Sensaciones


 

Se despertó con la lluvia de abril golpeando con suavidad el tejado. Miró hacia la ventana y se acomodó rebujada bajo las sábanas. Disfrutaba viendo caer aquellas débiles gotas sobre el cristal; como formaban leves riachuelos cristalinos sobre él. Una placidez superna iluminó su despertar. Se sentía feliz, serena, bella. Sonó el despertador. Había que levantarse. Oyó ruidos en la cocina y se extrañó. Su hijo había llegado al amanecer y era raro que estuviese ya levantado.
Se miraron intensamente en un intervalo encumbrado, pero secuencialmente escaso en segundos.
 
- Hola, soy Alberto. Amigo de su hijo. –Respondió con una voz ronca, trasnochada, somnolienta.

- ¿La he despertado? Lo siento.
 
No, no la había despertado. Sonrió. Preparó café y tostadas. Se sentía observada, extrañamente acariciada, voluble en sensaciones. Seguía lloviendo con escasez.

-Te has despertado muy pronto. –Indagó ella mientras servía sobre la mesa dos tazas de café con tostadas.

- Suelo dormir poco. –Respondió él agradeciendo el café.

Continuaban escudriñándose con pasión envolvente. Ella seguía intentando mirar la ventana, la lluvia. Pero algo le impedía hacerlo. Aquel joven emanaba una belleza espléndida, una seguridad extasiada, una plenitud sin tapujos ni pudor. No podía evitar sentirse incómoda pero extrañamente feliz ante su presencia.


- ¿Conoces a mi hijo hace mucho tiempo?
- No, no mucho. Solo un par de semanas –Alberto saboreaba el café mientras rellenaba las tostadas con mermelada de arándanos- Suficiente.
- ¿Suficiente? - preguntó ella con interés.
- Suficiente para quererlo.
- Ya. –Su respuesta sonó lacónica, pero ella no quería mostrarse especialmente interrogativa.

Había magia en sus manos. Dedos largos, fuertes, pero con seda sobre sus huesos. Hubiera deseado tocarlos, saborearlos, humedecerlos con sus labios.


Su boca ofrecía unos labios gruesos, sensuales. Un pelo excesivamente corto, semirapado, ofrecía la visión de una frente hermosa, apacible. Tendría unos 25 ó 26 años. Como su hijo. Pero por encima de todo: sus ojos. Violentos, cortantes; de una densidad inquieta pero dulce, almibarados en su interior zafirino. De un azul verdoso, sabio, sensual, radiante.

Sonrió. No, su hijo no tenía mal gusto. Había acertado con la elección. Un cuerpo fibroso sobre un metro ochenta agradable, bello. Con aquellos ojos de océano inquieto, en marejada.


Había cesado de llover. Un sol tímido despedía la oscuridad mostrando unos asténicos rayos de sol. Salieron al jardín. El vigoroso aroma de la hierba mojada, la densa fragancia de los rosales -aromatizada en sabores- les despejó por completo. Él rozó sus manos mostrando calidez. Ella no lo rehuyó. Deseaba sentir aquellas manos cálidas, suaves. Sonrió. Una mirada lúbrica se posó sobre su cuerpo. Él se acercó más aún a su cuerpo depositando un beso en su mejilla. Ella cogió su mano y cerró los ojos. Sabía que él besaría sus labios, su boca, que comería cada jirón de su piel cándida y haría de ella una silueta inmensamente feliz. Subieron a su habitación. El sol nacía ya resplandeciente.


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