Te acercaste a ella temeroso. Tus manos temblaban. Había tanta belleza en ella que tu estómago se encogió. Miraste el sol cegado y cogiste las tijeras de podar. En tu frente, comenzaron a brotar gotas de sudor. Lo hiciste. Cortaste la rosa que ahora yacía en tu mano
¡Era tan hermosa! La sangre te manchó las manos. La rosa palideció y tú te envolviste en su dolor.
Ahora eras tú el que sangrabas. Hasta caer rendido en la muerte de su intratable belleza

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