La lata de sardinas


 

Llegó a casa empolvado de cansancio; abatido por la crudeza de los silencios, de las ausencias. Era la hora de comer y apenas tenía hambre. Abrió la nevera. Tan sólo un puré de zanahorias y una lasaña maloliente. Se decidió por una lata de sardinas en escabeche. Tiró de la anilla mientras observaba a través de la ventana un cielo con nubes de lluvia.

Apenas notó el dolor. Fue más estúpido aquel sentimiento de fragilidad que le sobrevino perverso sobre su ánimo al intentar abrir la lata.  Su dedo meñique pendía sanguinolento de un hilo muscular. La sangre se esparció grotesca por los azulejos blancos de la cocina. Volvió a tirar de la anilla cruel. Esta vez, con mayor energía.

Las sardinas se mostraron divertidas y sonrientes. No tuvo tiempo para reaccionar. Una de ellas saltó vigorosamente hambrienta sobre su yugular, comiéndole con avaricia su vida vacía. El ojo izquierdo fue una férvida delicatessen para la segunda. Hubiese querido llorar, pero el fuego de su dolor, taponaba cualquier exceso lacrimal. Hubiera gritado sueños perdidos buscando una mano dulce que sofocase su dolor.

Se sentó en la silla derrotado. Mantenía la lata de sardinas sobre la palma temblorosa de su mano derecha. Una tercera sardina consiguió saltar de la lata y situarse sobre su pecho. Comenzó a devorar su piel y pronto se adentró en la cavidad de su corazón. Rió adolorado al sentir como aquella sardina estúpida comía insaciable de su  afligido corazón. El río de sangre crecía sobre las baldosas formando mareas incontenibles de líquido rojo.  

La sardina posada sobre su yugular, emitía sonidos divertidos –chirriantes- mientras aceleraba sus bocados viciosos en su cuello ya ultrajado. El banquete engordaba sus cuerpos. A través de la cuenca de su ojo devorado, la segunda sardina alcanzó su cerebro cuajado. Pudo notar entonces la comida de sesos por parte de aquel impúdico ser. No pudo soportarlo más. Cogió la tapa denticular de la lata y la hincó con todas sus fuerzas sobre la muñeca de su brazo izquierdo intentando borrar cualquier atisbo de vida en su cuerpo. Sintió un ligero desmayo. Vomitó más sangre creando licenciosos océanos de  viscoso liquido sobre el suelo de la cocina. Observó la desconexión de todas las células de su cerebro. Sus recuerdos se apilaron en su conciencia como si de un vertedero se tratase. Aquella sardina colérica devoraba sesos, células, nervios, sentimientos, con una rapidez y devoción sobrenatural.

Cayó abatido sobre las baldosas barnizadas con su propia sangre. Su cuerpo quedó hundido bajo el manto líquido. Intentó respirar ahogándose en su propia vida.

Las tres sardinas en escabeche navegaban divertidas y eufóricas alrededor de aquel cuerpo inerte sobre un mar rojizo. Habían engordado de forma considerable. 

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