Creo que la afición por las dentaduras postizas se
implantó en mí tras la muerte de la abuela. Con las prisas, con el afán de
deshacernos del cadáver con prontitud en un agosto excesivamente caluroso y
marcharnos a Benidorm, nadie recayó en que la pobre abuela, era enterrada sin
su reluciente dentadura postiza. La encontré metida en un vaso con florecillas
verdes y amarillas en un cajón del mueble del cuarto de baño. Fue como
encontrar un talismán. Tal vez resulte absurdo, pero desde el momento que me la
coloqué dentro de la riñonera, las cosas funcionaron mucho mejor en todos los
aspectos de mi vida. En Benidorm rompí con Susana - mi novia de toda la vida- y
me lié con una japonesa sin cámara digital, que tomaba el sol achicharrándose
en la playa, mientras soñaba con ser bailaora de flamenco. La verdad es que
dotes para serlo no tenía, pero era realmente divertida.
La dentadura postiza de mi abuela me acompañó todo aquel verano. Y la suerte con ella. Dos bonolotos, una cartera olvidada en los servicios de un restaurante con varias tarjetas de crédito -que utilicé rápidamente para adquirir la cámara digital que me solicitaba mí preciosa japonesa- unos prismáticos y toda clase de vestuario veraniego incluyendo un par de zapatos de marca y un traje muy fresquito de Armani.
Pero todo tiene su fin, irremediablemente. Nos dirigíamos al apartamento desde la salida de urgencias del hospital. Mi linda japonesa se había dislocado el pie izquierdo intentando emular los pasos de una bailaora famosa en una discoteca de moda, cuando me asaltaron una pandilla de niñatos con crestas de pollo en la cabeza y botas de navajeros del Kurdistan. Por supuesto, la dentadura de mi abuela desapareció junto a los prismáticos, la cámara digital de mí maravillosa japonesa, mis zapatos y el reloj de pulsera regalo de mi primera y única comunión.
La caída en el infierno fue apoteósica. Mi estupenda japonesa me abandonó al día siguiente por un joven rabino ruso bastante intransigente y a mí, se me terminaron las vacaciones.
Reconozco que me obsesioné demasiado con el asunto. Tenía que conseguir una dentadura postiza de repuesto o terminaría francamente mal. Física y psicológicamente. Desde mi llegada a Madrid, había sufrido cuatro atracos consecutivos que me habían llevado a una ruina monetaria y moral bastante acentuada. Por más que pensaba, no conseguía acertar con algún familiar o vecino que pudiese llevar tal objeto en su boca. Hasta que aquella mañana me topé en el ascensor con la Sra. Rosario, la viuda del 5ºA. Su sonrisa con dentadura postiza me cautivó.
Vivía sola junto a un gato de ojos perversos que, desde un primer momento, me enseñó que aquel era su territorio y yo, un imbécil por intentar ocuparlo. De nada sirvieron estratagemas como pedir sal, vinagre, arroz, azúcar. No había manera de sorprenderla sin su dentadura.
Hasta aquella noche en que me deslicé por el canalillo del deslunado y entré en la habitación de la vieja.
Sus ronquidos no me
asustaron. Busqué en la mesilla de noche bajo el espectro de una luz lunera un
tanto tibia. La encontré. Pero también me encontré con Anastasio, el gato.
Tal fue su inquina por mi presencia que, rabioso y con ganas, se me abalanzó marcando sus garras de gato leonado en mi cara alelada. Tuve que acudir a urgencias con rapidez para intentar cicatrizar las heridas. Siete puntos en la mejilla izquierda y dos en la ceja derecha fue el abrupto resultado de tal encuentro. A punto estuve de perder un ojo. Pero la maravillosa dentadura ya era mía.
No pude parar. Caminaba por la calle y todo eran cuerpos con dentaduras postizas. Alcancé un alto grado de profesionalización en el tema. Salía al atardecer y perseguía a las ancianas. En los momentos más solitarios lanzaba mi mano sobre sus bocas sorprendidas, les arrancaba la dentadura y salía corriendo. Más de una vez me llevé sonoras bofetadas y dolorosos mordiscos. Pero poco me importó: una patada en la espinilla y lo vomitaban todo. Una parte de mi armario recopiló una cincuentena de ellas. Pero la suerte seguía sin aparecer. Tenía que encontrarla. La dentadura perfecta. Mi preciado talismán. Sin ella nada sería ya igual.
Tal era la obsesión que dejé de ir a trabajar. Daba cualquier excusa para no aparecer por la oficina. Por supuesto, a los dos meses, me despidieron. No me importó. Es más, así tenía todo el tiempo del mundo para seguir buscando mi preciado tesoro.
Fue en un atardecer otoñal mientras esperaba el 7, el autobús que me trasladaría al centro de la ciudad. En la parada del bus, me fijé en ella. Era una señora de unos cincuenta y algo años. Obesa, con una melena rubia recogida en un moño decimonónico y antiestético, con acento extranjero, posiblemente rumano o polaco. A su lado, una joven oronda con varices y una feísima cicatriz en mitad de su mejilla izquierda, que charlaba animadamente con ella. Supuse que alguna amiga o familiar. La señora cargaba con varias bolsas de un supermercado. Al preguntarle la hora de su reloj la vi. No me quedaron dudas: era la dentadura de mi felicidad perdida. La dentadura perfecta de mi abuela.
El corazón se me aceleró de forma convulsiva. No dudé ni un instante. Subieron en el autobús número 10 y yo con ellas. Durante todo el camino hacia el extrarradio, no pude dejar de observarlas como si de dos famosas actrices de cine se tratasen.
No tenía que pedir autógrafos, pero sí conseguir aquel talismán que me devolvería la buen suerte tan vilmente arrebatada meses atrás.
Vivían en un agonioso bloque de viviendas tercermundista con antenas parabólicas colgadas de las macetas con geranios. Un ruido de chiquillería invadían todos los pisos.
Conseguí su nombre: Agnes Brezsneswaya. Polaca y residente en nuestro país desde hacía dos años. Trabajaba de cocinera en un bar del viejo centro de la ciudad.
La esperé en vano durante varias noches pero siempre solía regresar a su hogar junto a su compañera, hermana o hija. Tenía que armarme de paciencia. En apenas pocas semanas aprendí sus horarios, me empapé de su vida, de sus aficiones, de sus sueños.
Lo sabía todo de ella. La joven que la acompañaba era una prima suya que moraba en su vivienda junto a su marido y sus tres hijos. Mi portadora de la buena suerte también estaba casada –el marido trabajaba en la construcción de un bloque de viviendas de protección oficial- y seis vástagos danzaban por la casa.
Era un viernes. Al parecer Andrea, la prima, se encontraba enferma de gripe y no acudió a su puesto de trabajo ese día. Mi víctima, Agnes, regresaba sola. Era mi gran oportunidad. Subí junto a ella en el autobús. No la perdí de vista ni un segundo. Tracé mentalmente mi plan. En los escasos metros del descampado que tenía que atravesar, la atacaría. Ella se sorprendió. Intenté meterle la mano en la boca mientras le sujetaba el cuello por detrás. Le susurré que no gritara y que se estuviera quieta, que no pensaba hacerle daño. Le arranqué la dentadura y ya me disponía a huir cuando sentí el estallido de la pistola. El boquete que me produjo en la espalda me provocó un profundo dolor y un estropicio de sangre en mi camisa blanca. La cazadora que portaba olía a chamusquina. Me aferré con fuerza a la dentadura que ya tenía en el bolsillo mientras caía sobre la tierra húmeda. No recuerdo nada más. Sé que se apagaron todas las luces –lo cierto es que no habían muchas- y que al llegar al limbo o alguna parada similar, me estaba esperando mi abuela con muy mala cara.
- ¡ Dame la dentadura, imbécil ! Fueron las primeras palabras de mi abuela antes de arrearme una fuerte colleja.

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