Cuando Gladys entró en casa y vio sentado en el sofá del
comedor a un joven al lado de su marido ni se inmutó. Estaba demasiado cansada
y entre sus manos portaba una docena de bolsas del hiper que ansiaba abandonar
a su suerte en la cocina. Eso sí, besó a su esposo y dirigió un desinteresado
buenas tardes al desconocido. El joven sucumbió a su saludo esforzando una
sonrisa tímida en sus labios. Carlos le ayudó a repartir el contenido de las
bolsas entre los estantes de la atiborrada cocina.
- ¿Se quedará a cenar?- preguntó ella mientras descargaba una bolsa de patatas sobre un armatoste atiborrado de berenjenas, coles de Bruselas y tomates sudados.
- Ni idea. No
sé quién es.
- Pues habrá
que preguntárselo- señaló Gladys mientras luchaba con un pulpo atrapado en las
redes de sus manos.
Aceptó la invitación con un ligero temblor de su cabeza en forma de cumplido. Vestía unos tejanos robados a un camino con gravilla y manchas de aceite, una camisa de cuadros de leñador de un Canadá con roedores danzarines, zapatillas de correcaminos exhausto y se acariciaba el pelo rizado con suma delicadeza. Era más bien alto, de una piel blanca manchada por una leche nórdica y edulcorada con pequeñas pecas sobre su cara insulsa. No era atractivo, pero tampoco anodino. Había que reconocer que explotaba en una delicadeza que embotaban los sentidos; sus modales se desparramaban en una filosófica forma de relajación oriental. Uno se sentía cómodo en su observación: daba cierto regusto en el paladar mirar su semblante, sus ensortijados rizos pelirrojos, su puntiaguda y afilada nariz, sus diminutas y resecas orejas para acabar nadando en sus ojos pardos con tintineo de estrellas.
- ¿Le preguntamos quién es? –susurró Gladys a un Carlos que soñaba con sirenas de pechos abundantes en un mar de orquídeas tras una dura jornada de trabajo.
- No, mejor no
le molestamos. Lleva ahí sentado desde que llegué y aún no ha dicho esta boca
es mía. Déjalo, estará algo cohibido.
Hacía frío en las noticias de la televisión. Sentados los tres alrededor de una mesa de comedor con búcaro, comenzaron a degustar un pulpo humillado en una salsa de tomate. Gladys ofreció pan al invitado mientras devanaba sus andanzas diarias en la oficina de paredes malvas. Su esposo mojaba el pan en la salsa torturada sin apenas prestarle atención. Ella acariciaba la sonrisa del extraño personaje que comía hambriento sin despegar los ojos de sus palabras. Atento si que era.
- ¿Le apetece una naranja?- preguntó Gladys mirando exhaustivamente al sujeto.
El joven aceptó con la misma sonrisa embobada en su boca
de dientes alcanforados y el ya conocido y suave movimiento de cabeza.
Carlos encendió un pitillo tras los postres. No debió hacerlo. El pobre muchacho comenzó a explotar en una tos ardionda que palideció los semblantes del matrimonio. Se ahogaba. Carlos apagó inmediatamente el cigarro y ofreció agua al enrojecido paciente. El reloj escupió doce alegres campanadas mientras por el pasillo se escuchaban las zapatillas con coliflores en forma de cordones de una quinceañera con polen de hachis en los ojos. Miranda besó a sus padres y saludó al extraño clavándole una mirada de pájaros revueltos. Observó detenidamente con deseo juvenil su cuerpo apaciguado en el mullido sofá.
- ¿Has cenado ya, hija?- preguntó Gladys sin dejar de observar como descuartizaban a una virgen sodomizada en una sangrienta escena de película televisiva.
- No tengo hambre. Me comeré unos bombones de la caja que nos regaló la abuela. ¿usted quiere?- ofreció Miranda al extraño con la mejor y gaseosa de sus sonrisas. Aceptó, sonriente.
La televisión se desconectó y el matrimonio se retiró a su habitación mientras el invitado amoldaba su cuerpo a la largaría del sofá. Miranda se deslizó hacía su habitación con la boca llena de bombones mientras hablaba desde el móvil rosado con el traficante de su corazón.
Al amanecer desayunó con ellos ojeando una revista de arte y decoración que le había servido de mullida almohada durante la noche. Las prisas aconsejaron a Carlos y Gladys abandonar el hogar sobre las ocho de la mañana. Miranda escapó con el móvil hablante sobre las nueve. Y él encendió el ordenador en la sala de estudios.
Se acostumbraron a su presencia, a sus sonrisas de nieve derretida. Las comidas se sucedían y ellos contaban la vida según la veían pasar. El extraño personaje se acariciaba los ojos mientras compartía los silencios. Durante semanas aquella presencia pelirroja amanecía y anochecía con ellos. Apenas daba trabajo a una Gladys que mimaba su pecho lechoso con suaves miradas maternas. Nadie preguntaba nada. Estaba allí y era bien acogido.
Llegó el buen tiempo en forma de una primavera con gladiolos danzantes bajo música de jazz caliente. Miranda lo había dejado por imposible. Había intentado untarlo con su seductora mantequilla pero él - sin dejar de sonreír- apenas había volcado un deseo desde su corazón. ¡Ni siquiera dejó que se la chupara! Exhausta lo adjuntó al comedor como un mueble más y continuó comiendo bombones mientras hablaba por el móvil con el más allá cercano. Carlos continuó llegando a casa tras la caída de las veinte horas en el reloj de pared. Y él, el extraño habitante, seguía allí sentado dejándose crecer los rizos en una cascada rojiza que hacía temblar los geranios del balcón. Ayudaba y mucho en las tareas domésticas. Gladys se sorprendió que supiese planchar, poner lavadoras, tender la ropa, y sacar el polvo orillado en los rincones más tristes de la casa. Era perfecto. Hasta su desaparición a comienzos de un caluroso verano.
Aquella mañana, al despertarse, el feliz matrimonio observó con un temblor en el vientre que se había evaporado. Su plato con cereales con miel quedó intacto en la cocina. Y el hueco horadado durante todo este tiempo en el sofá quedó vacío en un frágil descubierto.
Se miraron
extrañados. Durante días esperaron el momento mágico de su aparición. A las
pocas semanas se olvidaron por completo de su existencia.

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