Sí, tengo fe en ellas. En las ratas. Son animales dulces,
cariñosos, fieles, bellos. Y no esas mariconadas de "animales de
compañía" que inundan apestosamente nuestras ciudades: perros, gatos,
tortugas, periquitos. No, gracias. Siempre he sido extraño con mis gustos sobre
mascotas. Pero, reconozcámoslo, ¿Quién no tiene extremas manías sobre cualquier
aspecto cotidiano? ¿Usted no? Lo dudo.
En un
principio me dio por criar malvas en el jardín, aunque era demasiado aburrido.
Prefería cosas más fuertes: los escorpiones eran mucho más amenos. Tuve una
primera y única pareja de ellos hace unos años. No se llevaban muy bien, pero
tampoco daban excesivos problemas. Bueno, al final sí. Todo fue culpa de mi
mujer, Clara. Los tenía sueltos por casa -Maribel y Lucas, se llamaban- cuando
ella se ausentaba. Era emocionante la intranquilidad que provocaba el no saber
en qué momento ilustre aparecerían dispuestos a picotearte un brazo, un dedo,
una pierna. Era un sin vivir agradable, con la adrenalina en estado de
ebullición permanente.
Cuando
llegaba Clara procuraba guardarlos en una caja de zapatos. Sin embargo, aquella
noche, uno de ellos –Lucas-, logró salir de su encierro. Con nocturnidad, pero
sin maledicencia alguna -es su naturaleza- se desplazó hacía nuestra cama.
Subió atraído -es un suponer- por el perfume arrollador de mi mujer -siempre le
amonesté el uso indiscriminado de aquel pegajoso aroma- y se abalanzó sobre el
muslo izquierdo y sabroso de ella. Los gritos de mi esposa levantaron las
baldosas dormidas de la habitación y a medio centenar de vecinos cotillas. No
se pudo hacer nada. Antes de llevarla a urgencias, me rogó histérica que chupase
el veneno de la herida -al parecer, lo había visto en una película de indios y,
según ella, daba resultado-. Por supuesto, no lo hice. Eso faltaría, tragarme
el mortífero líquido. Murió dos horas más tarde entre horribles dolores y
vómitos ciertamente desagradables. Mi familia política nunca me lo perdonó. Es
más, incluso me llevaron a juicio. Nunca pudieron demostrar nada. Eso sí, Lucas
-el escorpión asesino- fue disecado por orden judicial y, hoy en día, luce su
bella anatomía en el Museo de los Horrores de Baltimore.
Mi segunda
experiencia con mascotas peculiares fue una boa constrictor bebé, qué se empeñó
en crecer con demasiada rapidez. Era una delicia verla retozar eróticamente en
la bañera. “Clara” nombre que le puse en honor a mi santa esposa, tenía un
exquisito paladar. El surtido de hámsteres, conejos y gatos, la convirtieron en
un ser mastodóntico. No podía con ella. Y sus lamentos nocturnos y poluciones
ruidosas eran increíblemente ensordecedores. Al final, tuve que tomar una cruel
decisión: deshacerme de su exquisita presencia. Fue difícil convencerla de que
huyera en busca de una libertad quimérica a través del inodoro. Estaba muy mal
criada, lo reconozco.
Pero al final, y
tras un enconado esfuerzo con sudor incluido, logré colocarla en posición
descendente. Tiré de la cadena por si se atascaba en el recorrido. Aún, hoy en
día, la echo mucho de menos. Y, sobre todo, al sentarme en la taza siento
cierta pesadumbre y cierto temor infantil. Quién sabe si aparecerá cuando menos
lo espere con su gigantesca boca y…mejor no pensarlo.
Pero
centrémonos. Les hablaba de mi actual pasión. Mis entrañables y adoradas ratas.
Esos increíbles y seductores animalejos.
Esa noche había bebido dos o tres copas de más, para qué
vamos a engañarnos. Hacía frío y el alcohol calentaba mi temperatura corporal.
En aquel oscuro callejón, descubrí su presencia. Aparecía tristemente solitaria
tras un cubo rebosante de basura. No fue difícil atraparla. Parecía
somnolienta, pesada, y con cierto trastorno bipolar producto, tal vez, de su
avanzado estado de gestación. Era enorme, sucia, pero con un pelaje brillante y
unos ojos límpidos y seductores. La instalé en mi hogar y procuré darle todo el
amor y calor posible. Parió a los pocos días seis hermosas crías -circunstancia
que grabé entusiasmado con la cámara de vídeo-, a las que cuidé como si de
hijas mías se tratasen.
Y ya no hubo quien parase. Se reproducían
a un ritmo vertiginoso, y pronto mi escaso piso de 80 metros cuadrados, se vio
inundado por un torbellino de aviesas pero divertidas ratas de color negro. Era
un placer contemplar sus acciones, sus correrías, sus juegos incomprensibles,
su pasión por la vida. Eso sí, tuve que educarlas. Sobre todo, en las horas
nocturnas. No podía permitir que los vecinos se percatasen de su presencia.
Acondicioné el lugar, insonoricé las paredes, y creé una serie de espacios
donde ocultarlas. El armario de cuatro cuerpos herencia de la abuela me vino de
perilla. En pocas semanas, y con nuevas adquisiciones, logré contar cerca de un
centenar de ellas danzando libremente por el parqué alfombrado de mi hogar.
Al principio, intenté conocerlas a todas. Las bauticé con nombres tradicionales. Pronto se me acabó la imaginación y tuve que recurrir a una lista formada por los Reyes Godos, los meses del año, los planetas y algunos satélites; a artistas de cine, políticos de todas las épocas, a nombres mitológicos etc. Al poco tiempo, dicha labor fue imposible de llevar a cabo. Eran demasiadas. No obstante, tenía a mis preferidas: Saturno, Febrero, María Antonieta, Erífile, Donald Trump, Jack Nicholson, Julia Roberts, Agosto, María Callas, Marilyn Manson, Vladimir Putin, Táuride etc. Solo ellas tenían el privilegio de dormir a los pies de mi cama, sin embargo, tras sufrir varios asaltos, tuve que tomar medidas drásticas y colocar una tupida red metálica a modo de mosquitera alrededor de la misma.
Fue en una de esas incursiones cuando me decidí a hacerlo: guiadas por María Callas –una víbora de rata- lograron entrar en mi lecho y, cuando me di cuenta, ya se habían comido media oreja derecha, una parte de un dedo de mi pie izquierdo y Erífile, la más viciosa y líder del grupo, comenzaba a saborear uno de mis testículos.
Sobre sus gustos
no he escrito nada aún, pero los tenían; y muy exquisitos. Les encantaban las
sesiones cinéfilas que les preparaba. Sentado en mi sofá y bajo la luz de unas
románticas velas se arremolinaban frente al televisor dispuestas a saborear las
escenas de películas tipo: Gremlins, El Planeta de los Simios, Blade Runner, La
Guerra de las Galaxias, La La Land o El Cid. Pero sus preferidas eran las
películas porno. Solían retozar de entusiasmo ante la visión erótica de cuerpos
humanos en posiciones ardientes.
En cuanto
a la música, a Jack Nicholson -y algunas más- les encantaba Wagner; otras
disfrutaban escuchando a Mahler. Incluso una gran mayoría se situaban panza
arriba al oír la voz de Julio Iglesias, C. Tangana o Mariah Carey. Las más
rockeras se colocaban danzarinas con Extremoduro, Iron Maiden o AC/DC. Pero
pocas soportaban la música bakalao o el reggaeton. Con dichos sones se
mantenían histéricas gran parte del día.
Y por
supuesto disfrutaban con la letra impresa. Bueno, más bien comérsela era su
deleite. Jasón y Febrero devoraban sin piedad "El Mundo", Saturno y
Erífile " El País" y, Marylin Manson y María Antonieta el "Abc
" Y, cómo no, se sentían pletóricas cuando les leía cuentos tipo " El
Flautista de Hamelin " o capítulos de " Rebelión en la Granja ".
Pero no soportaban ningún relato de un tal JV. Se dormían ipso facto.
En el
capítulo de la comida, apenas tenía problemas. Comían de todo, gracias a Dios:
insectos, plásticos -curiosamente, las bolsas de El Corte Inglés, les producían
una digestión muy pesada- muebles viejos que encontraba en vertederos, latas de
todo tipo y mil y un objeto indescriptible.
Su plato
preferido era el mendigo quincenal. No era difícil conseguirlo: salir en la
oscuridad de la noche, partirle el cráneo o abrirle el corazón apagado a
cualquier adormilado pordiosero muerto en vida. La oscuridad de lóbregas
callejuelas era el lugar idóneo. Meterlo en el maletero del coche y subirlo en
el ascensor sin la mirada en los ojos, era la tarea más complicada
Daba
gloria verlas inmersas en un festín espiritoso sobre el cuerpo oscuro del
mendigo quincenal. Lo colocaba en el centro de la sala y observaba excelso cómo
un millar de adorables y peludas ratas inquietas, se abalanzaban furiosas sobre
aquella masa de carne inerte mientras escuchaba una sinfonía de Bach. Oír
aquella música en conjunción con el ruido estentóreo de sus dientes royendo la
carne muerta, era uno de los mejores momentos que un ser humano podía apreciar.
Al menos, eso me parecía a mí.
Por
supuesto, yo tampoco tenía problemas con la comida. Había que equilibrar el
desmesurado crecimiento. Y allí tenía material suficiente para subsistir: rata
troceada con guarnición al Rioja, lomo de rata negra con salsa de puerros,
relleno de rata con salsa de arándanos, sesada de rata con ajos tiernos, crepés
de espinacas rellenas de ratas con salsa al tomillo, guisado de rata troceada
con patatas. Las recetas culinarias podían ser infinitas. Y lo que más me
entusiasmaba era el desayuno: batido de tripas de ratas con menta y mermelada
de frambuesa. Un buen tonificante para comenzar el día.
Los vecinos se olían algo, aunque tras insonorizar toda la
casa y gastarme un pastón en ambientadores con olor a fresas y melocotón,
cesaron los comentarios. Eso sí, no recibía visitas. Mis encuentros semanales
con Vanessa se realizaban en una pensión adocenada con sábanas de raso raído y
cortinas rojizas. Y a la hora de salir o entrar del piso, mis cuidados eran
extremos. Jamás ninguna de ellas asomó sus ojos fuera de la vivienda. Podía, y
de hecho lo hacía, vivir tranquilo rodeado de mis encantadores animalejos. Su
compañía era impagable.
Pero todo tiene un límite. Y el límite lo pusieron
ellas. No podía ser de otra forma. Aquella noche, y tras marearse observando la
película "La Matanza de Texas", noté cierta inquietud en sus
reacciones. Coloqué un CD de Lady Gaga en el equipo y parecieron calmarse: le
encantaba a la mayoría. Algunas emitían una retahíla de aproximados sollozos y
casi todas caían en sueños duraderos.
Pero algo se tramaba.
Lo presentía. Como todas las noches abrí las puertas del gigantesco armario
donde acomodaban sus cuerpos apretujados en busca del sueño nocturno. No era
tarea fácil encerrarlas a todas. Colocaba olorosos tacos de queso de cabrales
en su interior para intentar atraerlas. Acudían radiantes y felices.
Ni que decir
tiene que, mis preferidas dormían libres en la habitación. Supongo que sería
Agosto el abanderado de los sucesos. Nunca pudo perdonarme aquella engreída
rata que me comiese -en un potaje con riñones al tomillo- a su pareja
inestable, a su amorosa compañera Equidna. Bien sabe Dios que lo hice por ella.
Agosto sufría unos celos terribles que desmejoraban su bienestar. Y Equidna era
una rata con los cascos demasiados ligeros. Se la podía ver a horas en compañía
de Plutón, de Humprey Bogart, de Espartaco. Era demasiado para la pobre
sensibilidad de Agosto.
Tras caer en un sueño profundo, un grupo de ocho gordas de
mis bienamadas ratas consumaron su venganza bajo el liderazgo de Agosto.
Lograron roer la tela metálica que recubría de seguridad mi descanso nocturno,
y liberaron a todas sus hermanas encerradas en los bajos del armario. Cuando
pude darme cuenta de la situación ya era demasiado tarde. Primero se comieron
mis ojos, las orejas, los labios y prácticamente todo el rostro. Se abalanzaron
sobre mi estómago, sobre mis entrañas. Dejé de notar el fluido de mi sangre y
aprecié cómo desmenuzaban con encono mi corazón con sus dientes afilados.
No pude moverme. Aquellos centenares de ratas a las que había
entregado mi vida y alma -nunca mejor dicho-, roían cada parte de mi cuerpo con
ensañada crueldad. Mentiría si dijese que no fue doloroso. Lo fue y mucho. Pero
mucho más dolor sentía por la traición. Por la infinita ignominia de su
venganza después de haberles entregado todo mi amor.
Me encontraron
unos días después, tras la escandalera que se montó en el piso con todas ellas
celebrando una bacanal opulenta tras mi desaparición humana. Doña Clotilde, la
vecina de abajo, fue la que dio la voz de alarma. Llamaron a la policía y a los
bomberos. El espectáculo que se encontraron debía ser dantesco. No puedo
narrárselo porque, lógicamente, yo no lo viví; si bien puedo imaginarlo. Y con
esa imaginación sé que todas ellas lograron escapar del inmueble en una
correría infernal apareciendo atolondradas en unas calles con sol plomífero.
Imagino también que poco pudo hacerse con mi cuerpo desmenuzado. Tal vez no
encontraron nada. Ni siquiera huesos. No lo sé. En fin.

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