Llegó a la casa del extrarradio lujoso con la voz azucarada y la piel
de chocolate aterida de frío. Diminuta, enclenque, con la timidez provocándole
sarpullidos en el cuerpo, fue recibida en la soledad arrogante de aquella
familia de clase alta con posturas elegantes y modales de moqueta aséptica. La
casa engominada con silgada decoración Art.-decó era lo suficientemente grande
para mantener a dos serviciales trabajadoras de la bayeta. Gladys fue instalada
en el piso de arriba, en una minúscula habitación con ventana a la sierra
cercana. No, no estaba nada mal. Se acostumbraría al frío grosero que
paralizaba sus ardientes sueños de soleados paisajes. Su Cuba natal únicamente
podría vivir –de momento- en aquellos sueños.
Los señores parecían buena gente. Ante sus ojos datilados, aquel matrimonio joven con la piel de leche, los cuerpos lucidos en gimnasios, pistas de tenis y cacerías a lomos de dorados corceles, se mostraron con educación remilgada. Sus trabajos ejecutivos en empresas con proyección multinacional, absorbían todas sus horas. Eran los nuevos feligreses de una religión basada en el duro y salvaje capitalismo, en la belleza, la riqueza opulenta y el estatus social. Gladys, esbozó una sonrisa astuta. Sin duda alguna, el mundo estaba a los pies abrigados de sus señores.
Con ellos vivía un revoltoso crío de seis años que se atemorizó un poco al ver la piel oscura de Gladys. En cuanto al baúl, nadie puso reparos. Sí, era excesivo en proporciones pero nadie puso reparos.
La chica que compartiría junto a ella los quehaceres domésticos, era una esbelta y oronda polaca de mirada seca y cabellos de nieve rubios. Se llamaba Elsa y dormía en la habitación continua. Era además la cocinera y la encargada de vigilar al retoño.
Gladys apenas pudo dormir la primera noche. Aquel calor artificial escapándose nebuloso por las rendijas del radiador; las suaves sábanas; la mullida y fría almohada; los recuerdos batidos del Caribe rojizo floreciendo en su cerebro con formas multicolores, aprisionaban su corazón. Era su primera experiencia fuera de su tierra y aún podía escuchar los sonidos afilados del barrio de su vida en la vieja Habana. Pero se acostumbraría. No tenía miedo al trabajo agotador; a los madrugones oscuros de las cinco de la mañana. Tenía el futuro bajo las uñas duras de sus pies. Y no estaba dispuesta a derretirse por el camino. Alargó la mano y las yemas de su diminuta mano acariciaron la tersa piel del baúl. Pensó en abrirlo pero se contuvo. Era su primera noche. Ya habría tiempo de hacerlo.
Los amaneceres fríos resecaban su ardiente garganta. Hacer camas, limpiar moquetas, fregar suelos, desempolvar jarrones y cuadros, ayudar a la estática y silenciosa Elsa en la cocina. Apenas tenía tiempo de añorar nada, de soñar despierta, de observar el nuevo cielo europeo con nubes plateadas.
Al anochecer y tras ver el glorioso nuevo mundo a través de una
minúscula pantalla del televisor en la cocina reluciente, caía rendida en la
cama.
Sin embargo, una sonrisa inalcanzable brotaba natural en sus labios con sabor al otear, desde la ventana de su dormitorio, el horizonte helado de una sierra con árboles nevados. Le gustaba perderse en sus sueños desde aquella ventana. Volar y alcanzar el pasado con sus manos. Dibujar las caras conocidas en las nubes y embellecer en imágenes todos los recuerdos de su añorada tierra.
Era la tercera noche en aquella casa y ya no pudo reprimirse más. Necesitaba sentir su presencia, adorar sus formas, impregnarse de su fuerza. Abrió el baúl con la llave celosamente guardada entre sus ampulosos pechos de aguacate. Extrajo primero la bella y fornida cabeza, envuelta en papel de aluminio, colocándola sobre la mullida almohada. Continuó con el torso enorme, los brazos musculosos, las piernas luengas con el vientre liso unido a ellas. Lo situó todo sobre la cama formando un sólido y bien enlazado cuerpo. Sus ojos vibraron al observar su obra durante dilatados y silenciosos minutos.
El negro y corpulento Nelson yacía troceado a su lado, sobre las blancas e inmaculadas sábanas.
Abrió la ventana y llamó, en un silencio ancestral, al viento mágico
de sus ruegos. Suspiró los nombres de Olofin, de Olorun, al mar añejo, al cielo
color cobalto. Gladys encendió cuatro velas negras y derramó caracoles vacíos
alrededor de la cama. Sus plegarias a Yemaya, a Ochun, a Chango, se
entrelazaban en un ritual santero con sonidos de marimba.
Se desnudó con lentitud saboreando con toda su sensualidad la piel melosa con chocolate fundido. Sus labios se posaron sobre aquella inerte y lujuriosa frente y derramó dos saladas lágrimas sobre las mejillas del negro Nelson.
La luna observaba extrañada el ritual iluminando la habitación con una estela inquieta. Gladys sacó del fondo del baúl el tarro con el líquido rojo. Untó el cuerpo inerte de Nelson con aquella pócima y comenzó a mover, con espasmos férvidos, su cabeza de Yyalocha posesa. Los Orishas revoloteaban por la habitación derramando fuego bajo una luz carmínea.
Los trozos de poderosa carne adquirieron lentamente color uniéndose lentamente con el estrépito de los mares de su interior. Gladys danzaba posesa y arrogante por la habitación en un ritual alocado, sensualmente paroxial.
Cabeza, tronco y extremidades formaron un solo y poderoso ser. El
negro Nelson, bello en su altura de un metro noventa centímetros, intenso en
sus cerca de noventa kilos de musculatura fornida, renacía glorioso en un
cuerpo uniforme.
Gladys sonrió y se arrodilló frente a él. Sopló sobre sus ojos
apagados y atrapó el sabor de su aliento.
Sus ojos se abrían de nuevo. Una noche más, su enamorado regresaba a su lado. Nelson despertó del sueño profundo con el deseo hinchado sobre su cuerpo. Desaparecieron las tinieblas y con naturalidad fogosa, Gladys acarició sus extrañados cabellos, sus pechos de miel oscura, su vientre de caramelo, su fuego más profundo. Ella se dejó amar por aquel cuerpo desnudo. Por aquel renacido espíritu fruto del más voraz de los deseos.
Se amaron intensamente bajo la luz de una luna destellante en un
silencio ensordecedor. Bebiéndose entre sí en una larga y fría noche.
Los primeros rayos de sol se mostraron tenues sobre sus carnes. El encantamiento se apagaba lentamente. Nelson volvió a ser un amasijo uniforme de carne pétrea. Era el momento. Gladys cerró sus ojos saciados y comenzó a envolver con meticulosidad religiosa el fruto de su pasión nocturna. El poderoso Nelson yacía troceado de nuevo en el fondo del baúl.
Un sol enfriado acarició su piel. Gladys continuaba desnuda observando el brillo especial de sus ojos broncíneos. Una nueva jornada doméstica despertaba en las agujas del reloj. Una nueva jornada que lentamente arrugaría su visión. No importaba. Las largas noches del caribe amanecerían en su habitación caliente haciendo frente a un frío de sierra madrileña insulso y atormentado. La añeja luz del amor renacería una vez más en sus ojos. Sobre su cuerpo ardiente. Como cada noche.

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