Tenía hambre. Abrió el bote de melocotón en almíbar que encontró en el armario. Nerviosa y con las manos temblando, buscó el abrelatas. Doce piezas. Con ansia, se metió de dos en dos cada una de las porciones de melocotones. El almíbar se deslizaba por sus labios con lascivia, manchando su pulcra camisa blanca. No le importaba. Al terminar se sintió hinchada. Subió corriendo las escaleras. Al llegar al cuarto de baño, se colocó los dedos en la boca hasta llegar a su garganta. El almíbar y los trozos de melocotón salían con virulencia de su estómago.
Tras vomitar se miró en el
espejo. Demacrada, sucia, con el morado maquillando el color de su cara, se vio
atrapada en su ataúd, escucho el llanto de sus padres y el de su hermano
pequeño.
El olor de los gladiolos
blancos inundó su cuerpo nauseabundamente. Al caer la tierra sobre la caja de
caoba, gritó. Bajó corriendo las escaleras llorando mientras en alaridos
exclamaba: ¡Mamá, ayúdame!
Hoy su bello y cotizado
rostro es portada de Vogue. Mañana sus fornidas y esbeltas formas levantarán
suspiros de deseo en las pasarelas de Milán.

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