La siesta

 



Hay una desdicha que recorre las paredes de la casa como un lento pasar de un tiempo que ensucia el blanquecino sabor de la cal. Una levedad de muertos, con asfixia de alma, corretea por las calles vacías escondiéndose del sol en el atardecer de un verano con chicharras. Han oscurecido la luz con brutalidad a la hora de una siesta sesgada por sexo y odio. La tragedia tiene olor a sudor, a rancio sentir de girasoles podridos. Ella se ha apostado en la ventana oscura observando su desnudez. La sensualidad de sus pechos derrama miel de arándanos sobre las losas mojadas de sexo.

Él acaricia su espalda con manos de artesano, bordeando su cuello con los labios de salamandra hambrienta, comiendo el placer de sus senos. Hay versos que resbalan sobre la melena azabache de ella, versos que ningún poeta ha cubierto nunca con piel de rosas sobre su cuerpo. El silencio de la casa adormece las macetas resecas del patio interior. Tan sólo el agua del pozo en el centro de ese patio, remueve sus aguas expectantes. Las ranas han abierto sus ojos con inusitada gravedad: han escuchado los jadeos embriagados de deseo. El sudor de sus cuerpos amantes, se desploma desde las sábanas en una cascada de sexo líquido que engendra hormigas rojas. Hay sabor a sal en las baldosas rojizas mientras se derriten los besos sobre sus nalgas, en su vientre de esponja. Ella cierra los ojos escondiendo su mirada de la fotografía sepia de su esposo estancado en la mesilla de noche.

Un alarido de olivos, de muerte arrancada a las raíces, se expande lentamente por el contorno de sus pezones con vaho. El olor crece en intensidad. Las uñas se hunden sobre su piel con la rabia escondida durante años en el interior de su corazón apagado al tiempo que él, se adentra en los confines de su más tierna y profunda caverna sedienta.

Estallan los tomates en la huerta derramando sangre a un sol que los come con delirio.

Se escucha un galopar de sonidos entrando por el pueblo. Las camisas tendidas en el horizonte se balancean tibiamente a su paso. Las rejas de las ventanas observan el paseo con un silencio respetuoso. Las ventanas a su alrededor se cierran con crujidos y estrépito. Su olor penetra vicioso en un pasillo atiborrado de geranios, calderos de bronce y morteros de cerámica. Se escuchan los gemidos del sexo en la oscuridad de la casa, rechinan los muelles de esa cama tantas veces montada. Un paladar babea gotas de deseo aguamelado. Tan sólo los pájaros dormidos en la siesta se percatan de su presencia, guardando un silencio jadeante. Brilla una escopeta de cartuchos encerrados. Una patada abre con odio la puerta de la habitación. Se encienden todas las luces en la oscuridad de las cortinas. Los amantes se despiertan del sexo acalorado.

Apenas unos niños chapoteando en una balsa de agua verdosa escuchan los disparos. Tan sólo ellos se percatan de la sangre derramada en la quietud de la siesta. Un entierro con tres cadáveres cuajados darán fe de la rota monotonía de un pasar caluroso de tierras adentro. Agosto sueña con ser primavera.


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