![]() |
Doña Amalia había
pasado de la radio de Elena Francis a los culebrones venezolanos de televisión,
para terminar sus horas muertas en Internet. Hacía cinco años que había
enviudado y su nieto Alberto, fue el encargado de hacerla partícipe de la nueva
era cibernética. Al principio, se negó en redondo. Lo veía demasiado complicado
para sus setenta y dos años. Pero su nieto no cejó en su empeño. Ella aprendió
rápido. Sus años de mecanógrafa en un ministerio le vinieron bien. Y comenzó a
gustarle. Se compró una tarifa plana y cuándo el reloj marcaba las seis en
punto, ella encendía el ordenador. Algunas tardes chateaba con su nieto que
vivía a dos manzanas de ella, otras visitaba museos virtuales, además leía la
prensa y viajaba a paraísos tropicales. Cierta tarde, encontró la dirección de
un chat erótico en un anuncio. Pinchó en el por curiosidad. Un nombre de
usuario. Un nick. Necesitaba encontrar un nombre sugestivo y atractivo.
Pensó en la protagonista de una telenovela y entró. Le pareció frío, aburrido y bastante grosero. Pero regresó al día siguiente. El nombre de Gissela atraía bastante. Al principio, no sabía que escribir y se dejaba llevar. Poco a poco le cogió el gustillo. Jovencitos imberbes, solitarios, maduros incomprendidos, caballeros explosivos, babosos impenitentes. Gissela, poco a poco, tarde a tarde, fue convirtiéndose en la chica más solicitada del chat erótico. Su descripción de miel atraía a todo tipo de mosca: veinticinco años, rubia de abundantes pechos, con buen culo y con mucho azúcar para endulzar la vida. Sí, doña Amalia a sus setenta y dos años sabía cómo tratarlos.
Poco a poco, aquel juego se convirtió en su gran pasatiempo. Se tomaba a las 5:30 su café con magdalenas y a las seis, mientras entraba en el chat, se servía una copita de anís. A las ocho en punto -sin conmiseración alguna- cerraba las ventanas y apagaba el ordenador. Era hora de preparar la cena.
Dña Amalia-Gissela alcanzó tanto éxito que, una clientela de unos cuarenta hombres –y alguna mujer- se peleaban por sentir el teclear de aquellas frases que tanto deseaban leer: " Hoy vas a encontrar en mí a toda una mujer " " Hoy voy a darte lo mejor de mí " " Quiero hacerte feliz hasta agotarte" " Mi cuerpo quema al sentir tus dedos" " Voy a calentarte hasta que sudes extenuado". Sí, era muy buena en el cibersexo. Algo clásica tal vez, pero de ahí, su tórrido éxito.
Los internautas estaban muy solos y ella hacía la buena obra de caridad diaria. No había nada ruin en dar amor, en hacer feliz a aquellos seres que soñaban con una sensual y atractiva Gissela. No, ella no podía negarse. Tenía que dar tanto amor como era capaz de producir su corazón. El único problema era cuando le solicitaban fotos, cuando alguien se enganchaba en exceso a sus palabras. Le dolía, pero lograba hacerlos desaparecer. Alguna vez tuvo que cambiar de nick. Gissela se convirtió en Jennifer, Jennifer en Agatha, Agatha en Sheila.
Aquella tarde, tras rezar su novena a San Eustaquio y prepararse su copita de anís, encendió el ordenador. Eran las seis en punto. Doña Amalia entró en el chat con el nombre de Victoria. A los dos minutos ya tenía alguien acelerado a sus pies. Siempre le gustaba averiguar datos de aquellos pobres diablos (incluso tenía una pequeña agenda donde anotaba cualidades de sus ya conocidos amigos de chat) insaciables.
Entre..." Tengo mis pechos desnudos dispuestos para ti " y un... " Déjame que saboree hasta hacerte desmayar ese trozo enorme de carne que tienes entre las piernas", ella iba sacándoles datos, curiosidades personales.
Aquella tarde, supo con certeza que aquél joven -que decía ser estudiante de medicina, jugador de tenis y con dos minúsculas pecas en su pene- era su nieto Alberto. El mismo que le había descubierto los misterios de Internet. Esa noche no pudo dormir. Los remordimientos creaban sombras en las paredes de su cerebro. En el amanecer intranquilo, se juró a si misma no volver a entrar. No volver a jugar en aquel infernal círculo de amor.
Regresó quince días después bajo el seudónimo de Amatista.

No hay comentarios:
Publicar un comentario