Noche de Reyes


 

Este año Ángela únicamente había pedido dos cosas a los Reyes Magos: un juego de vídeo consola en que, un ejército de aguerridas mujeres, tenían que luchar contra monstruos en una ciudad futurista. La otra, un juego de cartas del Tarot. Ya estaba harta que su prima Eva le echara las cartas y siempre le saliese que contraería matrimonio con un viejo con mucho dinero. En esta ocasión, ella se crearía su propio futuro.

Tras ver la cabalgata junto a su madre por televisión, bostezó. Se acercó al mueble del comedor y buscó la caja de cerillas. Encendió de nuevo la vela bajo el retrato sonriente de su papá,  que se había apagado como su vida. Ángela decidió dormirse. Apoyó la cabeza sobre el regazo caliente de su madre e intentó no pensar en nada. Cayendo por la pendiente del sueño,  se encontró con aquel rubio actor tan guapo que comenzaba a besarla con una suave delicadeza en un paraje de mar con palmeras y fina arena.

Notó como su madre le hablaba en susurros sobre dormir en la cama y al rato, notó el suave tacto de las sábanas. El actor le estaba prometiendo en aquellos instantes un amor sin fin sobre un lecho con olor a limón.

Se despertó por los ruidos. La luz del pasillo se colaba bajo la rendija de la puerta. Buscó las zapatillas y abrió con misterio la puerta de la habitación. Allí estaba aquel negro imponente, tan alto y grande como el gigante de aquella película de dibujos animados. Sonrió. Al menos Baltasar se había acordado de ella. El Rey Mago lucía una esplendorosa capa brillante bajo una camisa dorada y unos pantalones bombachos de seda azulada. Coronaba su cabeza un turbante a manera de gorro con rubíes sobre la tela bañada en purpurina. Procurando no hacer ruido, avanzó por el largo pasillo.

Su madre estaba de pie en el comedor con una copa de vino en la mano. Baltasar se acercó a ella y besó sus labios. Ángela observó que no portaba ningún paquete. Quizás aún estuviera en las alforjas del camello allí abajo, en la calle en silencio. Ángela se acomodó tras la puerta intentando proteger su anonimato. A sus trece años era la primera vez que veía a los Reyes Magos en su casa. Bueno, a uno de ellos, al menos. Y su Rey preferido. Era su noche de suerte, sin duda alguna. Además debía conocer muy bien a su madre ya que se estaban besando como ella hacía con su actor preferido en sus sueños. Sintió escalofríos bajo el lívido pijama. Por la ventana semiabierta de la otra habitación se colaba un frío de enero con escarcha.

El Rey Mago continuaba besando con inmenso deseo a su madre. Aquello le extrañó un poco. Tenían que ser muy buenos amigos. Ángela pensó que los buenos amigos siempre se querían mucho. Aunque ver como comenzaba a desnudar a su madre, ya le pareció demasiado raro. Intentó cerrar los ojos pero la curiosidad abofeteaba sus ojos.

Baltasar se despojó de sus ropajes arborescentes y atrajo a su madre hacia él. Observó su culo glorioso y brillante, la espalda inmensa y sus brazos musculados. Su madre se tumbó sobre la alfombra sonriendo y estiró sus brazos intentado abrazarlo.

Mientras Ángela se comía con nerviosismo las uñas, el Rey Mago se movía con espasmos sobre el cuerpo de su madre mientras ésta, no dejaba de gruñir y lanzar grititos entrecortados.

Ángela quiso volver a la cama. No sabía porqué pero las lágrimas le nublaban la vista.

Retrocedió y buscó la luz del pasillo. Dudó y se dirigió hacia la ventana. Colocó una silla frente a la ventana intentando hacer el mínimo ruido posible y se subió a ella. Ahora podía ver la calle. En la soledad de la noche intentó descubrir la silueta del camello. Tan sólo vio a dos borrachos que cantaban alegres mientras le daban patadas a una lata. La vela bajo el retrato

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Pacientemente

  Con ese palo aceitoso, grabas su nombre en la arena de la playa, y esperas pacientemente a que el agua borre su nombre. Tan pacientemente ...