Hermanos


 

Llevo aquí tres meses a oscuras. Sin apenas poder moverme y escuchando las voces del exterior. No sé qué hago aquí encerrado. Pero mejor será que no me queje. Estoy bien alimentado y esas voces me hablan con cariño. Eso creo. Aunque el inicio fue bastante duro.  Acostumbrarse a este sitio cerrado cuesta. Sin embargo, ahora es mi único y verdadero hogar. Estoy cómodo y me tratan realmente bien. Ella, sobre todo. Al fin y al cabo, soy su hijo. Aunque siempre suele haber un problema. Y el problema en mi caso es ese renacuajo que se abalanza a cada momento sobre mí. Debe de ser mi hermano. Sí, aunque no me vea, aunque no pueda tocarme, ni sentirme, sé que me desprecia. Lo presiento de una forma tangible. Miedo me da pensar lo que sucederá dentro de unos meses. Le oigo; oigo cuando se queja de mi existencia, cuando habla con mamá protestando del poco y liviano trato que recibe. Poco o nada puedo hacer. Tan sólo esperar. 


Nunca dejó de odiarme. Desde que nací. Aún recuerdo sus ojos a las pocas horas de ver yo la luz grisácea de un diecinueve de julio. Hacía demasiado calor y él sudaba como un cerdo. Su olor y sus ojos. El mismo recuerdo persiguiéndome en las sombras de mis pesadillas. Supe entonces que haría todo lo posible por destrozarme la vida. Tenía tres años, pero en sus ojos borboteaba cierta maldad en un punto de ebullición insostenible. No había tapadera que sofocara su presión. Y esa presión recayó sobre mí con toda virulencia. Ya de bebé sentía sus pellizcos en la oscuridad, en la impunidad del silencio nocturno. Hay miles de anécdotas en mi infancia que él se encargó de nublar. Siempre estuvo ahí, intentando demostrarme que él era el primogénito con sus prerrogativas y yo, simplemente, un mero accidente de la naturaleza. 


Hacerme perder en la playa, en un bosque; intentar despeñarme por un acantilado; intentar crear una pira con mi cuerpo y un manojo de cerillas; ahogarme en una piscina; partirme la pierna, el cráneo; intentar vaciar las órbitas de mis ojos. Su imaginación no tenía límites. Pero tras las huellas de ese dolor físico se escondía la vergüenza de sus inquietantes bromas. Sus continuas vejaciones, sus innumerables menosprecios provocaban cierta nausea existencial que palideció los espejos de mi espíritu. Nunca, desde mi nacimiento, nos llevamos bien. Mejor dicho, nunca quiso ofrecerme una paz hermanada que dulcificara mi existencia. Su odio hacia mí ardía en su sangre.  


Fuimos al mismo colegio. A Dios gracias en diferentes cursos. Aunque a punto estuve de alcanzarlo tras sus desastrosas notas. Era un negado para los estudios. Y sin embargo yo, todo lo contrario. Tenía facilidad para el lenguaje, las matemáticas, la historia. Una vulgar lumbrera.  

Yo no era culpable que fuese pasmosamente ágil a la hora de anotar en mi cerebro todos los datos que me ofrecían. Tampoco lo era de disfrutar de la lectura, de la música clásica, de jugar tan bien al ajedrez. Ni tampoco me propuse nunca ser el preferido de mis padres y lo era. Por supuesto nunca pudo soportar mi carácter, mis privilegios, mis ganas de aprender. 
 
Sin embargo, él era el rey del barrio. Una celebridad en el campo de las artimañas, de las peleas, de la vida oscura de las calles. Sus amigos eran lo mejorcito de cada casa. “Los desahuciados” los llamaba él. Por supuesto, a mí nunca me permitió compartir sus andanzas. Era demasiado “niña” para ir con ellos. Eso sí, de la vida podía darme lecciones como si fuese el mejor de los maestros.  

 Había sido detenido por la policía a los trece años por apedrear un autobús, a los catorce ya había experimentado con el sexo de los ángeles, de alguna diablesa y con el de Raquel. 

Había que reconocer que era atractivo, meloso con lejía, demasiado agridulce para no encandilar a cualquier mojigata con labios carnosos. Yo, mientras tanto, seguía encerrado en mi habitación leyendo libros, estudiando y viendo películas de la época dorada y negra de Hollywood.  
 
Tenía trece años y él dieciséis. Era el primer sábado que me permitieron mis padres salir con mi hermano. Por supuesto, se opuso. Y yo también. No me apetecía nada compartir el tiempo a su lado: escuchar sus insultos, sus procacidades; escocerme con su pestilente olor, no era la mejor manera de pasar un sábado. Pero estaba por medio la compra de una moto.  

Supo cómo hacerlo. Deliberadamente me emborrachó. Acabé en urgencias con un coma etílico. Fui la burla de todos sus amigos y de su supuesta novia Carmen (cada quince días cambiaba de novia, como de calzoncillos). Pero algo despertó en mí. Conocí a uno de sus mejores amigos. Hasta entonces nunca me había interesado el sexo. Sabía perfectamente lo que me atraía, pero no con la virulencia que encontré al verme reflejado en el iris verdoso de Juan. Deseaba tanto su cuerpo que accedí a cualquier cosa que me pidiese mi hermano con tal de salir con él, sus amigos. Estar cerca de Juan, superaba cualquier aventura narrada en un libro, en una película. Era tan real, tan majestuosamente atractivo. Deseaba besar sus labios, recoger sus abrazos, estrechar mi vientre junto al suyo y extasiarme con su abultada entrepierna.  

Le compraron la moto. Yo poco a poco fui introduciéndome en el grupo a pesar de las bromas, y los más crueles insultos. No me importaba. Con ellos estaba Juan. Mi hermano nunca me lo perdonó. Aquella tarde de noviembre, fría y lluviosa, mi hermano nos pilló desnudos en la cama acariciando hasta la extenuación nuestros cuerpos.  

Juró matarme. Y supe con toda seguridad que lo haría. A Juan le dio tal paliza en los días posteriores que el pobre chaval, tuvo que desaparecer del barrio en un silencio lacrimoso y vergonzante. No volví a verlo. 
 

Aquella situación cambió radicalmente mi forma de observar la vida. Me lancé a ella con todas las consecuencias. Me alejé de mi hermano totalmente. Para mí no existía. Me busqué mis propias amistades, mis propios amores, mi propio sexo. Recuerdo el día de mi decimoctavo cumpleaños. Íbamos a celebrarlo en casa con varios de mis amigos y mi –por entonces- amante: Javier. Mis padres, por supuesto, no sabían nada de mis tendencias sexuales. Pero era el día adecuado.  

 Al ver a mi hermano supe que había preparado el peor y más desdichado de los regalos. Me lo ofreció en una bandeja atiborrada de miserias, odio y mezquindad. Mi hermano se presentó con María, su espléndida y mordaz novia. Tal para cual. No tuvo ninguna delicadeza en decirles a mis padres que aquellos amigos seguramente habían pasado todos por mi cama. Y que, Javier, era mi actual amante.  
 
Las lágrimas de mis padres, sus silencios, sus tormentos fueron la nota dominante desde aquel momento. Su hijo predilecto había perdido todo su encanto. Se había esfumado convirtiéndose en lo más inmundo de sus vidas.  


Las risas de mi hermano y su novia aún resuenan en mis oídos. Fue insoportable continuar en casa. Me fui a vivir a la pensión de Javier. Había comenzado Filología Alemana y Derecho a un mismo tiempo. Pero tenía que encontrar algún trabajo. Lo encontré en un pub gay abierto hasta el amanecer. Pronto Javier fue historia. Comenzaba a sentirme demasiado codiciado por ciertos clientes del pub. Hombres maduros de inmejorable posición social que ofrecían todo su mundo de doradas tarjetas de crédito a cambio de mi amor.  
 
Luis fue el receptor de mis sueños. Cuarenta años bien montados sobre un esqueleto tallado en gimnasios y saunas. Director comercial de una multinacional de comida rápida con casa en las afueras doradas, con estrellas danzando en su enorme piscina, con el lujo más sofisticado sobre su escalera endiosada y sobre las alfombras persas. No fue difícil enamorarse de él. Nada difícil. 
No volví a ver a mis padres, pero sí a mi hermano. Sus llamadas aparecían de vez en cuando en mi móvil. Se había casado, tenía ya tres hijos y una empresa de recambios para automóviles.  
 

Fue en aquella exposición de cuadros de un amigo nuestro. Apareció por sorpresa en el cocktail. Apenas había cambiado. Tal vez un poco más grueso, pero la misma efigie de seductor argentado y el atractivo perlino sobre sus ojos. Pronto intimó con Luis. Al parecer se había separado de su esposa. Su negocio había quebrado y él necesitaba de nuestra ayuda.  

No fue difícil ver cómo engatusaba a Luis. Semanas más tarde los encontré devorando sexo en el jacuzzi de casa. Sonrió con tanta satisfacción al ser descubierto que fui yo el realmente avergonzado de la situación. 

No quise saber nada más. Escapé de la casa con lo puesto.  
Había terminado mis estudios y gozaba de un digno puesto de trabajo en una empresa inmobiliaria. Luis se encargó de encontrarme el trabajo.  
 
Supe por los periódicos que Luis se había suicidado. La noticia me destrozó. Estuve abatido, agónico, durante bastantes meses. Intenté localizar a mi hermano, pero su rastro se había esfumado como si de la cocaína que esnifaba se tratase.  
Mi vida continuó bajo el espectro del cómodo trabajo, los amores fugaces y las pesadillas nocturnas con pájaros agonizando sobre el dosel de la cama. 
 
La muerte de mi padre me encontró recién cumplidos los treinta años. El ver de nuevo a mi madre después de tantos años fue más duro aún si cabe que la desaparición de mi padre. Pasé cuatro días junto a ella en la ciudad de mi infancia. Por supuesto, mi hermano no apareció.  


Ernesto comenzó a llenar los vacíos de mi vida. Arquitecto, intelectual, escultor en sus ratos libres, brillante conferenciante y mejor amante. Nos unimos en un placentero viaje sin retorno. Creo que el tiempo que viví junto a él, fue el más dorado y feliz de mi vida. Yo había cambiado de ciudad y trabajaba en un prestigioso bufete de abogados. No le fue difícil dar conmigo. Habían pasado cinco años desde la extraña muerte de Luis. Y allí estaba de nuevo él, mi hermano. Envejecido, ajado, gris. Sin la vitalidad perenne en sus ojos embriagadores. Había deambulado de aquí para allá buscando el hilo plateado de una existencia ruin compuesta por un ovillo de sucios negocios, mujeres excesivas, y un torbellino de drogas bajo un cielo de ácidos embustes. Necesitaba paz en su espíritu y dinero.  

 De nuevo recurría a mí. Era –según él- su bálsamo purificador, su ángel de la guarda, su querido hermano. Esta vez su seductora esencia no embelesó a mi actual compañero. Ernesto no soportaba su presencia. Le ayudé. No podía hacer otra cosa. Le buscamos –Ernesto también cooperó- un trabajo en un supermercado; intentamos encontrarle terapias que terminasen con sus costumbres tóxicas. Al principio aceptó todo. Incluso algunos domingos comíamos en un falso ambiente familiar.  
 
Aquel día, Ernesto había viajado a París. Un proyecto arquitectónico requería su presencia. No pude acompañarlo por mi trabajo. Regresaría el sábado por la tarde.  
Estaba disfrutando de una versión en Dvd de una película de Bette Davis cuándo sonó el timbre. De nuevo estaba mi hermano allí. Se había metido de todo en el cuerpo y su olor a alcohol me recordó tiempos pasados. Necesitaba hablar conmigo 
 
Había sido despedido del supermercado y necesitaba afrontar unas deudas. Tenía que ayudarle. Juró una y mil veces que sería la última ocasión. Por supuesto no me dejé embaucar. Ya estaba suficientemente harto. Deseaba que saliese de mi vida de una vez por todas. Para siempre. Pedí que se marchara. Estallaron jarrones y piezas de cristal sobre el suelo mientras me golpeaba con saña. Sus insultos borrachos me ensuciaban el corazón.  


Estaba sangrando sin que él cediera en los golpes. Fue imposible defenderme. Sus manos ahogaban mi garganta. Me subió a la habitación. Recuerdo sus palabras como aceite hirviendo sobre mi piel: “Maricón de mierda, siempre me has deseado. Pues me vas a tener ahora mismo”. Las lágrimas se mezclaban con la sangre sobre las sábanas de seda. El dolor penetró enérgico en mi cuerpo. De nada sirvieron mis súplicas. Vomité de asco. Vomité todo el asco guardado en mis tripas desde mi nacimiento. Sus risas alcoholizadas caían sin pudor sobre mis oídos. Desear mi muerte no fue el único sentimiento que me cegó en aquellos instantes. Quise la suya también. La pistola que Ernesto guardaba en la mesilla de noche arrojó con crudeza una bala sobre su corazón. Ni siquiera al recibirla dejó de sonreír. Tampoco sus ojos dejaron de desprender aquel brillo seductor que siempre había embargado los sueños de tantas personas. El ruido de la segunda bala apenas lo percibí. Únicamente explotó sobre mi cráneo destrozándolo.  


Faltan dos meses para mi nacimiento. Y lo he decidido. No será difícil conseguirlo. El cordón umbilical ya me aprisiona la garganta. Con tan sólo un movimiento lo lograré. Es mejor que así sea. No quiero ver los ojos de mi hermano. 


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