El corazón


 

Llegas a la playa y, mientras caminas a la orilla buscando hueco, ya te has quemado a base de bien los pies. Todo por no llenar de arena las chanclas nuevas. Al volver tendrás que pasarte por urgencias. Eso sí, cargas con las sillas, la sombrilla, la neverita -un decir, aquello parece más un congelador de atunes de Noruega- la parienta, los niños, los dos sobrinos y otro niño que no sabemos muy bien de dónde ha salido. A la vuelta, preguntaremos. Todo dispuesto y, de repente, te encuentras con este corazón abandonado en la arena. Te da "yuyu" tocarlo, y alejas a toda la prole para que no lo vayan a pisar. Lo observas detenidamente. Sin duda, ha tenido que dormir allí. No está ya ni rojo. La marea ha debido chuparle toda la sangre. Negro y algo agrietado. No, no palpita. Debe estar muerto. Y se te ocurre meterlo en la nevera junto a la ensaladilla, el gazpacho, los boquerones en vinagre, el estofado de ternera y la sandía. 

Lo envuelves en papel de aluminio y respiras hondo. Menos mal que la parienta ya está con su libro “Dieta saludable” y no se percata de la acción. Enciendes la radio y te relajas escuchando a José L.Perales. Lo ves a lo lejos. Parece un espectro. Blanco como una pared atormentada de cal. Va preguntando a la gente. Ha debido perder algo. 

Alto, desgarbado y joven. Veintialgo. Parece un cadáver. Más vale que se tumbase y cogiera algo de sol. Camina como un espectro, tropezando con sus pies, y sin apenas fuerzas. Se te acerca y con voz de pájaro en trance, te pregunta si no has visto un corazón. Que lo perdió anoche cuando su novia lo abandonó por un señor casado, veinte años mayor que ella y calvo. Eso sí forrao de pasta. “Cosas de la vida” susurra tan afligido, que dan ganas de acercarle el cubata que te estás bebiendo. Seguro que es su corazón. Abres la nevera y se lo enseñas. Si, sin duda es de él. Lo coge con cuidado y se lo coloca en el centro de su pecho. Entre cavidades sanguinolentas. Sonríe. Te da las gracias mientras comienza a respirar con desahogo. Ves cómo se aleja despacio, meditabundo, extraño. 

Apagas la radio y miras al sol y al mar. Te quedas pensativo y llegas a la conclusión que es difícil entender a la gente joven cuando ya has superado esa etapa. Te acercas a la orilla y te mojas los pies. La parienta se va de paseo con los niños. Un perro famélico y sin dueño va tras ellos. 

Hoy la playa está muy extraña, piensas.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Pacientemente

  Con ese palo aceitoso, grabas su nombre en la arena de la playa, y esperas pacientemente a que el agua borre su nombre. Tan pacientemente ...