El niño que comía hormigas


 

Se las comía a pares, a puñados. Con ansia. Tal era su afán o su delirio que, con el tiempo, llegó a crear todo un arte culinario con ellas. Bocadillos, cremas, tortillas de patata, estofados de carne, arroces, postres y hasta un sinfín de recetas en las que saborear su rico manjar. Lo recuerda muy bien. 

Todo comenzó en sus visitas dominicales al adosado en el que vivían sus abuelos. El jardín era su edén. Allí, tumbado sobre la hierba o en las losetas, se pasaba horas y horas observándolas. Viéndolas ir y venir, en su ajetreado deambular, y disfrutando al ver como comían las migajas de pan que él les regalaba. La primera vez que se comió una estaba muerta. Curiosidad. Dejó que sus dedos depositarán aquella hormiga en su boca. No le disgustó su sabor. Dulce y agrio, quizás. Probó la segunda y ya no pudo parar. Vivas o muertas. Poco le importaba. Las masticaba con cuidado y su estómago no se resentía. Incluso le daban más hambre. 

Sus padres no descubrieron su secreto hasta su primera indigestión. Tendría 4 o 5 años. Acabó en urgencias. En las radiografías, aparecía su estómago atiborrado de miles y miles de hormigas. Muchas de ellas, flotando en un líquido verdoso que expulsaba en un rabioso desenlace en forma de heces. De nada sirvieron los gritos, los castigos, las duras advertencias de sus padres si seguía en esa senda. Se terminaron las visitas al jardín de los afectados abuelos. De ahí al psicólogo, tan sólo hubo un paso.

Poco le importó. Sus “amigas” aparecían en parques, calles, en múltiples rincones de la ciudad. Escondrijos que él, estudió meticulosamente hasta conocer sus más mínimos detalles. No podía reprimirse. Seguía comiéndolas por cientos, miles. Vomitaba en silencio algunas veces. No quería volver a ser amonestado por la furia de sus padres.

Su segundo ingreso en urgencias fue el día de su primera comunión. Ni los pasteles de crema y nata, ni la tarta de chocolate de tres pisos, le hicieron tanta sensación. Descubrió su oasis en el enorme patio del restaurante en el que celebraron el festejo. Un sol plomizo las abrazaba. Mientras los demás niños jugaban con una pelota o disfrutaban de los columpios o toboganes, él se dedicó a su banquete preferido. No dejo ni una. Tirado en el suelo con su impoluto traje blanco de marinero de gala, le arrebato a la naturaleza un buen millar de ellas. En el hospital, lavaron su estómago con fruición. Fue la sensación de la sala y de medio hospital. No se hablaba de otra cosa entre médicos y enfermeras. El niño que comía hormigas estaba en boca de todos y todas. Su madre a punto estuvo de sufrir un pasmo y su padre, andaba por los pasillos cabizbajo avergonzado. Había que acabar de una vez por todas con aquella sinrazón, meditaba traspuesto.

Su primera novia lo dejó por imposible. No podía soportar aquella malsana manía. Mucho menos tras descubrir un hormiguero en la cama en la que frotaban su amor, su pasión. No pudo hacer nada por retenerla y estaba locamente enamorado de ella. Tendría que andarse con más cuidado en un futuro. Y en ese futuro creció trabajando en la sucursal de un banco, casándose con aquella joven pelirroja de prominentes pechos y verborrea imparable, y trayendo a su mundo dos críos sin ninguna afición por las hormigas. Tampoco sus nietos se dejaron llevar por tal vocación. A sus 59 años y tras separarse de su mujer construyó en su casa, un amago de hormiguero. Se pasaba las horas muertas viendo el trajín de aquellos seres. Aunque para comérselas, prefería salir al jardín. O ir al campo. Los médicos le avisaron: de seguir con su manía, sufriría algún día un grave percance. Después de tantos años, poco le importo.

Siempre recordará aquel día. Ya se había jubilado, y mientras tomaba el sol sentado en el banco de su parque preferido, frente a la fuente de dos querubines de bronce, la descubrió. Fue la primera vez que vio una y la alcanzó como si de un tesoro se tratase. Se guardo la hormiga reina en el bolsillo de su chaqueta envuelta en un trozo de periódico. En el hormiguero de su casa, sus obreras la recibieron con vítores frenéticos en una fiesta que duró varias jornadas. Un hormiguero no podía estar sin su reina. Y él, tampoco.

Sus hijos lo encontraron frente al hormiguero, en su butaca. Los ojos bien abiertos pero la muerte corriendo ya por sus venas. Marcos, su nieto mayor, fue el primero en percatarse. En los ojos del abuelo, había unos seres diminutos que se movían. Todos prestaron atención y si, las vieron. Las hormigas corrían dentro de sus ojos en un alocado nerviosismo.


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