Noche de viernes


 

Apenas había gente en el pub. Se acercaban las once en una noche otoñal, con nubes de plomo, y una luna menguante que tiritaba de frío. Se sentó en el taburete de la barra y pidió la marca de su güisqui preferido con mucho hielo. Javier, el camarero, la obsequió con su sonrisa cómplice, tal y como solía hacer todos los viernes. Se miró en el espejo que tenía enfrente, tras la barra. Sonrió con cierta tristeza al verse reflejada en el. Estaba cansada pero no le apetecía quedarse encerrada en casa. Saboreo el güisqui y cruzó las piernas desafiantes, con sensual arrogancia. La suave melodía que vibraba en el local dibujó en sus párpados una playa con palmeras y un mar malva en sosiego. No lo vio aproximarse. 

Se sentó a su lado y le sonrió mientras le daba las buenas noches. Nunca lo había visto. Esbelto, con buen porte, y un rostro de afilada mandíbula. Su olor varonil se mezcló con el sabor del güisqui embriagándola. Se sonrieron. Se acariciaron sin tocarse. Su voz se posó en sus oídos con la fuerza de un viento caliente, abrasador. La química comenzó a fluir en sus cuerpos con una energía que electrizaba el ambiente. Vibraban al unísono, mientras los vasos con whisky se apoderaban de sus estómagos. Ella sonreía ante su conversación. Amena, divertida, ocurrente. Estaba disfrutando de la noche. Y el misterioso joven, velaba por sus sueños. La noche se crecía ante ellos diluyendo vapores etílicos en la ya congestionada atmósfera del pub. Él, cogió su mano y se acercó a su cuerpo, hacia sus labios. El beso explotó acelerando la adrenalina de sus cuerpos. Se desearon hasta desfallecer en un extasiado orgasmo

Cuando él propuso ir a su apartamento, ella no lo dudó. Sentada en su auto, volvieron a entrelazar sus deseos. Esta vez, con mayor ardor. Mientras viajaba por la ciudad ella escuchaba su voz, sus risas, su sensual virilidad. Creyó estar flotando por un asfalto de estrellas. Era su noche. El sueño de aquella noche de viernes. Los besos se derretían mientras sudaban deseo dentro del ascensor. Al llegar al apartamento, el calor de sus cuerpos ya batallaban por encender hogueras entre sus piernas.

Él encendió la luz y ella se extrañó al ver aquella mujer sentada en el sofá, frente al televisor. Dejo de abrazar al cuerpo de sus sueños. La sala aparecía en un blanco y negro frío, ajado. Con los rulos puestos, una bata de un azul descolorido, las pantuflas de un rosa deslucido y los gruesos calcetines blancos caídos sobre los tobillos, comía palomitas sin dejar de mirar la televisión. Ella se acercó y cogió sus manos. Estaban frías, sin brillo. Miró sus ojos. Eran sus ojos. Una lágrima resbalaba por su mejilla. La misma lágrima que caía también rodeando sus labios. En el frío de aquella sala, las estrellas no sonreían.  

Se asomó a la ventana y dejó que el aire de la noche apagase el fuego de su cuerpo. Volvió al sofá y continuó viendo aquella película romántica en blanco y negro. Las palomitas se habían enfriado de repente. Los sueños se desvanecieron vacíos, cayendo rancios sobre las baldosas desnudas. 


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