Viaje a París


 



- ¿Tienes los billetes? - preguntó él mientras se afanaba en colocarse derecho un revoltoso nudo de corbata
-Sí, cariño. No agobies más. Está todo –le contestó ella observando el rojo intenso de sus labios recién pintados en el espejo del cuarto de baño.
-Bueno, pues salgamos ya que vamos a llegar con el tiempo justo.

Un fin de semana para ellos solos. Por fin, ese viaje a Paris tantas veces postergado en el tiempo. Por fin, el adiós a la rutina, al invierno plomizo, al cansancio del despertador ¡París siempre en primavera! ¡París!

Carlos y Andrea, dueños de un matrimonio cotidiano, con trabajos alienantes y horarios apretujados, sin apenas tiempo para besos robados ni emociones en los sueños. Máquinas de hacer dinero en un directorio de ambiciones empresariales con capitalismo de celofán en sus riñones. Pero por fin, huir. Desconectar de todo. Apagar los móviles ardientes y enfriar el champagne en una cubitera de deseos. La luz, a la vuelta de las nubes.
El chalet de la urbanización quedaba en custodia de los padres de ella: D. Eusebio y Dña. Clotilde. No había porqué preocuparse.

- ¿Tú crees? - dijo ella días atrás.
-Estarán bien. Ya sabes cómo disfrutan viendo la televisión. Y más ahora.
-Bien, sí tú lo dices.

Él lo decía. Y era cierto. No tenían por qué preocuparse. Carlos había comprado un radiante televisor con un millar de pulgadas. Había instalado infinidad de canales mareantes y el mando a distancia capaz de mover La Luna a su antojo, estaba ya en manos de los dos ancianos.

Darle a una tecla y aquellos dos septuagenarios contemplarían la brillantez esmeralda de los rayos catódicos. Canales de naturaleza salvaje, deportes con fútbol y la meteorología en Katmandú para él. Cocina y salud, moda y belleza, telenovelas y películas años cuarenta para ella. Los canales porno por mucho que los buscaran, no los encontrarían.
De nueve a nueve, allí pegados, frente al televisor. Sí, no había porqué preocuparse.

Cerraron la puerta no sin antes echar una última mirada. Los dos ancianos no pestañeaban frente a un reportaje sobre el apareamiento de los colibríes.
París les esperaba. El resto era secundario. Se despidieron con toda clase de advertencias mientras los dos ancianos se apoderaban con sonrisas en los labios de aquellas dos deseadas plumíferas butacas.

Se sirvieron las cervezas prohibidas, los licores de frambuesa, la crema al whisky y el vino con reservas. Bajaron las persianas y allí, en penumbra, buscaron su París particular frente al televisor atómico.

Como unos quinceañeros liberados en el hogar paterno, los dos ancianos, recrearon sus sueños postergados. La casa era suya esos días. ¡A la mierda el colesterol, el azúcar, la hipertensión, los triglicéridos y el centenar de píldoras multicolores! Beber y saciarse de las fuentes prohibidas hasta caer moribundos en la alfombra de hilos persas.

Ella se apoderó del vestido magenta de su hija qué tanto le gustaba y de los zapatos de tacón de aguja roja. Él se vistió con el Armani azul de su yerno, se apoderó de sus vistosas corbatas con Versace en la etiqueta y recrearon –en un Folies Bergère imaginario- una fiesta de cabaret imaginario frente a un televisor con vídeos musicales Top90. Bailaron tangos a ritmo de hip-hop, pasodobles bajo tonos de música trance y boleros románticos escuchando a Shakira. Esa noche, no apagaron las luces a las nueve de la noche. Algo embriagados por los licores alcohólicos, pidieron una cena opípara a un restaurante con muchos tenedores en su carta. Dña. Clotilde, en su búsqueda detectivesca por los cajones de su yerno, había encontrado una ajada tarjeta dorada de crédito con una fina capa de polvo de estrellas junto a un post-it vetusto sin color definido. El banco lo aceptaba todo y si había que falsificar la firma no era nada complicado. Total, tres garabatos.

Pero el mejor hallazgo de la noche fue un canal de teletienda. Todo estaba allí. No había más que dar los números borrosos de aquella tarjeta. No era Navidad, ni época de rebajas, pero París bien valía un sueño. Teclearon números de teléfonos solicitando una batería de cocina última generación, un abrigo de visón, un ordenador personal, siete jamones pata negra, una colección de cd´s de Antonio Machín, dos cuadros de majas desnudas en 3D, tres latas de kilo de caviar beluga, una estatua ecuestre de dos metros de altura (el jardín, según Dña. Clotilde, estaba muy soso) dos caniches en estado de lactancia, tres juegos de lencería de Victoria´s Secret, dos mantas nórdicas (D. Eusebio siempre se quejaba de las noches frías), cuatro maletas con combinación ultrasónica, una minicadena de sonoros vatios. No había forma de pararlos. Continuaron sin descanso solicitando trajes de caballero, vestidos, perfumes. Hasta que ella, encontró una maravillosa tienda de joyas. No pudo resistirse a la tentación. Por sus ojos desfilaban gargantillas, pendientes, collares, pulseras. También él ríó de lo lindo al pedir unos gemelos de oro, dos Smartphone última generación, una docena de corbatas de seda natural, cuatro pijamas de la firma Karl Lagerfield, la pitillera de plata y el reloj Cartier.

El ruido de las incontables furgonetas de reparto les despertó el sábado por la mañana. Aún doloridos por los bailes, y con cierta resaca pegajosa en el embotado cerebro, aquellos dos ancianos nerviosos de felicidad comenzaron a recibir todas las pertenencias compradas la noche anterior. ¿Quién había comprado aquellos dos horribles jarrones chinos? ¿Y el Burka de diseño italiano? ¿El juego de té tailandés? ¿Y la horripilante y rubia muñeca hinchable? No importaba. Todo era bien venido.

Su felicidad era tal, que no tenían manos suficientes para desembalar tanta caja, tanto deseo cumplido. En el salón se amontonaban cientos de cajas de todos los tamaños y colores, entre un desaguisado de platos con comida, vasos y botellas con olor a caramelo y algún puro aún humeante

-Teníamos que haber comprado un árbol de Navidad con muchas luces- dijo él.
-Bah, no importa. Es marzo. - comentó ella ufana y sonriente ante la pila de objetos adquiridos.

A las nueve de la noche, apagaron el televisor. Habían encontrado un restaurante de cientos de tenedores en plata en las páginas amarillas y se preparaban para recrear una romántica velada de sábado. También alquilaron una limousine de cristales tintados que les recogió con puntualidad germánica a las 21.30 horas.

Ella lucía un traje chaqueta estilo emperatriz Sissi de corte minimalista adquirido en la Teletienda y él, un smoking de Antonio Miró.
El faisán a la crema de arándanos resultó algo pesado. Pero no dejaron ni los huesos.

Pensaron en los diminutos caniches. La firma de Dña. Clotilde sobre las facturas era perfecta. Ya había adquirido suficiente práctica. Remataron la noche jugando unos cuantos euros en un Casino con salón de baile y Moët Chandon sobre las copas.

El domingo por la mañana no hubo quién los levantara. Ella vomitó parte del faisán (no era cuestión de desperdiciar tan suculento y caro plato) y él necesitó un termo de infusiones reconstituyentes para dejar el tembleque de las manos.

Al mediodía llegaban sus hijos. No había demasiado tiempo. Hicieron las maletas a toda prisa y llamaron al taxi. Los billetes de avión los recogerían en el propio aeropuerto.

Con las manos entrelazadas y saboreando el vino regalo de su posición en FirstClass observaron las nubes de algodón sobre aquel cielo iluminado. A lo lejos vislumbraron otro avión. Y desde la ventanilla creyeron ver dos caras bien conocidas. Les saludaron efusivamente mientras, de sus bocas, despegaba una pícara sonrisa infantil. Si, sin duda alguna, eran sus hijos. Cerraron los ojos al besarse. París les esperaba.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Pacientemente

  Con ese palo aceitoso, grabas su nombre en la arena de la playa, y esperas pacientemente a que el agua borre su nombre. Tan pacientemente ...