Si deseas ser un escritor, ¡escribe! Cada letra tiene su piel. No hay más que acariciarlas para crear historias. Todas ellas, las tenemos en un Cuévano.
El niño que comía hormigas
El Carterista
Lucía un sol exaltado aquel domingo
de primavera. Sonrió. Un día que prometía. No tardó en vestirse, en cobijar su
cuerpo con el único traje de su armario. Un traje azul marino que siempre le
ofrecía una imagen de respetabilidad y elegancia. Desayunó en el bar de Manuel
y se dirigió hacia la Gran Vía en metro. Se fijó en aquellas dos señoras
entradas ya en años con muchos recuerdos en las arrugas de sus cuellos y,
tentado estuvo. Miró sus caros bolsos y sus dedos ya comenzaron a bailar
nerviosos. Tuvo que alejarse de ellas para no caer en la tentación. Apenas
había gente en el vagón del tren y la situación no era nada propicia. Bajó en
la parada Gran Vía. No tenía prisa. Aún tuvo tiempo de tropezar con las dos
señoras. Y no pudo reprimirse. No fue difícil sustraerle la cartera a una de
ellas. La que no paraba de hablar y reírse con su amiga ajena todo lo que le
rodeaban.
Ya en la calle, el sol cegó sus ojos. Se colocó las gafas negras y comenzó a caminar buscando promesas desvalidas. La pareja que paseaba aquel perro enano. Sus dedos hambrientos alcanzaron en un suspiro la cartera del pantalón de él. Llegó a la Puerta del Sol. Algunos de sus conocidos de oficio ya llevaban algunas horas trabajando la zona. La cartera de aquella joven de tacones altos y traje chaqueta de ejecutiva altiva, resbaló también en su bolsillo. Se dirigió hacia la Plaza Mayor. El móvil de la chica japonesa, la cartera de un pensionista que paseaba a su nieto detrás de unas palomas adormiladas, la pulsera de oro de aquella señora con un presumido y atildado caniche. Sobre la una de la tarde, entró en el Parque del Retiro. Un par de carteras más se alojaron en su chaqueta. Se sentó en su banco preferido. Alejado de los paseantes y cámaras, y comenzó a comerse el sándwich de queso y jamón que había comprado en la Plaza Mayor, junto a una lata de cerveza. Mientras mordisqueaba el sándwich, extrajo el contenido de todo el material sustraído.
No, no se había dado nada mal la
mañana. Abundaban los billetes, las tarjetas de crédito y los carnets personales
-que arrojaba en la bolsa de una papelera- y un montón de boberías que la gente
solía llevar en esas carteras brillantes. Eso sí, las estampas de santos y
vírgenes que algunas personas solía colocar en ellas, las guardaba. Quizás por
superstición, pero nunca se deshacía de ellas. Como los cupones de los ciegos o
los décimos de lotería. Nunca se sabía si la suerte los acompañaba. Al
regresar, el parque brillaba. Cientos de personas, de parejas, disfrutaban del
lugar, paseando tranquilamente con las preocupaciones escondidas en los
bolsillos. Sin demasiado esfuerzo, otras cinco o seis carteras. Se acercaba la
hora de recogerse y descansar. Sin apresurar el paso y disfrutando de calor de
la tarde, llegó a la Cafetería Hermes. Era su lugar preferido para tomar café y
deleitarse con sus afamadas lionesas de chocolate. En los servicios, la
curiosidad alborotó sus dedos. Abrió algunas de las carteras sustraídas. Una de
ellas, de cuero marrón con pequeños ribetes rojos y azules y dos iniciales
grabadas, llamó poderosamente su atención. Era realmente bella. Un lujo de
cartera. No recuerda a quién se la sustrajo. Tal vez al señor de sombrero, de
unos setenta años, que paseaba tranquilamente con su oronda mujer.
Miró en su interior. Billetes en
dólares, euros y aquellos extraños billetes que no logró ubicar. Unos
500, llegó a calcular entre las dos monedas y sin contar los billetes
desconocidos, cuyo valor, desconocía. Pero aquella cartera aún tenía secretos
por descubrir. Miró en aquel documento similar a un Dni, la cara del
propietario. No lo recordaba. No solía fijarse en las caras, tan solo en sus
atuendos en los que extraviarles sus sueños. Dimitri Kalsov. Ese era su nombre.
De unos sesenta años y seguramente ruso de nacionalidad. Los billetes extraños
serían rublos. Fue aquella medalla en oro con un diminuto corazón que se abría
lo que más llamó su atención. En su interior, descubrió la foto de un joven
sonriente en la tapa y en el compartimento aquellas brillantes piedras. Sus
manos temblaron. Supo al instante que eran diamantes. Unos diez. Diminutos,
pero de un valor -imaginó- incalculable.
Se apresuró a salir de la cafetería.
Su casa estaba aún bastante lejos y ya oscurecía. Dudó entre coger el metro o
ir caminando. Optó por esto último y se arrepintió. A cada cierto paso, se
giraba hacia atrás, temiendo que lo siguieran. Con cada persona que se cruzaba,
creía ver al dueño de los diamantes. Su cabeza no paraba de pensar en la mafia
rusa y lo expeditivos que podían ser. Lo había visto en películas y series de
televisión. No durarían en matarlo al instante en venganza.
Llegó a casa sudando y con los
nervios crujiendo sobre sus articulaciones. Subió las viejas escaleras y al
llegar a su puerta, tras meter la llave en la cerradura, se percató que la
lámpara de la mesita del salón estaba encendida. Junto a ella, sentado en su
butaca, aquel señor mayor de negro. No le dio tiempo a decir nada. Un fuerte
golpe en la nuca, lo arrojó al suelo. No pudo percatarse de los dos sujetos que
se encontraban a su espalda, pero sí de sus continuados golpes. De nada
sirvieron sus lamentos y sus palabras de auxilio. La sangre ya corría por su
cara y el dolor le provocaba una agónica sensación de intenso malestar que
nunca había sentido. Pensó que había llegado su hora y cerró los ojos, mientras
algunas de sus lágrimas, se mezclaban con la sangre.
Volvió a abrirlos en un intenso
grito de dolor cuando aquel energúmeno, le piso con todas sus fuerzas y su
pesada bota militar, la palma de su mano izquierda. Quiso morirse. Fue la voz del
señor mayor el que acalló aquel sufrimiento físico. Le sentaron en una silla
frente al que parecía el jefe de aquellos dos psicópatas.
-Ya basta, Yuri, Nikita. Registrarlo
y darme la cartera. Con un marcado acento ruso, el hombre de la butaca se
dirigió hacia él.
-Creo que tiene usted algo que me
pertenece ¿verdad?
Apenas podía ver en la penumbra de
la habitación sus ojos, su semblante. Quiso decir algo, pero su boca llena de
sangre y algún diente roto, se lo impidió. Uno de los sicarios, encontró la cartera
en el bolsillo de su abrigo, y rápidamente, se la entregó al viejo.
-Me llamo Dimitri y usted me ha
robado esta tarde en el Parque del Retiro mi cartera ¡Un delito, muy
grave!…señor Alberto Ramírez. En mi país, a los ladrones como usted, les solían
cortarle las manos. Eso era antes de que nos convirtiéramos en seres tan
civilizados. Tampoco hace mucho de eso, no se vaya usted a creer.
Apenas podía oír su voz. Sus orejas
habían sido machacadas con los golpes. Tenía los oídos a punto de explotar por
el dolor.
Dimitri miró en el interior de la
cartera y encontró el colgante con los diamantes. No faltaba ninguno.
-La foto que seguramente usted ha
visto en este colgante es de mi hijo. De Ylia. Falleció hace dos años. Mi mujer
nunca le perdonará que haya intentado apropiarse de ella, de su foto. Muerto
con 23 años. No es justo. Todo el futuro por delante y usted ha ensuciado su
recuerdo con este robo. Debería matarlo ahora mismo –el tono de su voz se
encendía por momentos-. Ha mancillado mi honor con semejante ultraje. Por no
mencionar el pequeño tesoro que le acompaña. Aunque es lo de menos. Sonrió
mientras miraba los diamantes.
Dimitri sacó un pequeño revolver de
su bolsillo y le apuntó a la frente. Alberto sintió los escalofríos de la
muerte rondar por sus huesos carcomiéndolos.
-Pero no, en esta vida hay que saber
perdonar. Usted no sabía lo que había en el interior de mi cartera ni quien era
yo. Como decía el físico Isaac Friedman “El perdón es la venganza más dulce” y
aunque su oficio es deleznable, debería llevarse un buen escarmiento. Robar de
esa forma a personas honradas y bondadosas. ¡No entiendo como no le da
vergüenza!
Si él supiera, pensó Alberto, viudo
con una exigua pensión que no le daba ni para respirar. Antiguo empleado de
Correos, acabó en la cárcel por su afán de lo ajeno. Allí, aprendió el oficio
en los dedos de “El Gusanito” el célebre carterista madrileño.
Sin dejar de mirarle y con el
revólver apuntándole la cabeza, Dimitri se levantó de la butaca. Se abrocho los
botones de la chaqueta y miró su reloj mientras encendía un oloroso habano.
-Es tarde. Es hora de irnos. No diré
que ha sido un placer conocerle. No, no tiemble ni llore. No voy a matarle. Tan
sólo…Dimitri apuntó hacia el pie derecho de Alberto y acercándolo todo lo
posible, disparó. El grito de Alberto retumbó por las cuatro paredes. La bala
había destrozado la planta de su pie. Dimitri y sus dos acompañantes dejaron la
habitación saliendo del piso.
En la penumbra del salón, Alberto
lloraba desconsoladamente. El impío dolor de todo su cuerpo, de su pie, la
sangre cegándole y ensuciando sus ilusiones. Intentó levantarse, pero
cayó sobre la alfombra. Se quito entre gritos ahogados el zapato. El calcetín negro dejaba ver el agujero de la bala. Tenía que conseguir llegar al cuarto de
baño y darse una ducha. Apoyó su mano sobre la mesita al lado de la butaca y
fue entonces cuando lo vio: sobre un papel blanco aparecía aquél diminuto
diamante. No, no podía habérselo olvidado el ruso. Era un regalo. Seguro.
Con mucho cuidado lo tomó con las
yemas de sus dedos y lo colocó sobre la palma de su mano. Nunca había visto
algo tan hermoso. Tan blanco, brillante, bello. Cerró la palma de su mano con
fuerza e intentó, con la boca desencajada, sonreír.
Su olor
-¡Cállate zorra. Ahora vas a saber lo que es bueno. Puta, que eres una puta!.
Sus ojos se dilataban buscando alguna solución que su mente bloqueada no mostraba. Cerró los ojos mientras él ataba sus manos a la cabecera de la cama. Comenzó a llorar. Aquello no tenía sentido. La frustración se acomodó sobre su vientre provocándole espasmos. Ella suplicaba mientras él violentaba la camisa blanquecina haciéndola añicos. Los pies los sintió también atados, aprisionados en un dolor rabioso. La navaja cortó las gomas del sujetador. Sus senos añorados quedaron al descubierto. Lo mismo ocurrió con su falda beige y con sus bragas azuladas.
Estado de ánimos conyugales
Una noche más se sentaron frente al televisor. Durante la cena, apenas habían cruzado tres palabras y ninguna mirada. El silencio espeso crujía sobre la estancia, en sus cabezas obstinadas. Frente al televisor, sentados en el sofá, sucumbían ante la penosa perspectiva gris de soportarse de nuevo en el silencio de aquella noche. En la incomodidad de su proximidad.
Aquello terminó con su estado matrimonial. Llegaron a un acuerdo. Vivirían juntos, sin separaciones, sin estridencias; sonriendo alegres en las cenas de los viernes con los amigos. Ella no iba a renunciar a su situación social. No estaba dispuesta a perderse los cocktails con la intelectualidad, a las fiestas zafirinas, a los desfiles de moda plateados, los viajes pomposos y a las cenas en restaurantes con estrellas de terciopelo. Y él, en su empresa, seguiría pisando mullidas alfombras, mientras besara a su esposa con fervor religioso, frente a la suspicaz mirada del director general. Sellaron el acuerdo sin rúbricas y comenzaron a mutilarse lentamente. Él continuó con su jovencita pecosa y ella recibió favores físicos de su atractivo profesor de equitación.
Viaje a París
En el armario
Se sentó en el
borde acolchado de la cama frente al armario. Su cara se distorsionaba entre la
longitud de los cuatro espejos del inmenso armario de cuatro cuerpos. Se
observó cansado, agobiado, deshilvanado. Era domingo por la tarde y no tenía
nada que hacer. Su mujer se tragaba una sangrienta película de crímenes
juveniles junto a su hija menor. Leticia, la hija mayor, andaba
junto al imbécil de su novio: un engreído niñato con moto y perilla absurda.
Llovía en los cristales de la ventana y un frío abúlico creaba un vaho
ensimismado sobre ellos.
Continuaba mirándose en los espejos, alejándose minuto a minuto de la realidad. Atravesaba escenas antiguas, imágenes olvidadas. Descubrió su pasado reflejado en su tibia mirada. Los recuerdos se amontonaban en una lucha sin sentido; los descubría olvidados en forma de postales en color sepia y se regocijaba en ellos. Olores antiguos, sabores de juventud. Caricias ya olvidadas se pegaban a su piel con una pasmosa quietud. Había cierta felicidad en la sonrisa que observó sobre la pasarela acristalada del armario.
Cuando su mujer abrió una de las puertas del armario en busca de una rebeca y se encontró a su marido allí metido, en posición fetal y con los ojos cerrados, se quedó paralizada.
- José.... ¡Por Dios!... ¿Qué haces ahí metido? No salía de su asombro, de la alucinante sorpresa. Un histérico vahído se coló en las rendijas de su conciencia. Fue su hija menor quien la socorrió con prontitud.
¿Por qué salir del armario? Allí estaba cómodo. Lo tenía todo. Su pasado, sus recuerdos, su vida. Incluso el mejor de los presentes. A sus 48 años, ya lo había entregado todo. Y, prácticamente, había recibido lo mismo. No, no necesitaba salir. Afuera, hacía frío. Y la vida era fría en cualquier estación del año. Su vida había sido una mera representación. No sentía la luz cálida en su presente. Gris y monótona, se le dibujaba en un lienzo con trazos gruesos, sin sentido. No, allí estaba cómodo. Acariciado en la oscuridad de aquel inmenso y confortable armario.
Aquella noche, fue la sensación del hogar. Su familia se olvidó de la televisión, acercaron sillas al armario y se quedaron entumecidos y absortos observándolo. Hasta el estúpido del novio de Leticia, con una sonrisa pícara en sus bezudos labios, se sentó en una de ellas creciéndose ante el espectáculo.
Avisaron a
Urgencias, a su hermana y a su odioso cuñado. Él, continuaba metido en el
armario. Soñando con la vida que no había podido vivir, recordando la luz de su
niñez, su divertida adolescencia, sus primeros besos, el nacimiento de sus
hijas. La lucha diaria por conseguir el todo de la nada.
En espacio de una
hora, la casa se embutió de gente cómo si de un velatorio se tratase.
Acaso era él, D.José, el señor del 4B ¿el muerto? No podía entender el por qué de tanto alboroto estúpido.
Las horas pasaban esparciendo por la habitación un sopor de impotencia malsana. Hubo quién tras la sorpresa dejó de interesarse y regresó ansioso ante la pantalla del televisor.
En el silencio de
la noche, se retiraron lentamente la mayoría de las sillas.
Leticia y Clara
lloraban apagadamente en sus habitaciones. Su mujer, intentó dormir sobre la
cama con un ojo abierto posado sobre el armario.
Pero
D. José, estaba cómodo. Podía estirar las piernas, extender los brazos. Y
soñar; sentir que aún podía celebrar la vida aunque fuese de aquel
inusitado modo.
Al día siguiente, no fue a trabajar, ni tampoco en los posteriores. Se avisó a un psiquiatra el cuál, acudía todas las tardes. La visita no duraba más de media hora. D. José escuchaba su perorata sin mirarle, sin abrir la boca.
Más tarde, sobre las siete, llegaba el padre Julián y le leía pasajes incomprensibles del Libro de los Muertos. D. José aprovechaba esos capítulos para dormir una plácida siesta.
La comida se la servían en bandeja y él solía abandonar su hueco cómodo para ir al aseo, tomar una ducha relajante y provocar otras necesidades.
No tenía dudas: era feliz allí dentro. Por primera vez, desde hacía mucho tiempo, sonreía en silencio. Sus ojos brillaban con una intensidad desconocida y la oscuridad serenaba sus nervios. Escuchando el sonido de polillas y carcomas -sus compañeras de silencio- saboreando los olores del recuerdo y el horripilante olor a pino qué, su esmerada esposa, colocaba todas las mañanas en las perchas del armario. Pasaba las horas recordando todos los amaneceres de su vida. Las miradas encontradas en sus recuerdos perdidos y hallados en su oscuridad. Lentamente recuperó su fortaleza, sus pensamientos, su vida malgastada en un trabajo oscuro y alienante, su definitiva paz anhelada.
Por supuesto, perdió el trabajo, las amistades, el contacto con el frío mundo exterior. Se alejó del presente absurdo para vivir en su burbuja arborescente. En su armario dichoso.
El psiquiatra, ya
no le atendía a él, dedicaba su corto tiempo a su, cada día, más desquiciada
esposa.
Sus hijas, le visitaban de vez en cuando. Y siempre se despedían llorando. Pero él no lo dudaba. Se sentía cómodo y pletórico. Absurdo en su cotidiana reflexión. Amorosamente pacífico en su anterior interior atormentado. Sin ningún tipo de remordimientos.
Aún continúa allí metido. En el armario. Es inmensamente feliz. Como nunca lo había sido.
El loro
No
es que sea cotilla, pero no tengo otra cosa que hacer y, los humanos, sois
siempre tan predecibles. Se os ve el plumero a la legua. Como la Mary -que
acaba de pasar con su vestido de lentejuelas- buscando ya clientes que llevarse
a la boca. Por no decir otro sitio. Algún cliente ansioso la espera. O Jacinto,
ya tambaleándose de buena mañana. Varias copas de orujo en el cuerpo y ahora
buscando colillas por el suelo de la avenida. Desde que se murió Graciela -su
argentina- no ha podido levantar cabeza. Pobre hombre. Y es que estar aquí
prácticamente todo el día y todos los días, dan para muchas historias. Hasta
que Katya termine en el restaurante y venga a recogerme. Espero que no se
olvide como la última vez y termine en Comisaría.
Por
ahí viene el Músico. Preparado a dar la serenata con su violín hasta las
tantas. Me pone de los nervios. Total, para recoger diez o quince euros. Es que
hay que ver lo mal que toca. Digo yo, qué con lo joven que es, ya se podía
buscar otro trabajo mejor. Estudiantes…
Dña.
Eustaquia se acerca con su caniche. No me fiaría yo mucho. Me ladra y si no
tengo cuidado -o su dueña más bien- no veo el amanecer. Unos bancos más allá,
se reunirá con D. Rodrigo. Que ya la estará esperando. Merendar y calentarse
las manos. Se les ve felices juntos. Por no hablar de Laura y Javi. ¡Qué bonito
es el amor a los dieciocho! Aunque estos días la veo yo a ella con una tripita
que no sé yo. Comiendo pipas van. Entre beso y beso.
Empieza
a hacer frío. Roque ha salido a pasear a su nieto. Ya va comiéndose un helado
el crío. No me puede ni ver. Como me descuide me lo tira y me embadurna de
nata. Esperemos que no se le ocurra. O tirarme una piedra. Que el niñato es
capaz de todo. Y D. Roque riéndole las gracias.
Uy y
D. Iván y Serafín. Por ahí se acercan. No pueden disimular su amor. Viudos los
dos y tan enamorados. Eso sí sin cogerse de la mano ni acercarse mucho.
Hablándole de las pensiones al chaval -Serafín, el más joven ya bo cumple
sesenta y D. Iván andará cojeando por los sesenta y cinco. Rosario es mi chica
preferida. Por ahí se acerca con sus tacones de aguja. Es la Gran Vedette del
“Savoy” Dicen que canta como los ángeles. Siempre que pasa a mi lado me sonroja
con sus piropos y su coqueteo. Es una dulzura de mujer.
En
fin, así paso el rato. Ya va oscureciendo. A ver si Katya hoy no se entretiene
con algún cliente baboso y me dan aquí las tantas. Tieso me quedo algún día.
El
que faltaba para terminar. El Doroteo hecho un pincel, buscando víctimas. Ya
irá de retirada. Unas cuantas carteras se habrá metido en la bolsa del
Carrefour. Y algún móvil. No se fija mucho en mi porque si no, cualquiera sabe.
Yo de ustedes miraría bien si aún siguen sus carteras entre sus pertenencias.
Nunca se sabe del Doroteo.
Que
ustedes descansen se diviertan y pasen buenas noches. Miren, ya se acerca
Katya. Hoy no se ha retrasado mucho. Su sonrisa ilumina este paseo y da
felicidad a este loro que les habla. ¡Hasta mañana!
El corazón
Llegas a la playa y, mientras caminas a la orilla buscando hueco, ya te has quemado a base de bien los pies. Todo por no llenar de arena las chanclas nuevas. Al volver tendrás que pasarte por urgencias. Eso sí, cargas con las sillas, la sombrilla, la neverita -un decir, aquello parece más un congelador de atunes de Noruega- la parienta, los niños, los dos sobrinos y otro niño que no sabemos muy bien de dónde ha salido. A la vuelta, preguntaremos. Todo dispuesto y, de repente, te encuentras con este corazón abandonado en la arena. Te da "yuyu" tocarlo, y alejas a toda la prole para que no lo vayan a pisar. Lo observas detenidamente. Sin duda, ha tenido que dormir allí. No está ya ni rojo. La marea ha debido chuparle toda la sangre. Negro y algo agrietado. No, no palpita. Debe estar muerto. Y se te ocurre meterlo en la nevera junto a la ensaladilla, el gazpacho, los boquerones en vinagre, el estofado de ternera y la sandía.
Lo envuelves en papel de aluminio y respiras hondo. Menos mal que la parienta ya está con su libro “Dieta saludable” y no se percata de la acción. Enciendes la radio y te relajas escuchando a José L.Perales. Lo ves a lo lejos. Parece un espectro. Blanco como una pared atormentada de cal. Va preguntando a la gente. Ha debido perder algo.
Alto, desgarbado y joven. Veintialgo. Parece un cadáver. Más vale que se tumbase y cogiera algo de sol. Camina como un espectro, tropezando con sus pies, y sin apenas fuerzas. Se te acerca y con voz de pájaro en trance, te pregunta si no has visto un corazón. Que lo perdió anoche cuando su novia lo abandonó por un señor casado, veinte años mayor que ella y calvo. Eso sí forrao de pasta. “Cosas de la vida” susurra tan afligido, que dan ganas de acercarle el cubata que te estás bebiendo. Seguro que es su corazón. Abres la nevera y se lo enseñas. Si, sin duda es de él. Lo coge con cuidado y se lo coloca en el centro de su pecho. Entre cavidades sanguinolentas. Sonríe. Te da las gracias mientras comienza a respirar con desahogo. Ves cómo se aleja despacio, meditabundo, extraño.
Apagas la radio y miras al sol y al mar. Te quedas pensativo y llegas a la conclusión que es difícil entender a la gente joven cuando ya has superado esa etapa. Te acercas a la orilla y te mojas los pies. La parienta se va de paseo con los niños. Un perro famélico y sin dueño va tras ellos.
Hoy la playa está muy extraña,
piensas.
La rosa
Noche de viernes

Apenas había gente en el pub. Se acercaban las once en una noche otoñal, con nubes de plomo, y una luna menguante que tiritaba de frío. Se sentó en el taburete de la barra y pidió la marca de su güisqui preferido con mucho hielo. Javier, el camarero, la obsequió con su sonrisa cómplice, tal y como solía hacer todos los viernes. Se miró en el espejo que tenía enfrente, tras la barra. Sonrió con cierta tristeza al verse reflejada en el. Estaba cansada pero no le apetecía quedarse encerrada en casa. Saboreo el güisqui y cruzó las piernas desafiantes, con sensual arrogancia. La suave melodía que vibraba en el local dibujó en sus párpados una playa con palmeras y un mar malva en sosiego. No lo vio aproximarse.
Se sentó a su lado y le sonrió mientras le daba las buenas noches. Nunca lo había visto. Esbelto, con buen porte, y un rostro de afilada mandíbula. Su olor varonil se mezcló con el sabor del güisqui embriagándola. Se sonrieron. Se acariciaron sin tocarse. Su voz se posó en sus oídos con la fuerza de un viento caliente, abrasador. La química comenzó a fluir en sus cuerpos con una energía que electrizaba el ambiente. Vibraban al unísono, mientras los vasos con whisky se apoderaban de sus estómagos. Ella sonreía ante su conversación. Amena, divertida, ocurrente. Estaba disfrutando de la noche. Y el misterioso joven, velaba por sus sueños. La noche se crecía ante ellos diluyendo vapores etílicos en la ya congestionada atmósfera del pub. Él, cogió su mano y se acercó a su cuerpo, hacia sus labios. El beso explotó acelerando la adrenalina de sus cuerpos. Se desearon hasta desfallecer en un extasiado orgasmo.
Cuando él propuso ir a su apartamento, ella no lo dudó. Sentada en su auto, volvieron a entrelazar sus deseos. Esta vez, con mayor ardor. Mientras viajaba por la ciudad ella escuchaba su voz, sus risas, su sensual virilidad. Creyó estar flotando por un asfalto de estrellas. Era su noche. El sueño de aquella noche de viernes. Los besos se derretían mientras sudaban deseo dentro del ascensor. Al llegar al apartamento, el calor de sus cuerpos ya batallaban por encender hogueras entre sus piernas.
Él encendió la luz y ella se extrañó al ver aquella mujer sentada en el sofá, frente al televisor. Dejo de abrazar al cuerpo de sus sueños. La sala aparecía en un blanco y negro frío, ajado. Con los rulos puestos, una bata de un azul descolorido, las pantuflas de un rosa deslucido y los gruesos calcetines blancos caídos sobre los tobillos, comía palomitas sin dejar de mirar la televisión. Ella se acercó y cogió sus manos. Estaban frías, sin brillo. Miró sus ojos. Eran sus ojos. Una lágrima resbalaba por su mejilla. La misma lágrima que caía también rodeando sus labios. En el frío de aquella sala, las estrellas no sonreían.
Se asomó a la ventana y dejó que el aire de la noche apagase
el
fuego de su cuerpo. Volvió al sofá y continuó viendo
aquella película romántica en blanco y negro. Las palomitas
se habían enfriado de repente. Los sueños se
desvanecieron
vacíos,
cayendo
rancios sobre las baldosas desnudas.
Presencia
Cuando Gladys entró en casa y vio sentado en el sofá del
comedor a un joven al lado de su marido ni se inmutó. Estaba demasiado cansada
y entre sus manos portaba una docena de bolsas del hiper que ansiaba abandonar
a su suerte en la cocina. Eso sí, besó a su esposo y dirigió un desinteresado
buenas tardes al desconocido. El joven sucumbió a su saludo esforzando una
sonrisa tímida en sus labios. Carlos le ayudó a repartir el contenido de las
bolsas entre los estantes de la atiborrada cocina.
- ¿Se quedará a cenar?- preguntó ella mientras descargaba una bolsa de patatas sobre un armatoste atiborrado de berenjenas, coles de Bruselas y tomates sudados.
- Ni idea. No
sé quién es.
- Pues habrá
que preguntárselo- señaló Gladys mientras luchaba con un pulpo atrapado en las
redes de sus manos.
Aceptó la invitación con un ligero temblor de su cabeza en forma de cumplido. Vestía unos tejanos robados a un camino con gravilla y manchas de aceite, una camisa de cuadros de leñador de un Canadá con roedores danzarines, zapatillas de correcaminos exhausto y se acariciaba el pelo rizado con suma delicadeza. Era más bien alto, de una piel blanca manchada por una leche nórdica y edulcorada con pequeñas pecas sobre su cara insulsa. No era atractivo, pero tampoco anodino. Había que reconocer que explotaba en una delicadeza que embotaban los sentidos; sus modales se desparramaban en una filosófica forma de relajación oriental. Uno se sentía cómodo en su observación: daba cierto regusto en el paladar mirar su semblante, sus ensortijados rizos pelirrojos, su puntiaguda y afilada nariz, sus diminutas y resecas orejas para acabar nadando en sus ojos pardos con tintineo de estrellas.
- ¿Le preguntamos quién es? –susurró Gladys a un Carlos que soñaba con sirenas de pechos abundantes en un mar de orquídeas tras una dura jornada de trabajo.
- No, mejor no
le molestamos. Lleva ahí sentado desde que llegué y aún no ha dicho esta boca
es mía. Déjalo, estará algo cohibido.
Hacía frío en las noticias de la televisión. Sentados los tres alrededor de una mesa de comedor con búcaro, comenzaron a degustar un pulpo humillado en una salsa de tomate. Gladys ofreció pan al invitado mientras devanaba sus andanzas diarias en la oficina de paredes malvas. Su esposo mojaba el pan en la salsa torturada sin apenas prestarle atención. Ella acariciaba la sonrisa del extraño personaje que comía hambriento sin despegar los ojos de sus palabras. Atento si que era.
- ¿Le apetece una naranja?- preguntó Gladys mirando exhaustivamente al sujeto.
El joven aceptó con la misma sonrisa embobada en su boca
de dientes alcanforados y el ya conocido y suave movimiento de cabeza.
Carlos encendió un pitillo tras los postres. No debió hacerlo. El pobre muchacho comenzó a explotar en una tos ardionda que palideció los semblantes del matrimonio. Se ahogaba. Carlos apagó inmediatamente el cigarro y ofreció agua al enrojecido paciente. El reloj escupió doce alegres campanadas mientras por el pasillo se escuchaban las zapatillas con coliflores en forma de cordones de una quinceañera con polen de hachis en los ojos. Miranda besó a sus padres y saludó al extraño clavándole una mirada de pájaros revueltos. Observó detenidamente con deseo juvenil su cuerpo apaciguado en el mullido sofá.
- ¿Has cenado ya, hija?- preguntó Gladys sin dejar de observar como descuartizaban a una virgen sodomizada en una sangrienta escena de película televisiva.
- No tengo hambre. Me comeré unos bombones de la caja que nos regaló la abuela. ¿usted quiere?- ofreció Miranda al extraño con la mejor y gaseosa de sus sonrisas. Aceptó, sonriente.
La televisión se desconectó y el matrimonio se retiró a su habitación mientras el invitado amoldaba su cuerpo a la largaría del sofá. Miranda se deslizó hacía su habitación con la boca llena de bombones mientras hablaba desde el móvil rosado con el traficante de su corazón.
Al amanecer desayunó con ellos ojeando una revista de arte y decoración que le había servido de mullida almohada durante la noche. Las prisas aconsejaron a Carlos y Gladys abandonar el hogar sobre las ocho de la mañana. Miranda escapó con el móvil hablante sobre las nueve. Y él encendió el ordenador en la sala de estudios.
Se acostumbraron a su presencia, a sus sonrisas de nieve derretida. Las comidas se sucedían y ellos contaban la vida según la veían pasar. El extraño personaje se acariciaba los ojos mientras compartía los silencios. Durante semanas aquella presencia pelirroja amanecía y anochecía con ellos. Apenas daba trabajo a una Gladys que mimaba su pecho lechoso con suaves miradas maternas. Nadie preguntaba nada. Estaba allí y era bien acogido.
Llegó el buen tiempo en forma de una primavera con gladiolos danzantes bajo música de jazz caliente. Miranda lo había dejado por imposible. Había intentado untarlo con su seductora mantequilla pero él - sin dejar de sonreír- apenas había volcado un deseo desde su corazón. ¡Ni siquiera dejó que se la chupara! Exhausta lo adjuntó al comedor como un mueble más y continuó comiendo bombones mientras hablaba por el móvil con el más allá cercano. Carlos continuó llegando a casa tras la caída de las veinte horas en el reloj de pared. Y él, el extraño habitante, seguía allí sentado dejándose crecer los rizos en una cascada rojiza que hacía temblar los geranios del balcón. Ayudaba y mucho en las tareas domésticas. Gladys se sorprendió que supiese planchar, poner lavadoras, tender la ropa, y sacar el polvo orillado en los rincones más tristes de la casa. Era perfecto. Hasta su desaparición a comienzos de un caluroso verano.
Aquella mañana, al despertarse, el feliz matrimonio observó con un temblor en el vientre que se había evaporado. Su plato con cereales con miel quedó intacto en la cocina. Y el hueco horadado durante todo este tiempo en el sofá quedó vacío en un frágil descubierto.
Se miraron
extrañados. Durante días esperaron el momento mágico de su aparición. A las
pocas semanas se olvidaron por completo de su existencia.
Pacientemente
Con ese palo aceitoso, grabas su nombre en la arena de la playa, y esperas pacientemente a que el agua borre su nombre. Tan pacientemente ...
-
La iglesia olía a jazmines, a rosas, a bergamota. Sonaba la música mientras ellos dos, frente al altar se miraban sonrientes. La abarrotad...
-
Con ese palo aceitoso, grabas su nombre en la arena de la playa, y esperas pacientemente a que el agua borre su nombre. Tan pacientemente ...
-
La bombilla del rellano de la puerta aparecía fundida. Intentó colocar la llave en la cerradura sin apenas éxito. Buscó en su bolso un encen...









