Me
han despertado tus pasos. Hoy llegas pronto, para ser lunes. Aún tendrás el
sueño intrépido pegado a la nuca. Te acercas. Puedo oler tu perfume. Me
embriaga. Lo saboreo como un manjar en mí olfato. Me das los buenos días,
preciosa. ¡Mi Lucía! Siempre tus halagos me encumbran, me atontan en mi
enamoramiento. Me haces sentir como un goloso y sabroso caramelo. Soy tu Lucía.
Tu dulce golosina. Me miro en tus ojos y en ellos navego, me dejo llevar por el
mar que me acercas, que me regalas con toda tu belleza. Con toda tu plenitud.
Comienzas a mirarme fijamente, embelesado en mi figura. Mueves mis brazos, y
tocas mis piernas. Suavemente. Acariciándome con la magia bellida de tus dedos.
¡Desearía tanto abrazarte, besarte, dejarme llevar por tu cuerpo!
Me
desvistes. Quitas ese traje de seda blanco que tantas miradas atrajo la semana
pasada, y me dejas desnuda en el frio pasillo. Intento no avergonzarme. No
debo. Estoy junto a ti, mi amor. Sé que tú me protegerás, me cuidarás como
todos los días. Atrapándome con tu deseo. Haciéndome vibrar mientras me
envuelves con tu cálida respiración. Con delicadeza colocas sobre mi cuerpo un
vestido de verano con muchas flores. El color anaranjado me sienta bien. Lo
sabes. Me observas y sonríes. Me haces sentir tan atractiva, tan deseada, tan
enferma de amor, que puedo flotar en el cielo. En tu cielo. Sueño con llevarte
de la mano, alcanzar una nube de algodón y dejarme abrigar por tu piel. Por la
ardiente pasión de tu vigoroso deseo.
Colocas
la peluca rubia con mucho cuidado y me miras detenidamente. Admiras con
placidez mi belleza. Lo sé. Soy tu obra perfecta y sé que te sientes
orgulloso. No me queda mal, piensas. Colocas los zapatos y, al rozarme
los pies, haces que todas las flores del vestido se alteren buscando las mariposas
de la felicidad. Vuelves a mirarme satisfecho. ¡Estás preciosa, Lucía! Siento
que puedo desmayarme y que tú me recogerás con tus fuertes brazos.
Oigo
voces. Te llaman. Tienes que irte. Lo comprendo. Seguiré aquí de pie esperando
a que vuelvas. A que pases a mi lado durante toda la jornada. No importa. Estás
trabajando y yo soy una simple maniquí que desea convertirse en tu sueño
humano. Rezo por ello. ¡No tardes mucho, mi amor! Sin ti, sin tus caricias, el
frío se apodera de mi esencia congelando mis sueños. Esa soledad de poliuretano
que atraviesa mi corazón de maniquí.

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