Tesoros en la Noche


 

La civilización actual no podía terminar bien si se tiraban tallas de vírgenes, cuadros, crucifijos y toda clase de reliquias a los contenedores de basura. Estaba convencido. Encontraba demasiadas maravillas en ellos, como para dejar que fueran destruidos obscenamente por aquella inconsciente sociedad de consumo. 

Aunque recién jubilado, su jornada laboral comenzaba tras cenar en el bar de Cristòfol. Sopa de pescado, albóndigas y un flan. No hacía demasiado frío para estar a mediados de febrero. Pero a su edad, no podía confiarse. La gripe acechaba en cualquier esquina. Con su bufanda, su gorro de lana y su abrigo negro, iniciaba su camino por aquellas avenidas apenas iluminadas. Cientos de contenedores le esperaban. Y en ellos, tesoros inimaginables. Macetas, cuadros, planchas, teléfonos de mesa, muñecas, ordenadores en desuso, muebles de todo tipo, móviles sin vida, libros, cintas de video, porcelanas, zapatos y ropa sin apenas usar -de la que daba buena cuenta en su vestuario- y un sinfín de objetos que podían tener su valor.

 Aunque con una buena pensión - tras treinta y cinco años trabajando en un banco, no podía quejarse- disfrutaba paseando la noche bajo la mirada atenta de la luna y su guirnalda de estrellas. Descubrir los secretos de esas frías noches y llegar a casa al amanecer con un buen surtido de objetos, era su placer más anhelado. Sus tesoros, le hacían feliz. No tenía el síndrome de Diógenes.  No recogía cualquier objeto. Únicamente todo aquello que podía tener algún valor. Y que, sentimentalmente, le hiciesen apreciar el valor de las cosas. 

La civilización de consumo no tenía miramiento y se deshacía de objetos tan artísticos que le daba pena obviarlo en aquellos cementerios de ilusiones. No, no podía hacerlo. 

Aunque su pequeño piso ya estuviera invadido por miles de objetos. Eso sí, los más valiosos, los vendía a Germán, su amigo anticuario. Relojes, guitarras, pulseras, cadenas y anillos extraviados, crucifijos o tallas de vírgenes, lámparas, discos de vinilo, radios, revistas, muebles y una amalgama de objetos de decoración inimaginables, eran bien apreciados por el anticuario. Un buen dinerillo se sacaba en aquellas transacciones, que nunca venía mal. 

Él, hacía buen recaudo de otros objetos menos llamativos, pero a los que guardaba un cariño especial. Alguna muñeca, algún cuadro, algún objeto peculiar. Eran parte de su tesoro. Pero, sobre todo, las estampitas religiosas. Tenía miles. Le encantaba ver todos aquellos santos y santas y conocer su obra y milagros.

Con su carrito de la compra y sus bolsas de supermercado, junto a su valioso bastón, recorría todos los contenedores del barrio hasta que el sol, le daba los buenos días con olor a café y croissants recién hechos.

Muchas noches, cogía el metro y viajaba a barrios pudientes. Era su paraíso. En ropa de lujo algo gastada, en antigüedades no muy maltrechas y en objetos con mucho pedigrí. 

Valía la pena desplazarse y recorrer aquellas avenidas con tanto glamour. Hasta las estrellas brillaban más allí. Estaba seguro. Aunque varias noches tuvo que dar alguna explicación a vigilantes o a la propia policía en patrulla. Lo tomaban por un enajenado, lo conminaban a irse a casa y lo dejaban en paz.

Aquella noche, el viento mordía las esquinas. El frío se adentraba por los recovecos de su abrigo congelando sus huesos. Miró la luna llena y le lanzó un beso con la palma de la mano. Cenó un el bar de Cristòfol. Tortilla francesa, una abundante ensalada y su flan de todas las noches. Cogió un metro vacío que lo trasladó a las calles de purpurina. Los tesoros lo esperaban en aquellas avenidas vacías. Mientras rebuscaba en el segundo contenedor de la noche escuchó las risas y el sonido del vidrio al romperse en el suelo. Se giró y vio como aquellos cinco chavales se aproximaban con el alarido de sus botas militares. Pelo rapado o muy corto y cazadoras negras.

- Eh, cochino viejo… ¿Qué haces ahí?

Rodeado, apenas tuvo tiempo de contestar. El primer golpe sobre la pierna izquierda le hizo tambalearse. El bate de béisbol bailaba amenazante sobre su cabeza. El que lo portaba, no tendría más de veinticinco años. Cabeza rapada, con la cazadora y los pantalones negros y las botas con tachuelas. Sus ojos escupían alcohol de alta graduación. El resto, bebían y reían mordiendo la noche.

- ¡Mendigo asqueroso! ¡No mereces vivir! ¡No hay en España lugar para basura como vosotros!

Sus risas hacían temblar la luz de las farolas.

Uno de ellos le quito el carrito mientras el resto continuaba zarandeándole. Tuvo que apoyarse en la pared para no caerse. Los golpes comenzaron a caer en un violento despropósito. Intentó refugiarse en un portal, pero aquél bate de béisbol cayó con fuerza sobre su espalda. En el frío suelo, aguantó los golpes y las patadas. La luna comenzó a llorar. Mientras dos de ellos orinaban sobre su cabeza sangrienta, otro de ellos, le escupía mientras le golpeaba sin piedad. Su sangre ya formaba un reguero que viajaba entre las baldosas. Dejaron de pegarle al escuchar la sirena. Una patrulla de la policía se acercaba. Huyeron espantados tras un viento con olor a odio y alcohol.

Poco a poco, aparecieron algunos vecinos y viandantes alertados por las luces y la sirena de dos coches patrullas. Escucharon el silencio de su respiración y lo taparon con una manta. La ambulancia no tardaría en llegar. Aunque aquel cuerpo yacente ya viajaba tras su alma. Y tras ella, aquella luz azul. Intensa y caliente, que todos los presentes vieron salir de aquel cuerpo apagado. Una luz que viajó hasta el cielo iluminándolo. La luna se tiñó de aquel azul intenso por unos instantes.


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