La Taza


 

Preparó el café mientras se anudaba la corbata. Sus pasos le llevaron a la terraza. Ella estaba sentada mirando fijamente el mar, absorta, ajena a sus movimientos. El viento jugaba risueño con su bata de seda mientras liaba sus rubios cabellos. Sintió escalofríos al oler su perfume, cómo se aproximaba y envenenaba sus entrañas.

Colocó su fría mano sobre su hombro mientras bebía el humeante café, sin dejar de mirar con prisas las manecillas de su reloj: “Buenos días”

Ella mojaba sus labios en una infusión verde sin quitar los ojos de ese mar que se despertaba. Ni lo miró. Al cerrar de golpe la puerta, su taza cayó al suelo. El poco líquido que quedaba en su interior se desparramó por las baldosas. Supo en ese momento que ya no le volvería a ver. Que ya no estaría allí cuando él volviese.


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