La Galería


 

Hacía frío. Desde la ventana observó como algunos tímidos copos de nieve resbalaban por los árboles de la avenida. Terminó la copa de cava dulce y se colocó el vestido rojo junto a aquellos zapatos de tacón de aguja que tanto le gustaban. Unos Manolo Blahnik que él le compró en uno de sus viajes a Londres. Se acaloró al sentir el mullido abrigo de chinchilla sobre su cuerpo y dejó caer el bolso sobre su antebrazo. En el espejo del ascensor se retocó los labios con el pintalabios de fuego. Se vio tan bella que su estómago se acarameló satisfecho. 

Arrancó el coche y se dirigió a la noche oscura dejando atrás el garaje. Ya no tenías dudas. Las dos copas de cava habían atemperado sus miedos. Aparcó cerca de la galería. Apenas había transeúntes. Le encantaba oír el taconeo de sus zapatos despertando a las baldosas de mármol blanco. No estaba lejos. Miró al mendigo que tiritaba de frío sentado sobre unos cartones. Se acercó y depositó varios billetes en el mugriento gorro. Le sonrió y le deseó unas felices navidades.

Las luces del local creaban un halo azulado sobre aquel rincón de la galería. Observó por el cristal ahumado antes de entrar. No, no tenía reserva. Solo quería tomar un Martini en la barra. Sentada en el taburete de piel caoba los vio. Elsa, la secretaria de su marido, sonreía mientras él acariciaba su mano izquierda. Ella, tan esbelta, tan bella, luciendo un vestido dorado de tirantes que estilizaba su esplendorosa y lasciva juventud. Él, con su traje azul marino y la corbata roja de Stefano Ricci, que ella le había comprado en Milán. Disfrutaban el postre con la complicidad de calientes enamorados ajenos al poder del odio, de la rabia, de la venganza.

Terminó su Martini y hurgó en su bolso. Se levantó dejando que sus tacones danzaran al ritmo de una pieza de jazz. Euge Groove vibrando en el calor del local. Se acercó a la mesa donde su marido besaba en aquel momento a su joven amante. El sonido de los dos disparos coincidió con las notas más altas del saxofón del músico. Ella desprendió un hilo de sangre desde su sien. 

Él dejó caer su cabeza sobre la mesa, sobre el plato dorado con restos del mousse de vainilla con cardamomo de fresas, que había degustado. Las copas de vino cayeron al suelo en un lánguido estrepito.  Sus ojos marrones aún recogían en sus pupilas el horror al descubrirla empuñando aquella pequeña pistola plateada que les apuntaba. 

Nadie se interpuso ante el taconeo de sus pasos. Las baldosas blancas de la galería la recibieron con su corazón enfriado. Al pasar junto al mendigo le sonrió. La nieve caía ahora copiosamente. La noche no enfrió su sonrisa de fuego, de labios rojos intensos. Subió al coche y se miró en el retrovisor. Seguía sonriendo.


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