Tiempo de espera


 

En Villanueva del Condado, todo el mundo sabía que Gabriel y Lucía acabarían contrayendo matrimonio. Prácticamente desde la infancia, las familias observaron con muy buenos ojos, lo bien que se llevaban aquellos dos mocosos. Fue en la juventud esplendorosa de ella cuando Gabriel, declaró su amor por Lucía a la hora de la siesta- y bajo la sombra de un alcornoque reseco- un domingo de sol infernal. Se prometieron amor eterno. Nadie puso en duda que aquella pareja terminaría en el altar tras ver el amor y la pasión que enredaban sus ojos a cualquier hora del día o de la noche.

Gabriel era mecánico de profesión. Había decidido no emplearse –como la mayoría de los hombres del pueblo- en las tareas del campo. Aspiraba a más. No quería quedar como su padre, con la espalda destrozada, las manos agrietadas y la frente rota por el sol y la lluvia. Lucía trabajaba en la panadería de su padre dispensando pastelitos de crema  y el pan nuestro de cada día.

Sobre las seis, aparecía Gabriel en su puerta. Ella le esperaba vestida para el paseo y oliendo a lavanda. Se cogían de la mano y caminaban en dirección al Puente Viejo. Allí se besaban y se prometían la felicidad sobre un lecho de hierba húmeda.

Ella no le perdonó aquella tarde de abril, el encontrar aquel pañuelo de seda bordado manchado con carmín exuberante -con las iniciales S.T-  en el bolsillo de su chaqueta. Gabriel había pasado el fin de semana en la ciudad. Los Duques de Argabalia necesitaban su experiencia mecánica para arreglar un Packard Caribbean del 56 cuyo motor, se negaba a arrancar.

Lucía supo que la hija del Duque se llamaba Susana. No quiso escuchar más explicaciones. Por mucho que él intentó explicar y rogó, Lucía, cerró su casa antes sus narices con candado. No volvió a dirigirle la palabra.

El pueblo vivió la ruptura como algo propio. Los corrillos, las tertulias, las palabras calientes a la hora de la siesta o en la siega matutina, no trataban de otra cosa. A Gabriel lo condenaron todos los habitantes del pueblo mientras que Lucía, adquirió un aura de mujer maltratada y víctima, a la que todos decidieron apoyar y mimar.

Pasaron los meses hasta llegar el verano. Gabriel, desapareció del pueblo y hasta no entrado el invierno, no se supo nada de él. Su familia dejó correr la voz: se había instalado en la ciudad y allí había abierto el más avanzado y sofisticado de los talleres mecánicos existentes. Se estaba haciendo tan rico que ya había adquirido una casa de dos alturas. Es más, la hija de los Duques, Susana Tarazona, se había convertido en su más fiel desahogo.

Lucía continuó vendiendo con una sonrisa melancólica panecillos y aquellos pequeños pastelillos de nata y trufa que tanto gustaban a los ricos del pueblo. Tras acabar su jornada, se engalanaba con su mejor vestido, se peinaba como si fuese a algún guateque, se perfumaba con agua de lavanda y, sacando una  rústica e incómoda silla de mimbre, a las puertas de su casa, esperaba. De seis a ocho, se la podía ver allí sentada, sola, espantando a los gatos y mirando a cada lado de la calle con expectación o al cielo con los ojos cerrados.

Se lo dijo a todo aquél que quiso escucharla: volvería. Le pediría perdón y Gabriel volvería. Se casarían en la próxima primavera. Estaba segura. Ella, ya lo había perdonado. Un pequeño desliz lo tiene cualquiera, pero el amor siempre sale a pasear sin orgullo ni vanidad bajo el sol.

Los años pasaron y el pueblo fue adecentándose a los nuevos tiempos. Ya había dejado de ser un pueblo agrícola y, aquí y allá, se abrían florecientes negocios. La ciudad cada día estaba más cerca gracias a la construcción de una alquitranada carretera. Cada día había más coches circulando con sus motores de explosión y sus humos insoportables.

Tuvo muchos pretendientes. Era demasiado bella para ser abandonada en una silla añeja en las puertas de su casa. Ella no hizo caso a nadie, ni a sus padres, que nunca comprendieron que hacía allí sola en la calle, sentada en una silla, de seis a ocho, sin apenas hablar con nadie. La trataron médicos llegados de la ciudad, le buscaron amigas, apuestos novios. Ella no cedió. Seguiría allí sentada hasta que Gabriel viniese -con su flamante Chrysler Valiant y todo su amor en sus labios- a llevar a cabo todas las promesas que había vertido en el Puente Viejo siete años atrás.

De nada sirvió que a sus oídos llegasen noticias de boda, de nacimiento de hijos, de prosperidad, de cargos políticos. Gabriel se había trasladado a Madrid. Había dejado el taller mecánico y ocupaba un despacho en la Gran Vía madrileña como Delegado Nacional de la Prensa del Movimiento. El dinero y los apoyos de su suegro, el Duque de Argabalia, habían conseguido que Gabriel y Susana Tarazona, su esposa, alcanzasen a tocar el cielo de Madrid en una posición desahogada, con vivienda propia en el Barrio de Salamanca y colegio de curas para sus dos hijos.

Lucía no se arredró. Bajo la lluvia o el sol, tarde a tarde, se atusaba el pelo y se vestía de rosa pálido –el color preferido de Gabriel- y comía altramuces sentada en la vieja silla de mimbre. A pesar de la muerte de su padre, de su flagrante soltería, de sus entrañas doloridas, continuó esperando su llegada. Tampoco le importó que la panadería pasase a otras manos en una venta, a todas luces, injusta. Ni que su querida madre fuese ingresada en un asilo víctima de una demencia senil que le agrietaba el cerebro. Por muy sola que ella estuviese, seguiría allí: sentada erguida y recogiendo las hojas caídas de todos los otoños, la escarcha del invierno y el sol pegajoso del verano.

Por su calle pasaron sus amigas ya casadas y con hijos, los hijos de esos hijos y una multitud de cadáveres. Lucía, envejecida y con la piel delgada, seguía esperando. El pelo ya grisáceo hacía tiempo que se lo recogía en un atusado moño mientras sus ojos perdían el azul grandilocuente de su juventud. Su espectro se había convertido en la estatua sin mirada de la Calle Ancha.

Fueron tiempos de cambios en el país. El General murió y nacía una democracia débil con bayonetas en los riñones. Gabriel siempre tuvo buen olor político. Muy pronto se convirtió en un acaudalado diputado de la emergente y democrática derecha. No le fue difícil hacerse con un acta de diputado en las nuevas Cortes Generales. Sus negocios inmobiliarios iban viento en popa y hacía tiempo que él, ostentaba el título de Duque de Argabalia tras el fallecimiento de su suegro.

La noticia corrió como la pólvora por el pueblo. Los Duques habían comprado la Casa Miraflores en la entrada del pueblo. Un imponente caserón de arquitectura indiana que, por años, había estado abandonado. Al parecer, sería el lugar escogido para pasar veranos y tiempos de caza mayor.

Lucía caminaba tras los pasos de su amado por las noticias del periódico. Gabriel aparecía con cierta asiduidad en los papeles. No fue difícil llenar dos álbumes con sus fotografías. Hasta una revista de ecos rosáceos presentaba en portada, su imponente casa a los lectores. Junto a él, su esbelta esposa, y sus dos hijos ya insertados en el engranaje de los negocios familiares. Los Duques de Argabalia triunfaban en la alta sociedad de la época.

Fue en mayo con la calentura de un sol plomizo, cuando Lucía recibió la noticia. Un estrépito anímico a punto estuvo de tumbarla en la cama. Las fuerzas se le escaparon por la entrepierna y la sangre pareció congelarse en las venas. Primero fueron los rumores y luego, la confirmación en los noticiarios. Gabriel había fallecido en la caliente madrugada víctima de un infarto de miocardio.

Fue la primera vez desde hacía ya años que Gabriel regresó al pueblo. En coche fúnebre y amortajado en un ataúd de cedro blanco. El entierro fue todo un acontecimiento en el pueblo. Periodistas, políticos, nobles y un sin fin de curiosos. Lucía no apareció por el velatorio ni por la iglesia. A las cinco de la tarde, el Duque de Argabalia fue enterrado, en un panteón con ángeles de mármol, bajo la atenta mirada de un centenar de personas.

Lucía no acudió. Tampoco aquella tarde salió con su silla a la puerta de su casa. Era la primera vez en muchos años que no acudía a aquella cita. Dicen los madrugadores lugareños que, al día siguiente del óbito, la encontraron camino del cementerio, enlutada hasta las entrañas, portando bajo su brazo la silla. Hubo curiosos que aseguraron que colocó la silla frente a la tumba y allí, bajo un sol derretido, pasó prácticamente todo el día. Al parecer, le hablaba en susurros. Al oscurecer, regresó como un alma en pena y sin mirar a nadie a su hogar. No se le volvió a ver nunca más. La casa, bajo un aire espectral, no volvió a ver la luz del sol.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Pacientemente

  Con ese palo aceitoso, grabas su nombre en la arena de la playa, y esperas pacientemente a que el agua borre su nombre. Tan pacientemente ...