Déjame escuchar a Frank Sinatra


 

Siempre lo odiaste. A Frank Sinatra. Quizás porque me gustaba. Siempre ha sido así. Odiar todo aquello que me daba placer. Era tal el desprecio que me ofrecías, que me anulaste durante los veinte y pico años que estuvimos casados. Ni siquiera quiero recordar la fecha exacta. Digamos que me casé por amor. Hasta que descubrí que ese amor, traía espinas y mal aliento. No tardé demasiado en darme cuenta. Unos meses quizás. Siempre el dinero. El asqueroso dinero. Por él, accediste a seguir sembrando un futuro estéril a mí lado. Ni vomitabas cada vez que hacíamos el amor. Por el maldito dinero.

Eras el mejor bailarín de las verbenas de los sábados. El más deseado. Eras tan atractivo. Como uno de esos actores que nos ofrecían en la plaza mayor –sobre una sábana- los sueños en blanco y negro. Decían que te parecías a Errol Flynn. No lo sé. Para mí eras el deseo inalcanzable. Tenías veintidós años y atrás habías dejado ya a las más bellas mujeres del pueblo. Alguna tuvo que abortar el fruto de tu siembra con viejas recetas de abuela. Por eso, todo el mundo se sorprendió que me sacases a bailar aquel verano del 67. Yo no era demasiada agraciada en lo físico. Bajita, enclenque, con los ojos un poco saltones y pecosa. Eso sí, tenía otros valores. El dinero y las tierras de Papá. Me enamoré locamente de ti, de tu forma de hablar, de tu mirada. Bailar pegada a tu cuerpo era volar hacia un paraíso con luciérnagas en las estrellas. Adoraba tu porte, tu físico endurecido, tus besos. Y las cosas tan bellas que me decías. Nunca las había escuchado tan cerca y dedicadas a mí.

Las reticencias de Papá no las escuché. Ni las de mis hermanos y hermanas. Todo lo convertiste en agua de miel en aquellos meses de amor caliente con cartas de deseo. Teníamos el futuro en granos de oro sobre nuestras manos, decías. Nos casamos aquella primavera fría y otoñal. Apenas unos meses después de que me sacaras a bailar la primera vez. No, no lo niego, fui feliz. Inmensamente feliz. Al menos hasta que me diste el primer bofetón. Papá no quiso emplearte en su empresa y tú me culpaste de ello. Pero tuviste la gran idea: irnos del pueblo. La capital nos esperaba. Allí reconocerían tu valía. Malvivimos mientras te pasabas el día entero en los bares. Aún desconozco como Papá pudo enterarse de nuestra precaria situación. Viviendo en un barrio marginal, sin apenas muebles, pasando hambre y lo peor de todo, sin  amor. Conseguiste el empleo en el Banco por mediación de Papá. Sí, todo cambió. Volviste a ser durante una temporada el amor de aquellos bailes de verbena con farolillos y guirnaldas.

Y nació Alberto, nuestro único hijo. Nunca te gustaron los niños. Y el nuestro, con síndrome de Down, mucho menos. Fue una maldición. Y me maldijiste una y mil veces culpándome de todo. Quise huir mientras seguías poniéndome la mano encima por cualquier nimio detalle. Yo era la única responsable de aquella catástrofe. Carlos murió de unas fiebres a los tres años de su nacimiento. No dejaste caer ni una lágrima por su perdida. Supongo que fue una liberación para ti. Al igual que encontrar a tu primera amante.

Eras un seductor y en casa poco tenías ya que seducir. En el Banco ganabas lo suficiente para permitirte tener caprichos. Sé que tuviste un hijo sano y bello con una de ellas. La segunda, tengo entendido. Aún desconozco a ese hijo tuyo. No sé si me gustaría conocerlo. Seguramente no.

Nos acostumbramos a vivir sin mirarnos a los ojos. Sin cruzar nuestros cuerpos entre las sábanas de la amplia cama. Me convertiste en un mueble más de aquella casa que engrandecías con lujos. Empezaste a ser un buen negociador con ayuda de tu  privilegiado puesto en el banco y creaste empresas de dudosa ética. Pero el dinero crecía en tus bolsillos como árboles con raíces bien regadas.

Hoy vivimos en un chalet adosado con piscina y mujer que me ayuda en casa. Una colombiana que, seguramente, ha dormido en nuestra cama saboreando tu cuerpo aún gallardo, como otras tantas. No te importaba que yo descubriese en cualquier lugar de la casa ropa íntima, perfumada y cara, de mujer con prisas. Yo era la gorda asquerosa que soportabas y a la que golpeabas en tus regresos de copas satisfechas. Papá murió dejándote sin un centavo. Ya no te hacía falta. Tus empresas crecían como hongos de putrefacción con amplios beneficios. De ellos se enriquecían tus queridas y ese hijo tuyo que, incluso, llegaste a enviar a un colegio inglés. El hijo que siempre me negaste tras el dolor de Alberto.

Fue el martes en el club de la urbanización. Merendaba con Elena, mi mejor amiga y a la que intentaste seducir hasta que te enteraste que era lesbiana y pasaba mucho de tus calzoncillos de marca americana, cuando apareció aquel joven alto, atractivo y con aire de estudiante tímido escondiendo la mirada bajo unas gafas de sol. Se quedó allí plantado y su voz un tanto apergaminada dejó escapar mi nombre. Sí, yo era Luisa. Se quitó las gafas de sol y el corazón se me despegó del cuerpo. Eran sus mismos ojos. Los ojos de Eliseo, mi esposo. Te reconocí y no supe que hacer. Elena se alejó alegando llegar tarde a ningún sitio y tú me cogiste de la mano.

Eras él con veintidós años. Dulce, cándido, amable, ardiente. Me contaste tu vida mientras bebías un sorbete de limón y acariciabas mis manos. Tu madre había muerto en el más brutal y silencioso de los silencios. Él ni siquiera presenció el entierro. Y tú estabas en un Oxford repleto de libros. Ahora volvías y querías conocerme. La mujer de tu padre. La esposa fiel y turbada. Fue imposible no volverme a enamorar de aquellos mismos ojos verdes claro, limpios y listos. Caí en tus brazos vengándome del frío útero que renacía bajo tus caderas sensuales. Nunca te pregunté por qué lo hiciste. Hablabas de amor, de deseo, de miedo. Pero allí estabas casi todas las tardes mientras yo te buscaba un piso céntrico y soleado. Nuestro nido de amor. Te presenté a Elena y ella compartió nuestros sueños con granizados de limón.

No importaba que fueras quince años menor que yo ¡Al carajo los convencionalismos! Me estabas volviendo a la vida, atándome a tu ilusión, haciendo crecer los sueños de nata bajo mis pies. Y me dejabas escuchar a Frank Sinatra con sus lunas azules en el invierno crecido.

Él no imaginaba ni tu existencia. Le odiabas. Por el maltrato que también provocó en tu madre, por la soledad en una Inglaterra de lágrimas en los libros abiertos y por mi cuerpo sin corazón. Habías llegado con un único fin. Al final, siempre al final, descubría las cosas. No vivirías en paz hasta conseguirlo, me decías, mientras acariciaba tu pecho abierto a mis besos. Quise callarte, amordazarte a mi cuerpo con tal de que olvidaras. No era el camino a seguir, te repetía una y mil veces. Pero tú orinabas venganza en la noche mientras la luna amordazaba nuestro desconsuelo.

Lo tenías todo bien estudiado. Era un plan perfecto. Simular un robo, un disparo y Eliseo caería en el infierno. Su lugar, decías. Me convenciste. Quise creer en ti. En mi  estómago las tripas sonreían y aplaudían la idea. Matar a aquella rata inmunda y limpiar la vida de todos sus sucios recuerdos.

El disparo le atravesó el corazón mientras dormía. No sufrió. Terminada la sesión de cine regresé a casa, tras dejar a Elena en la suya. La policía me esperaba. Los vecinos habían oído el disparo. La chica de la casa estaba de vacaciones en su Colombia natal. Tuviste un entierro tan digno que tuve que ausentarme a los lavabos para vomitar. Hasta la prensa se hizo eco de mi dolor por tu pérdida. Un robo que había sesgado un futuro brillante en el mundo de los negocios. Aquella misma noche, abrí una botella de champagne francés y me la bebí en múltiples brindis de felicidad. Frank Sinatra me acompañó durante toda la noche.

Pasaron cinco meses hasta que regresaste. Te habías resguardado en tu Oxford querido de cualquier pregunta. Tus ojos en los libros. Ni una llamada. Lloré tu silencio con gritos. Pero de nuevo te tenía allí, en la terraza del club bebiendo el sorbete de limón.

Al atardecer, nuestros sexos se encontraron risueños bajo una pasión de adolescentes mientras la sombra de una tibia lluvia mojaba los cristales de las ventanas. Me dejaste escuchar una vez más a Frank Sinatra mientras yo respiraba a través de los poros de tu piel. Te lo hice prometer: déjame siempre escuchar a Frank Sinatra. Sonreíste y entraste en lo más profundo de mí cuerpo una vez más para quedarte definitivamente.

 


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