Se sentó en el
borde acolchado de la cama frente al armario. Su cara se distorsionaba entre la
longitud de los cuatro espejos del inmenso armario de cuatro cuerpos. Se
observó cansado, agobiado, deshilvanado. Era domingo por la tarde y no tenía
nada que hacer. Su mujer se tragaba una sangrienta película de crímenes
juveniles junto a su hija menor. Leticia, la hija mayor, andaba
junto al imbécil de su novio: un engreído niñato con moto y perilla absurda.
Llovía en los cristales de la ventana y un frío abúlico creaba un vaho
ensimismado sobre ellos.
Continuaba mirándose en los espejos, alejándose minuto a minuto de la realidad. Atravesaba escenas antiguas, imágenes olvidadas. Descubrió su pasado reflejado en su tibia mirada. Los recuerdos se amontonaban en una lucha sin sentido; los descubría olvidados en forma de postales en color sepia y se regocijaba en ellos. Olores antiguos, sabores de juventud. Caricias ya olvidadas se pegaban a su piel con una pasmosa quietud. Había cierta felicidad en la sonrisa que observó sobre la pasarela acristalada del armario.
Cuando su mujer abrió una de las puertas del armario en busca de una rebeca y se encontró a su marido allí metido, en posición fetal y con los ojos cerrados, se quedó paralizada.
- José.... ¡Por Dios!... ¿Qué haces ahí metido? No salía de su asombro, de la alucinante sorpresa. Un histérico vahído se coló en las rendijas de su conciencia. Fue su hija menor quien la socorrió con prontitud.
¿Por qué salir del armario? Allí estaba cómodo. Lo tenía todo. Su pasado, sus recuerdos, su vida. Incluso el mejor de los presentes. A sus 48 años, ya lo había entregado todo. Y, prácticamente, había recibido lo mismo. No, no necesitaba salir. Afuera, hacía frío. Y la vida era fría en cualquier estación del año. Su vida había sido una mera representación. No sentía la luz cálida en su presente. Gris y monótona, se le dibujaba en un lienzo con trazos gruesos, sin sentido. No, allí estaba cómodo. Acariciado en la oscuridad de aquel inmenso y confortable armario.
Aquella noche, fue la sensación del hogar. Su familia se olvidó de la televisión, acercaron sillas al armario y se quedaron entumecidos y absortos observándolo. Hasta el estúpido del novio de Leticia, con una sonrisa pícara en sus bezudos labios, se sentó en una de ellas creciéndose ante el espectáculo.
Avisaron a
Urgencias, a su hermana y a su odioso cuñado. Él, continuaba metido en el
armario. Soñando con la vida que no había podido vivir, recordando la luz de su
niñez, su divertida adolescencia, sus primeros besos, el nacimiento de sus
hijas. La lucha diaria por conseguir el todo de la nada.
En espacio de una
hora, la casa se embutió de gente cómo si de un velatorio se tratase.
Acaso era él, D.José, el señor del 4B ¿el muerto? No podía entender el por qué de tanto alboroto estúpido.
Las horas pasaban esparciendo por la habitación un sopor de impotencia malsana. Hubo quién tras la sorpresa dejó de interesarse y regresó ansioso ante la pantalla del televisor.
En el silencio de
la noche, se retiraron lentamente la mayoría de las sillas.
Leticia y Clara
lloraban apagadamente en sus habitaciones. Su mujer, intentó dormir sobre la
cama con un ojo abierto posado sobre el armario.
Pero
D. José, estaba cómodo. Podía estirar las piernas, extender los brazos. Y
soñar; sentir que aún podía celebrar la vida aunque fuese de aquel
inusitado modo.
Al día siguiente, no fue a trabajar, ni tampoco en los posteriores. Se avisó a un psiquiatra el cuál, acudía todas las tardes. La visita no duraba más de media hora. D. José escuchaba su perorata sin mirarle, sin abrir la boca.
Más tarde, sobre las siete, llegaba el padre Julián y le leía pasajes incomprensibles del Libro de los Muertos. D. José aprovechaba esos capítulos para dormir una plácida siesta.
La comida se la servían en bandeja y él solía abandonar su hueco cómodo para ir al aseo, tomar una ducha relajante y provocar otras necesidades.
No tenía dudas: era feliz allí dentro. Por primera vez, desde hacía mucho tiempo, sonreía en silencio. Sus ojos brillaban con una intensidad desconocida y la oscuridad serenaba sus nervios. Escuchando el sonido de polillas y carcomas -sus compañeras de silencio- saboreando los olores del recuerdo y el horripilante olor a pino qué, su esmerada esposa, colocaba todas las mañanas en las perchas del armario. Pasaba las horas recordando todos los amaneceres de su vida. Las miradas encontradas en sus recuerdos perdidos y hallados en su oscuridad. Lentamente recuperó su fortaleza, sus pensamientos, su vida malgastada en un trabajo oscuro y alienante, su definitiva paz anhelada.
Por supuesto, perdió el trabajo, las amistades, el contacto con el frío mundo exterior. Se alejó del presente absurdo para vivir en su burbuja arborescente. En su armario dichoso.
El psiquiatra, ya
no le atendía a él, dedicaba su corto tiempo a su, cada día, más desquiciada
esposa.
Sus hijas, le visitaban de vez en cuando. Y siempre se despedían llorando. Pero él no lo dudaba. Se sentía cómodo y pletórico. Absurdo en su cotidiana reflexión. Amorosamente pacífico en su anterior interior atormentado. Sin ningún tipo de remordimientos.
Aún continúa allí metido. En el armario. Es inmensamente feliz. Como nunca lo había sido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario