Pollo al ajillo con aceitunas


 

Le despertó su mujer desde la cocina moviendo todos los cacharros habidos y por haber. Se dio la vuelta en la cama tapándose con la almohada la cabeza. ¡Joder, que era domingo! No había manera. Miró el reloj de la mesilla: 8:45. Aún se enojó más al saber la hora que era.

- ¡Pilarrrrr! No puedes parar. ¡Es domingo! -gritó con su vozarrón ensalivado en nicotina.

Se tumbó boca arriba y mirando al techo, se dejó llevar por los sonidos del vecindario. Las cazuelas y los platos seguían sonando con fuerza en la cocina. Intentó calmarse y pensar en alguna playa con palmeras y una rubia sonriente calentándole todos los sentidos. Ni por esas. Su enojo se adentró en sus pulmones al recordar que hoy había comida con su tía Begoña. La Coronela. Resopló y buscó algún cigarrillo en el cajón de la mesilla. Por mucho que ella le hubiese prohibido fumar en el dormitorio, estaba demasiado cabreado como para hacerle caso. Hasta hizo volutas con el humo en modo de protesta juguetona.

Comer con la vieja rata, le sacaba de sus casillas. Visitar su piso de trescientos metros cuadrados, lleno de armatostes, antiguallas decimonónicas, con su decoración vampiresca, sus cuadros vetustos del Coronel, atiborrado de condecoraciones, y aquellos sables rancios, junto a todas las medallas condecorativas del régimen, le ponían enfermo. Por no hablar del enorme retrato del Caudillo que presidía el comedor. Para vomitar. Ya se podía morir la vieja y quedarse ellos con la herencia. De buena gana la tiraba por el balcón. Para colmo, lo engreída que era. Siempre creyéndose lo más y viviendo en su pasado de glorias franquistas. Solo le faltaba llevar el fajín. ¡Vieja asquerosa! Cuanto más lo pensaba, más fuerte aspiraba el humo del cigarrillo.

Y por si fuera poco, trabajar para ella en aquellas oficinas apolilladas con olor a naftalina. Tres años llevaban sin subirle el sueldo. La vieja y su fiel escudero: el repelente y amargado gerente. Con más años que la tía y sin pensar en jubilarse. Tal para cual. Dos momias miserables y explotadores. Eso eran ¡Dos ratas babosas!

- ¡Venga, gandul! ¡Levántate ya! ¿Ya estas fumando? Te lo he dicho mil veces, Javier: Fuma en tu despacho, pero en ningún sitio más de la casa

- ¡Pilar, al menos dame un beso de buenos días! – Le pidió meloso, mientras la atraía a la cama con los ojos rijosos.

- ¡Si, a buenas horas! Venga, que tienes que bajar a comprarle los pasteles a la tía…

Mientras él besaba su cuello e intentaba quitarle el pantalón del pijama, ella conseguía desprenderse de su ansia y regresar a la cocina.

No le quedaba más remedio. Se levantó y se metió en la ducha. Puso música a un considerable volumen intentando apaciguar su ánimo. Todos los domingos la misma historia: comer con aquel vejestorio. Todo por tenerla contenta. ¡Vieja amargada! Sin hijos y sin un perro al que acariciar. Odiaba los animales. Como a él. El marido de su queridísima sobrina. Su único familiar vivo. La otra hermana, la palmó hace cinco años. Su única distracción, ir al Teatro Real a lucir sus pieles añejas con olor a alcanfor, y a misa de doce en la Basílica del Cristo de Medinaceli. ¡Bruja asquerosa! si ya tenía un pie en el infierno. Así tropezase en la calle y su cabeza diese contra un bordillo.

Se vistió y salió a la calle. Los dichosos pastelitos. Ya se podía atragantar con ellos. Si no fuera por la herencia. Porque con eso contaban. Tanto Pilar como él. Era su única y amada sobrina. Devoción tenía por ella. Algo le dejaría a la guatemalteca esa, la Yoli. Seguro. Que para eso llevaba siendo su criada desde que murió el viejo hará unos diez años. Criada para todo. Otra pobre desgraciada explotada por el genio repugnante de la vieja.

-No te demores que ya sabes que a la tía le gusta que seamos puntuales. Y ponte la corbata.

¡Encima corbata! ¡Pues la roja se iba a colocar! Que la vieja -tan de derechas- odiaba el rojo hasta en la ropa. ¡Comunistas!

Llegaron media hora de lo previsto. Las doce y cuarto y ya entraban por la puerta. Les abrió Yoli con su vieja cofia y su uniforme desgastado. Ni en eso se gastaba la vieja el dinero. Entrar en aquel piso con olor a naftalina a rancio, le ponía de los nervios. La Coronela les recibió con el rosario nacarado en sus huesudas manos. A Pilar, todos los parabienes: lo guapa que estaba, lo bien que le sentaba el vestido, la belleza de sus labios con aquel pintalabios nuevo. Una retahíla de piropos. A mí, ni me miró. Si, bueno, para decirme que tenía caspa sobre los hombros. Y llamarme la atención por llegar casi siempre tarde al trabajo. Que la empresa no se levantaba sola y el Gerente ya le había avisado que pocos palos al fuego de la empresa echaba. Otro desgraciado.

Se asomaron al balcón viendo el Madrid de los Austrias en un domingo de luz diáfana. La primavera ya asomaba por los tejados. La Coronela Begoña se quedaba dentro con el rosario no fuera a resfriarse. Ellos observaban la belleza de Madrid desde aquel piso de lujo. Ambos pensaron lo mismo: lo que disfrutarían viviendo en un sitio así. Con un cambio de mobiliario y vendiendo todas las antiguallas, podían vivir como reyes.

Tampoco este domingo – además de los pasteles- se olvidó de las aceitunas. A la vieja le encantaban. De todas clases: grandes, pequeñas, verdes, negras avinagradas, picantes, con sabor a tomillo. Todas. Y él, siempre le traía un buen puñado de ellas. No por complacerla, muy al contrario. Hace ya algunos años tuvo un sueño: la vieja -en esas aborrecibles comidas de los domingos- se hinchada a comer aceitunas como si no hubiese un mañana, y con tan mala garganta, que una de ellas, se le atragantaba y no había manera. Su cuerpo acabaría en la caja de caoba sin remedio.  Era su sueño. Como jugar a la primitiva y que te tocarán un centenar de miles de euros. En todas las comidas domingueras, se las colocaba bien cerca. Ella, mientras hablaba de su amistad con Carmen Polo de Franco-no había otro tema- picoteaba con recelo de aquellas brillantes aceitunas. Él, observaba expectante y rezaba para que el hueso de alguna de ellas se quedase incrustado de por muerte en la tráquea de la Coronela. En algo tenía que distraerse durante la comida. Nunca se sabía. Cosas peores se habían visto. Pero nada, cada domingo se iba con la frustración. Ningún hueso de aceitunas se le atragantaba. 

Sin embargo, aquel domingo, tenía una corazonada. Acabada la sopa de letritas – que le encantaban a la Señora- y mientras comenzaba a comer el pollo asado al ajillo, notó algo. A la vieja le costaba tragar aquellos trozos enormes de pollo que se metía con ansia en la boca. Yo la animaba con las aceitunas y, entre una cosa y otra, la Coronela no daba abasto. El pollo, junto con las aceitunas, se amontonaban en su boca y no parecían ir más allá. Esta es la ocasión, pensó él. De esta no se libra. ¡Si se ha metido medio pollo en la boca!  Pilar también notó algo raro y comenzó a preguntarle si estaba bien. Los espasmos, los bruscos movimientos – tiró la copa de vino y, al aferrarse al mantel, arrojó media vajilla al suelo. No podía respirar. Intentó levantarse de la silla cogiéndose con las manos la garganta. Los ojos ya los tenía en un blanco de tulipanes de cementerio. Se ahogaba. Javier sonreía por dentro, mientras Pilar gritaba ¡Tía, Tía!

Tuvo que aparecer la enana de Yoli. Con su enana fuerza y sus enanos brazos cogió a la Coronela Begoña por la cintura, y comenzó a apretar su estómago. Fueron segundos de angustia. Más por ver el desenlace de aquella agónica situación, que por la salud de la tía. Yoli con maña y fuerza, consiguió que la vieja vomitara en la alfombra tal cantidad de viscosidad -con trozos de pollo y huesos de aceitunas- que, tras el suceso, hubo que tirarla al contenedor. A la alfombra, me refiero, no a la vieja. No hubo manera. Se libró: Perdonadme hijos, pero que mal trato. Voy a la cama, que aún me tiemblan las piernas. Entre Pilar y Yoli la metieron en la cama. No hizo falta llamar al médico, por más que insistió la cabrona de la Yoli. Si no se hubiese movido de la cocina, los huesos de las aceitunas y el pollo habrían llevado a la cara acelga a la tumba. No pudo ser. Con ese disgusto se fue Javier. Mientras llegaban a casa, Pilar se mostraba aún nerviosa por lo sucedido, mientras él, ya estaba pensando en la comida del próximo domingo. La ilusión nunca se perdía. Como con los juegos de azar.


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