero, su voz ronca, embriagada, resonaba con violencia en sus oídos. Empujándola y sin dejar de pinchar su estómago con la navaja, atravesaron el largo pasillo hasta llegar a la habitación. El mismo lugar donde tantas veces se habían amado envueltos en sábanas con un futuro de seda dibujado en su estampado de flores. Un futuro que lentamente se había evaporado ante la intransigencia y su carácter violento.

Hacía cuatro meses que habían roto una relación de dos años. Ella se despojó de sus miedos y colocó la vida fuera de su alcance. Quería comenzar un nuevo presente sin sentir aquel olor. Pero ahora, de nuevo, estaba allí. En la misma habitación de paredes ocres, en la misma cama.

Colocó con violencia su cuerpo sobre el colchón mullido y acarició su cara. Ella sudaba frías gotas temblorosas.
La sonrisa alcoholizada de él sobre el rostro desencajado avivó, en mayor medida, su inquietud.

-¡Carlos, por favor. No me hagas daño. Esto no tiene sentido!- exclamó ella suplicante.

-¡Cállate zorra. Ahora vas a saber lo que es bueno. Puta, que eres una puta!.

Sus ojos se dilataban buscando alguna solución que su mente bloqueada no mostraba. Cerró los ojos mientras él ataba sus manos a la cabecera de la cama. Comenzó a llorar. Aquello no tenía sentido. La frustración se acomodó sobre su vientre provocándole espasmos. Ella suplicaba mientras él violentaba la camisa blanquecina haciéndola añicos. Los pies los sintió también atados, aprisionados en un dolor rabioso. La navaja cortó las gomas del sujetador. Sus senos añorados quedaron al descubierto. Lo mismo ocurrió con su falda beige y con sus bragas azuladas.

En apenas unos segundos, su nauseabundo y penetrante olor inundó los poros de su cuerpo. Ella recibió el peso de su cuerpo, la violencia de aquel ser al que tanto había amado con anterioridad. Fue penetrada con el mayor de los odios posibles. Con sádica y vómica arrogancia.

Ya nada importaba. Carlos había conseguido humillarla hasta la más recóndita de sus células. Ya ni siquiera lloraba. Esta vez él, había ganado su cuerpo. De nuevo era suya. Su sierva angustiada.

Arremetió contra ella golpeándole la cara sin fisuras, sin pudor. Ni siquiera le dolieron los golpes. La sangre se deslizaba desde su nariz. La sangre vomitaba dolor desde su vagina maltrecha.

Abandonó la habitación. Ella abrió los ojos cegados en lágrimas. Miró su imagen reflejada en el espejo del armario situado frente a la cama. Vomitó ladeando la cabeza. La música llegó con la misma violencia que su olor. La música abrupta de un cantante de rap. Carlos regresó con poderosa acritud en la habitación. Con la misma acritud que su sonrisa demoníaca.

-¿Recuerdas, puta, cuántas veces hemos follado con esta canción? Te ponía, ¿verdad zorra?

El olor rudo a verduras secas de su aliento provocaba nuevas bocanadas de angustia sobre el cuerpo de ella. Quería desfallecer pero sabía que debía mantenerse despierta.

De nuevo su cuerpo sobre ella. Una nueva arremetida contra su fragilidad. De nuevo su vagina saturada y golpeada con violencia. La música guiaba el compás de sus movimientos dentro de ella. Su apestoso olor penetraba sus huecos más recónditos.

Se recostó a su lado mientras depositaba la navaja helada entre sus senos apuntando hacia su garganta. Ella apenas sentía ya dolor. Tan sólo deseaba evaporarse, huir, pero él, continuaba a su lado, encendiendo un cigarrillo de apestoso olor.

Comenzó a insultarla cada vez con mayor énfasis. La rudeza de sus manos golpeaba de nuevo su cara amoratada. Los paraísos habían desaparecido de su memoria. Intentaba sumergirse en ellos. Escapar de la pesadilla. Era imposible.

Se quedó profundamente dormido a su lado, mientras ella se hundía en la más mísera de las percepciones. Su cuerpo adolorado gritaba lamentos enfurecidos y ella no podía calmarlos. Intentó moverse. Desprenderse de las cuerdas que la inmovilizaban. Alcanzó tras un esfuerzo inhumano la navaja con la boca y arremetió sin demasiada convicción sobre sus manos atadas. Los ronquidos de él se ahogaban en la penumbra de la habitación. Sus manos quedaron libres tras el inmenso esfuerzo. Vio la sangre desparramarse con violencia sobre las sábanas.

Ni siquiera gritó. Las puñaladas caían sobre su cuerpo dormido con la misma dureza con que ella había sido tratada. No hubo piedad en sus movimientos. Él no pudo abrir los ojos. La sangre de ambos recorría los pliegues de la sábana arrugada. Una sábana con un estampado de flores.

Estado de ánimos conyugales

 


Una noche más se sentaron frente al televisor. Durante la cena, apenas habían cruzado tres palabras y ninguna mirada. El silencio espeso crujía sobre la estancia, en sus cabezas obstinadas. Frente al televisor, sentados en el sofá, sucumbían ante la penosa perspectiva gris de soportarse de nuevo en el silencio de aquella noche. En la incomodidad de su proximidad.

Él cambió varias veces de canal, intentando encontrar algún programa apetecible que relajase sus neuronas. Nada. Tras varios intentos, al final se decidió por un reportaje sobre la situación política y cultural de Afganistán bajo el nuevo régimen. Ella cogió un libro. Una novela de Manuel Rivas. Sus gargantas se secaban con el abrumador silencio. Sus cerebros deambulaban por fronteras y dimensiones bien lejanas. No había nada que decir. Ninguna palabra que lanzarse a los oídos. Ni jornadas de trabajo que comentar, ni sentimientos que divulgar. Nada. Tres meses antes, habían sido un matrimonio perfecto. Se amaban. Ahora no resistían ni cruzarse la mirada.

Meses atrás, ella había descubierto a la joven pelirroja y pecosa que había embelesado a su marido. Rondaba su despacho como secretaria adjunta, con minifaldas explosivas, pantalones ajustados, tops ostentosos y vestidos de florecitas hambrientas de deseo.

Aquello terminó con su estado matrimonial. Llegaron a un acuerdo. Vivirían juntos, sin separaciones, sin estridencias; sonriendo alegres en las cenas de los viernes con los amigos. Ella no iba a renunciar a su situación social. No estaba dispuesta a perderse los cocktails con la intelectualidad, a las fiestas zafirinas, a los desfiles de moda plateados, los viajes pomposos y a las cenas en restaurantes con estrellas de terciopelo. Y él, en su empresa, seguiría pisando mullidas alfombras, mientras besara a su esposa con fervor religioso, frente a la suspicaz mirada del director general. Sellaron el acuerdo sin rúbricas y comenzaron a mutilarse lentamente. Él continuó con su jovencita pecosa y ella recibió favores físicos de su atractivo profesor de equitación.

Sonó el móvil. Él, contestó mientras se alejaba a la cocina. Era ella. Su niña. Estaba sola en casa y le echaba de menos. Necesitaba sentir sus caricias sobre sus abundantes y juveniles pechos, oler su cuerpo maduro, su pasión de ejecutivo agresivo con canas. No pudo negarse. Miró a su esposa y escupió un escueto: Tengo que salir. Ella no alzó la vista del libro. Ni musitó palabra alguna. No le importaba. Dejó el libro mientras oía cerrar la puerta. Se metió en la ducha.

El agua caliente suavizó su piel al tiempo que aliviaba su fría cabeza. Cogió el teléfono y marcó el número. La voz ardiente de su profesor de equitación le hizo sentirse bien. Estaría allí en veinte minutos. Se colocó un vestido suave y salió en busca del sexo tranquilizador.

Cuando ella regresó aún húmeda de sexo, él ya estaba en su habitación. Se acostó sin despeinarse y durmió profundamente.

Desayunaron en silencio, con la vista ojerosa, pero con la felicidad hinchada en sus entrañas. Él se marchó primero. Ella encendió la radio mientras terminaba su tostada de mermelada de arándanos. Desde la radio una melodía cosquilleaba sus rodillas. Miró el reloj. Eran las nueve de la mañana de un nuevo día. Lucía un sol encumbrado. Una sonrisa se posó dulcemente sobre sus labios.


Viaje a París


 



- ¿Tienes los billetes? - preguntó él mientras se afanaba en colocarse derecho un revoltoso nudo de corbata
-Sí, cariño. No agobies más. Está todo –le contestó ella observando el rojo intenso de sus labios recién pintados en el espejo del cuarto de baño.
-Bueno, pues salgamos ya que vamos a llegar con el tiempo justo.

Un fin de semana para ellos solos. Por fin, ese viaje a Paris tantas veces postergado en el tiempo. Por fin, el adiós a la rutina, al invierno plomizo, al cansancio del despertador ¡París siempre en primavera! ¡París!

Carlos y Andrea, dueños de un matrimonio cotidiano, con trabajos alienantes y horarios apretujados, sin apenas tiempo para besos robados ni emociones en los sueños. Máquinas de hacer dinero en un directorio de ambiciones empresariales con capitalismo de celofán en sus riñones. Pero por fin, huir. Desconectar de todo. Apagar los móviles ardientes y enfriar el champagne en una cubitera de deseos. La luz, a la vuelta de las nubes.
El chalet de la urbanización quedaba en custodia de los padres de ella: D. Eusebio y Dña. Clotilde. No había porqué preocuparse.

- ¿Tú crees? - dijo ella días atrás.
-Estarán bien. Ya sabes cómo disfrutan viendo la televisión. Y más ahora.
-Bien, sí tú lo dices.

Él lo decía. Y era cierto. No tenían por qué preocuparse. Carlos había comprado un radiante televisor con un millar de pulgadas. Había instalado infinidad de canales mareantes y el mando a distancia capaz de mover La Luna a su antojo, estaba ya en manos de los dos ancianos.

Darle a una tecla y aquellos dos septuagenarios contemplarían la brillantez esmeralda de los rayos catódicos. Canales de naturaleza salvaje, deportes con fútbol y la meteorología en Katmandú para él. Cocina y salud, moda y belleza, telenovelas y películas años cuarenta para ella. Los canales porno por mucho que los buscaran, no los encontrarían.
De nueve a nueve, allí pegados, frente al televisor. Sí, no había porqué preocuparse.

Cerraron la puerta no sin antes echar una última mirada. Los dos ancianos no pestañeaban frente a un reportaje sobre el apareamiento de los colibríes.
París les esperaba. El resto era secundario. Se despidieron con toda clase de advertencias mientras los dos ancianos se apoderaban con sonrisas en los labios de aquellas dos deseadas plumíferas butacas.

Se sirvieron las cervezas prohibidas, los licores de frambuesa, la crema al whisky y el vino con reservas. Bajaron las persianas y allí, en penumbra, buscaron su París particular frente al televisor atómico.

Como unos quinceañeros liberados en el hogar paterno, los dos ancianos, recrearon sus sueños postergados. La casa era suya esos días. ¡A la mierda el colesterol, el azúcar, la hipertensión, los triglicéridos y el centenar de píldoras multicolores! Beber y saciarse de las fuentes prohibidas hasta caer moribundos en la alfombra de hilos persas.

Ella se apoderó del vestido magenta de su hija qué tanto le gustaba y de los zapatos de tacón de aguja roja. Él se vistió con el Armani azul de su yerno, se apoderó de sus vistosas corbatas con Versace en la etiqueta y recrearon –en un Folies Bergère imaginario- una fiesta de cabaret imaginario frente a un televisor con vídeos musicales Top90. Bailaron tangos a ritmo de hip-hop, pasodobles bajo tonos de música trance y boleros románticos escuchando a Shakira. Esa noche, no apagaron las luces a las nueve de la noche. Algo embriagados por los licores alcohólicos, pidieron una cena opípara a un restaurante con muchos tenedores en su carta. Dña. Clotilde, en su búsqueda detectivesca por los cajones de su yerno, había encontrado una ajada tarjeta dorada de crédito con una fina capa de polvo de estrellas junto a un post-it vetusto sin color definido. El banco lo aceptaba todo y si había que falsificar la firma no era nada complicado. Total, tres garabatos.

Pero el mejor hallazgo de la noche fue un canal de teletienda. Todo estaba allí. No había más que dar los números borrosos de aquella tarjeta. No era Navidad, ni época de rebajas, pero París bien valía un sueño. Teclearon números de teléfonos solicitando una batería de cocina última generación, un abrigo de visón, un ordenador personal, siete jamones pata negra, una colección de cd´s de Antonio Machín, dos cuadros de majas desnudas en 3D, tres latas de kilo de caviar beluga, una estatua ecuestre de dos metros de altura (el jardín, según Dña. Clotilde, estaba muy soso) dos caniches en estado de lactancia, tres juegos de lencería de Victoria´s Secret, dos mantas nórdicas (D. Eusebio siempre se quejaba de las noches frías), cuatro maletas con combinación ultrasónica, una minicadena de sonoros vatios. No había forma de pararlos. Continuaron sin descanso solicitando trajes de caballero, vestidos, perfumes. Hasta que ella, encontró una maravillosa tienda de joyas. No pudo resistirse a la tentación. Por sus ojos desfilaban gargantillas, pendientes, collares, pulseras. También él ríó de lo lindo al pedir unos gemelos de oro, dos Smartphone última generación, una docena de corbatas de seda natural, cuatro pijamas de la firma Karl Lagerfield, la pitillera de plata y el reloj Cartier.

El ruido de las incontables furgonetas de reparto les despertó el sábado por la mañana. Aún doloridos por los bailes, y con cierta resaca pegajosa en el embotado cerebro, aquellos dos ancianos nerviosos de felicidad comenzaron a recibir todas las pertenencias compradas la noche anterior. ¿Quién había comprado aquellos dos horribles jarrones chinos? ¿Y el Burka de diseño italiano? ¿El juego de té tailandés? ¿Y la horripilante y rubia muñeca hinchable? No importaba. Todo era bien venido.

Su felicidad era tal, que no tenían manos suficientes para desembalar tanta caja, tanto deseo cumplido. En el salón se amontonaban cientos de cajas de todos los tamaños y colores, entre un desaguisado de platos con comida, vasos y botellas con olor a caramelo y algún puro aún humeante

-Teníamos que haber comprado un árbol de Navidad con muchas luces- dijo él.
-Bah, no importa. Es marzo. - comentó ella ufana y sonriente ante la pila de objetos adquiridos.

A las nueve de la noche, apagaron el televisor. Habían encontrado un restaurante de cientos de tenedores en plata en las páginas amarillas y se preparaban para recrear una romántica velada de sábado. También alquilaron una limousine de cristales tintados que les recogió con puntualidad germánica a las 21.30 horas.

Ella lucía un traje chaqueta estilo emperatriz Sissi de corte minimalista adquirido en la Teletienda y él, un smoking de Antonio Miró.
El faisán a la crema de arándanos resultó algo pesado. Pero no dejaron ni los huesos.

Pensaron en los diminutos caniches. La firma de Dña. Clotilde sobre las facturas era perfecta. Ya había adquirido suficiente práctica. Remataron la noche jugando unos cuantos euros en un Casino con salón de baile y Moët Chandon sobre las copas.

El domingo por la mañana no hubo quién los levantara. Ella vomitó parte del faisán (no era cuestión de desperdiciar tan suculento y caro plato) y él necesitó un termo de infusiones reconstituyentes para dejar el tembleque de las manos.

Al mediodía llegaban sus hijos. No había demasiado tiempo. Hicieron las maletas a toda prisa y llamaron al taxi. Los billetes de avión los recogerían en el propio aeropuerto.

Con las manos entrelazadas y saboreando el vino regalo de su posición en FirstClass observaron las nubes de algodón sobre aquel cielo iluminado. A lo lejos vislumbraron otro avión. Y desde la ventanilla creyeron ver dos caras bien conocidas. Les saludaron efusivamente mientras, de sus bocas, despegaba una pícara sonrisa infantil. Si, sin duda alguna, eran sus hijos. Cerraron los ojos al besarse. París les esperaba.


En el armario


 

Se sentó en el borde acolchado de la cama frente al armario. Su cara se distorsionaba entre la longitud de los cuatro espejos del inmenso armario de cuatro cuerpos. Se observó cansado, agobiado, deshilvanado. Era domingo por la tarde y no tenía nada que hacer. Su mujer se tragaba una sangrienta película de crímenes juveniles  junto a su hija menor. Leticia,  la hija mayor, andaba junto al imbécil de su novio: un engreído niñato con moto y perilla absurda. Llovía en los cristales de la ventana y un frío abúlico creaba un vaho ensimismado sobre ellos.

Continuaba mirándose en los espejos, alejándose minuto a minuto de la realidad. Atravesaba escenas antiguas, imágenes olvidadas. Descubrió su pasado reflejado en su tibia mirada. Los recuerdos se amontonaban en una lucha sin sentido; los descubría olvidados en forma de postales en color sepia y se regocijaba en ellos. Olores antiguos, sabores de juventud. Caricias ya olvidadas se pegaban a su piel con una pasmosa quietud. Había cierta felicidad en la sonrisa que observó sobre la pasarela acristalada del armario.

Cuando su mujer abrió una de las puertas del armario en busca de una rebeca y se encontró a su marido allí metido, en posición fetal y con los ojos cerrados, se quedó paralizada.

- José.... ¡Por Dios!... ¿Qué haces ahí metido? No salía de su asombro, de la alucinante sorpresa. Un histérico vahído se coló en las rendijas de su conciencia. Fue su hija menor quien la socorrió con prontitud.

¿Por qué salir del armario? Allí estaba cómodo. Lo tenía todo. Su pasado, sus recuerdos, su vida. Incluso el mejor de los presentes. A sus 48 años, ya lo había entregado todo. Y, prácticamente, había recibido lo mismo. No, no necesitaba salir. Afuera, hacía frío. Y la vida era fría en cualquier estación del año. Su vida había sido una mera representación. No sentía la luz cálida en su presente. Gris y monótona, se le dibujaba en un lienzo con trazos gruesos, sin sentido. No, allí estaba cómodo. Acariciado en la oscuridad de aquel inmenso y confortable armario.

 Aquella noche, fue la sensación del hogar. Su familia se olvidó de la televisión, acercaron sillas al armario y se quedaron entumecidos y absortos observándolo. Hasta el estúpido del novio de Leticia, con una sonrisa pícara en sus bezudos labios, se sentó en una de ellas creciéndose ante el espectáculo.

Avisaron a Urgencias, a su hermana y a su odioso cuñado. Él, continuaba metido en el armario. Soñando con la vida que no había podido vivir, recordando la luz de su niñez, su divertida adolescencia, sus primeros besos, el nacimiento de sus hijas. La lucha diaria por conseguir el todo de la nada.

En espacio de una hora, la casa se embutió de gente cómo si de un velatorio se tratase.

Acaso era él, D.José, el señor del 4B ¿el muerto? No podía entender el por qué de tanto alboroto estúpido.

Las horas pasaban esparciendo por la habitación un sopor de impotencia malsana. Hubo quién tras la sorpresa dejó de interesarse y regresó ansioso ante la pantalla del televisor.

En el silencio de la noche, se retiraron lentamente la mayoría de las sillas.

Leticia y Clara lloraban apagadamente en sus habitaciones. Su mujer, intentó dormir sobre la cama con un ojo abierto posado sobre el armario.

Pero D. José, estaba cómodo. Podía estirar las piernas, extender los brazos. Y soñar;  sentir que aún podía celebrar la vida aunque fuese de aquel inusitado modo.

Al día siguiente, no fue a trabajar, ni tampoco en los posteriores. Se avisó a un psiquiatra el cuál, acudía todas las tardes. La visita no duraba más de media hora. D. José escuchaba su perorata sin mirarle, sin abrir la boca.

Más tarde, sobre las siete, llegaba el padre Julián y le leía pasajes incomprensibles del Libro de los Muertos. D. José aprovechaba esos capítulos para dormir una plácida siesta.

La comida se la servían en bandeja y él solía abandonar su hueco cómodo para ir al aseo, tomar una ducha relajante y provocar otras necesidades.

No tenía dudas: era feliz allí dentro. Por primera vez, desde hacía mucho tiempo, sonreía en silencio. Sus ojos brillaban con una intensidad desconocida y la oscuridad serenaba sus nervios. Escuchando el sonido de polillas y carcomas -sus compañeras de silencio- saboreando los olores del recuerdo y el horripilante olor a pino qué, su esmerada esposa, colocaba todas las mañanas en las perchas del armario. Pasaba las horas recordando todos los amaneceres de su vida. Las miradas encontradas en sus recuerdos perdidos y hallados en su oscuridad. Lentamente recuperó su fortaleza, sus pensamientos, su vida malgastada en un trabajo oscuro y alienante, su definitiva paz anhelada.

Por supuesto, perdió el trabajo, las amistades, el contacto con el frío mundo exterior. Se alejó del presente absurdo para vivir en su burbuja arborescente. En su armario dichoso.

El psiquiatra, ya no le atendía a él, dedicaba su corto tiempo a su, cada día, más desquiciada esposa.

Sus hijas, le visitaban de vez en cuando. Y siempre se despedían llorando. Pero él no lo dudaba. Se sentía cómodo y pletórico. Absurdo en su cotidiana reflexión. Amorosamente pacífico en su anterior interior atormentado. Sin ningún tipo de remordimientos.

Aún continúa allí metido. En el armario. Es inmensamente feliz. Como nunca lo había sido.


El loro


 

No es que sea cotilla, pero no tengo otra cosa que hacer y, los humanos, sois siempre tan predecibles. Se os ve el plumero a la legua. Como la Mary -que acaba de pasar con su vestido de lentejuelas- buscando ya clientes que llevarse a la boca. Por no decir otro sitio. Algún cliente ansioso la espera. O Jacinto, ya tambaleándose de buena mañana. Varias copas de orujo en el cuerpo y ahora buscando colillas por el suelo de la avenida. Desde que se murió Graciela -su argentina- no ha podido levantar cabeza. Pobre hombre. Y es que estar aquí prácticamente todo el día y todos los días, dan para muchas historias. Hasta que Katya termine en el restaurante y venga a recogerme. Espero que no se olvide como la última vez y termine en Comisaría.

Por ahí viene el Músico. Preparado a dar la serenata con su violín hasta las tantas. Me pone de los nervios. Total, para recoger diez o quince euros. Es que hay que ver lo mal que toca. Digo yo, qué con lo joven que es, ya se podía buscar otro trabajo mejor. Estudiantes…

Dña. Eustaquia se acerca con su caniche. No me fiaría yo mucho. Me ladra y si no tengo cuidado -o su dueña más bien- no veo el amanecer. Unos bancos más allá, se reunirá con D. Rodrigo. Que ya la estará esperando. Merendar y calentarse las manos. Se les ve felices juntos. Por no hablar de Laura y Javi. ¡Qué bonito es el amor a los dieciocho! Aunque estos días la veo yo a ella con una tripita que no sé yo. Comiendo pipas van. Entre beso y beso.

Empieza a hacer frío. Roque ha salido a pasear a su nieto. Ya va comiéndose un helado el crío. No me puede ni ver. Como me descuide me lo tira y me embadurna de nata. Esperemos que no se le ocurra. O tirarme una piedra. Que el niñato es capaz de todo. Y D. Roque riéndole las gracias.

Uy y D. Iván y Serafín. Por ahí se acercan. No pueden disimular su amor. Viudos los dos y tan enamorados. Eso sí sin cogerse de la mano ni acercarse mucho. Hablándole de las pensiones al chaval -Serafín, el más joven ya bo cumple sesenta y D. Iván andará cojeando por los sesenta y cinco. Rosario es mi chica preferida. Por ahí se acerca con sus tacones de aguja. Es la Gran Vedette del “Savoy” Dicen que canta como los ángeles. Siempre que pasa a mi lado me sonroja con sus piropos y su coqueteo. Es una dulzura de mujer.

En fin, así paso el rato. Ya va oscureciendo. A ver si Katya hoy no se entretiene con algún cliente baboso y me dan aquí las tantas. Tieso me quedo algún día.

El que faltaba para terminar. El Doroteo hecho un pincel, buscando víctimas. Ya irá de retirada. Unas cuantas carteras se habrá metido en la bolsa del Carrefour. Y algún móvil. No se fija mucho en mi porque si no, cualquiera sabe. Yo de ustedes miraría bien si aún siguen sus carteras entre sus pertenencias. Nunca se sabe del Doroteo.

Que ustedes descansen se diviertan y pasen buenas noches. Miren, ya se acerca Katya. Hoy no se ha retrasado mucho. Su sonrisa ilumina este paseo y da felicidad a este loro que les habla. ¡Hasta mañana!


El corazón


 

Llegas a la playa y, mientras caminas a la orilla buscando hueco, ya te has quemado a base de bien los pies. Todo por no llenar de arena las chanclas nuevas. Al volver tendrás que pasarte por urgencias. Eso sí, cargas con las sillas, la sombrilla, la neverita -un decir, aquello parece más un congelador de atunes de Noruega- la parienta, los niños, los dos sobrinos y otro niño que no sabemos muy bien de dónde ha salido. A la vuelta, preguntaremos. Todo dispuesto y, de repente, te encuentras con este corazón abandonado en la arena. Te da "yuyu" tocarlo, y alejas a toda la prole para que no lo vayan a pisar. Lo observas detenidamente. Sin duda, ha tenido que dormir allí. No está ya ni rojo. La marea ha debido chuparle toda la sangre. Negro y algo agrietado. No, no palpita. Debe estar muerto. Y se te ocurre meterlo en la nevera junto a la ensaladilla, el gazpacho, los boquerones en vinagre, el estofado de ternera y la sandía. 

Lo envuelves en papel de aluminio y respiras hondo. Menos mal que la parienta ya está con su libro “Dieta saludable” y no se percata de la acción. Enciendes la radio y te relajas escuchando a José L.Perales. Lo ves a lo lejos. Parece un espectro. Blanco como una pared atormentada de cal. Va preguntando a la gente. Ha debido perder algo. 

Alto, desgarbado y joven. Veintialgo. Parece un cadáver. Más vale que se tumbase y cogiera algo de sol. Camina como un espectro, tropezando con sus pies, y sin apenas fuerzas. Se te acerca y con voz de pájaro en trance, te pregunta si no has visto un corazón. Que lo perdió anoche cuando su novia lo abandonó por un señor casado, veinte años mayor que ella y calvo. Eso sí forrao de pasta. “Cosas de la vida” susurra tan afligido, que dan ganas de acercarle el cubata que te estás bebiendo. Seguro que es su corazón. Abres la nevera y se lo enseñas. Si, sin duda es de él. Lo coge con cuidado y se lo coloca en el centro de su pecho. Entre cavidades sanguinolentas. Sonríe. Te da las gracias mientras comienza a respirar con desahogo. Ves cómo se aleja despacio, meditabundo, extraño. 

Apagas la radio y miras al sol y al mar. Te quedas pensativo y llegas a la conclusión que es difícil entender a la gente joven cuando ya has superado esa etapa. Te acercas a la orilla y te mojas los pies. La parienta se va de paseo con los niños. Un perro famélico y sin dueño va tras ellos. 

Hoy la playa está muy extraña, piensas.

 


La rosa


 



Te acercaste a ella temeroso. Tus manos temblaban. Había tanta belleza en ella que tu estómago se encogió. Miraste el sol cegado y cogiste las tijeras de podar. En tu frente, comenzaron a brotar gotas de sudor. Lo hiciste. Cortaste la rosa que ahora yacía en tu mano

¡Era tan hermosa! La sangre te manchó las manos. La rosa palideció y tú te envolviste en su dolor. 

Ahora eras tú el que sangrabas. Hasta caer rendido en la muerte de su intratable belleza

Noche de viernes


 

Apenas había gente en el pub. Se acercaban las once en una noche otoñal, con nubes de plomo, y una luna menguante que tiritaba de frío. Se sentó en el taburete de la barra y pidió la marca de su güisqui preferido con mucho hielo. Javier, el camarero, la obsequió con su sonrisa cómplice, tal y como solía hacer todos los viernes. Se miró en el espejo que tenía enfrente, tras la barra. Sonrió con cierta tristeza al verse reflejada en el. Estaba cansada pero no le apetecía quedarse encerrada en casa. Saboreo el güisqui y cruzó las piernas desafiantes, con sensual arrogancia. La suave melodía que vibraba en el local dibujó en sus párpados una playa con palmeras y un mar malva en sosiego. No lo vio aproximarse. 

Se sentó a su lado y le sonrió mientras le daba las buenas noches. Nunca lo había visto. Esbelto, con buen porte, y un rostro de afilada mandíbula. Su olor varonil se mezcló con el sabor del güisqui embriagándola. Se sonrieron. Se acariciaron sin tocarse. Su voz se posó en sus oídos con la fuerza de un viento caliente, abrasador. La química comenzó a fluir en sus cuerpos con una energía que electrizaba el ambiente. Vibraban al unísono, mientras los vasos con whisky se apoderaban de sus estómagos. Ella sonreía ante su conversación. Amena, divertida, ocurrente. Estaba disfrutando de la noche. Y el misterioso joven, velaba por sus sueños. La noche se crecía ante ellos diluyendo vapores etílicos en la ya congestionada atmósfera del pub. Él, cogió su mano y se acercó a su cuerpo, hacia sus labios. El beso explotó acelerando la adrenalina de sus cuerpos. Se desearon hasta desfallecer en un extasiado orgasmo

Cuando él propuso ir a su apartamento, ella no lo dudó. Sentada en su auto, volvieron a entrelazar sus deseos. Esta vez, con mayor ardor. Mientras viajaba por la ciudad ella escuchaba su voz, sus risas, su sensual virilidad. Creyó estar flotando por un asfalto de estrellas. Era su noche. El sueño de aquella noche de viernes. Los besos se derretían mientras sudaban deseo dentro del ascensor. Al llegar al apartamento, el calor de sus cuerpos ya batallaban por encender hogueras entre sus piernas.

Él encendió la luz y ella se extrañó al ver aquella mujer sentada en el sofá, frente al televisor. Dejo de abrazar al cuerpo de sus sueños. La sala aparecía en un blanco y negro frío, ajado. Con los rulos puestos, una bata de un azul descolorido, las pantuflas de un rosa deslucido y los gruesos calcetines blancos caídos sobre los tobillos, comía palomitas sin dejar de mirar la televisión. Ella se acercó y cogió sus manos. Estaban frías, sin brillo. Miró sus ojos. Eran sus ojos. Una lágrima resbalaba por su mejilla. La misma lágrima que caía también rodeando sus labios. En el frío de aquella sala, las estrellas no sonreían.  

Se asomó a la ventana y dejó que el aire de la noche apagase el fuego de su cuerpo. Volvió al sofá y continuó viendo aquella película romántica en blanco y negro. Las palomitas se habían enfriado de repente. Los sueños se desvanecieron vacíos, cayendo rancios sobre las baldosas desnudas. 


Presencia


 

Cuando Gladys entró en casa y vio sentado en el sofá del comedor a un joven al lado de su marido ni se inmutó. Estaba demasiado cansada y entre sus manos portaba una docena de bolsas del hiper que ansiaba abandonar a su suerte en la cocina. Eso sí, besó a su esposo y dirigió un desinteresado buenas tardes al desconocido. El joven sucumbió a su saludo esforzando una sonrisa tímida en sus labios. Carlos le ayudó a repartir el contenido de las bolsas entre los estantes de la atiborrada cocina.

 - ¿Se quedará a cenar?- preguntó ella mientras descargaba una bolsa de patatas sobre un armatoste atiborrado de berenjenas, coles de Bruselas y tomates sudados.

- Ni idea. No sé quién es.

- Pues habrá que preguntárselo- señaló Gladys mientras luchaba con un pulpo atrapado en las redes de sus manos.

Aceptó la invitación con un ligero temblor de su cabeza en forma de cumplido. Vestía unos tejanos robados a un camino con gravilla y manchas de aceite, una camisa de cuadros de leñador de un Canadá con roedores danzarines, zapatillas de correcaminos exhausto y se acariciaba el pelo rizado con suma delicadeza. Era más bien alto, de una piel blanca manchada por una leche nórdica y edulcorada con pequeñas pecas sobre su cara insulsa. No era atractivo, pero tampoco anodino. Había que reconocer que explotaba en una delicadeza que embotaban los sentidos; sus modales se desparramaban en una filosófica forma de relajación oriental. Uno se sentía cómodo en su observación: daba cierto regusto en el paladar mirar su semblante, sus ensortijados rizos pelirrojos, su puntiaguda y afilada nariz, sus diminutas y resecas orejas para acabar nadando en sus ojos pardos con tintineo de estrellas.

- ¿Le preguntamos quién es? –susurró Gladys a un Carlos que soñaba con sirenas de pechos abundantes en un mar de orquídeas tras una dura jornada de trabajo.

- No, mejor no le molestamos. Lleva ahí sentado desde que llegué y aún no ha dicho esta boca es mía. Déjalo, estará algo cohibido.

Hacía frío en las noticias de la televisión. Sentados los tres alrededor de una mesa de comedor con búcaro, comenzaron a degustar un pulpo humillado en una salsa de tomate. Gladys ofreció pan al invitado mientras devanaba sus andanzas diarias en la oficina de paredes malvas. Su esposo mojaba el pan en la salsa torturada sin apenas prestarle atención. Ella acariciaba la sonrisa del extraño personaje que comía hambriento sin despegar los ojos de sus palabras. Atento si que era.

- ¿Le apetece una naranja?- preguntó Gladys mirando exhaustivamente al sujeto.

El joven aceptó con la misma sonrisa embobada en su boca de dientes alcanforados y el ya conocido y suave movimiento de cabeza.

Carlos encendió un pitillo tras los postres. No debió hacerlo. El pobre muchacho comenzó a explotar en una tos ardionda que palideció los semblantes del matrimonio. Se ahogaba. Carlos apagó inmediatamente el cigarro y ofreció agua al enrojecido paciente. El reloj escupió doce alegres campanadas mientras por el pasillo se escuchaban las zapatillas con coliflores en forma de cordones de una quinceañera con polen de hachis en los ojos. Miranda besó a sus padres y saludó al extraño clavándole una mirada de pájaros revueltos. Observó detenidamente con deseo juvenil su cuerpo apaciguado en el mullido sofá.

- ¿Has cenado ya, hija?- preguntó Gladys sin dejar de observar como descuartizaban a una virgen sodomizada en una sangrienta escena de película televisiva.

- No tengo hambre. Me comeré unos bombones de la caja que nos regaló la abuela.  ¿usted quiere?- ofreció Miranda al extraño con la mejor y gaseosa de sus sonrisas. Aceptó, sonriente.

La televisión se desconectó y el matrimonio se retiró a su habitación mientras el invitado amoldaba su cuerpo a la largaría del sofá. Miranda se deslizó hacía su habitación con la boca llena de bombones mientras hablaba desde el móvil rosado con el traficante de su corazón.

Al amanecer desayunó con ellos ojeando una revista de arte y decoración que le había servido de mullida almohada durante la noche. Las prisas aconsejaron a Carlos y Gladys abandonar el hogar sobre las ocho de la mañana. Miranda escapó con el móvil hablante sobre las nueve. Y él encendió el ordenador en la sala de estudios.

Se acostumbraron a su presencia, a sus sonrisas de nieve derretida. Las comidas se sucedían y ellos contaban la vida según la veían pasar. El extraño personaje se acariciaba los ojos mientras compartía los silencios. Durante semanas aquella presencia pelirroja amanecía y anochecía con ellos. Apenas daba trabajo a una Gladys que mimaba su pecho lechoso con suaves miradas maternas. Nadie preguntaba nada. Estaba allí y era bien acogido.

Llegó el buen tiempo en forma de una primavera con gladiolos danzantes bajo música de jazz caliente. Miranda lo había dejado por imposible. Había intentado untarlo con su seductora mantequilla pero él - sin dejar de sonreír- apenas había volcado un deseo desde su corazón. ¡Ni siquiera dejó que se la chupara! Exhausta lo adjuntó al comedor como un mueble más y continuó comiendo bombones mientras hablaba por el móvil con el más allá cercano. Carlos continuó llegando a casa tras la caída de las veinte horas en el reloj de pared. Y él, el extraño habitante, seguía allí sentado dejándose crecer los rizos en una cascada rojiza que hacía temblar los geranios del balcón. Ayudaba y mucho en las tareas domésticas. Gladys se sorprendió que supiese planchar, poner lavadoras, tender la ropa, y sacar el polvo orillado en los rincones más tristes de la casa. Era perfecto. Hasta su desaparición a comienzos de un caluroso verano. 

Aquella mañana, al despertarse, el feliz matrimonio observó con un temblor en el vientre que se  había evaporado. Su plato con cereales con miel quedó intacto en la cocina. Y el hueco horadado durante todo este tiempo en el sofá quedó vacío en un frágil descubierto.

Se miraron extrañados. Durante días esperaron el momento mágico de su aparición. A las pocas semanas se olvidaron por completo de su existencia.


Pacientemente

  Con ese palo aceitoso, grabas su nombre en la arena de la playa, y esperas pacientemente a que el agua borre su nombre. Tan pacientemente ...