¡ Mira que te lo dije !


 

¿Ves? ¡Te lo dije! ¡Mira que te lo dije ¡¡No puedes dejar la medicación ni un solo día! ¡Mira lo que has hecho ahora!  ¡Esto ya es el colmo! Dios ¿Y ahora qué? La madre elevaba en cada frase el tono de voz. A él, ya le dolían los oídos.

¡Vete de mi vista, no quiero ni verte! La sangre ya formaba un riachuelo viscoso que, desde el nacimiento del pasillo, untaba ya los azulejos color malva de la cocina. Un ligero temblor se fijó sobre su ojo izquierdo haciéndolo parpadear con vertiginosa rapidez. Hacía excesivo calor. Su tensión arterial iniciaba una desesperada escalada sobre la montaña de su cuerpo exhausto. Cerró los ojos. Necesitaba pensar ¡Maldito niño, la que había armado! Abrió los ojos y buscó desesperada la fregona. Tenía que limpiar toda la sangre.

La niña se quedó paralizada ante la puerta de la cocina. Sus ojos se desmayaron en miedos mientras lanzaba un desencajado grito: Niña ¡Fuera de aquí! ¡Por Dios, vaya garganta!... ¿no podías gritar menos? Cogió su delicado brazo con violencia sacándola de la cocina.

¡Vete a vigilar a tu hermano! ¡Y dile que se tome las pastillas ahora mismo! Su voz  había adquirido una tonalidad agria. Se sentó en una de las sillas metálicas de la cocina y se quedó ensimismada mirando una mancha gris depositada sobre uno de los baldosines. Se embutió de aquella mancha y recreó sueños irreales con su extraño formato. Tuvo tiempo de bautizarla con un nombre sonoro: KasKasBesbala. Sí, aquella mancha se merecía un nombre, aquel nombre.

Los gritos de la niña en la habitación devolvieron su mente trastocada a la más dura de las realidades. Miró de nuevo los riachuelos de sangre. No cejaban en su empeño de inundarlo todo. ¡Mierda de niño! Su mente volvía a calentarse en pensamientos dañinos. Tenía que reaccionar. Buscar soluciones rápidas y eficaces. Tenía que serenarse. Rebuscó en el armario de las medicinas. Colocó en su garganta tres tranquilizantes pastillas. Pronto el sopor hizo mella en su cuerpo alterado. Se alejó del horrible escenario en busca de su habitación y se colocó en posición fetal sobre el colchón de la cama. El sol iluminaba su cara sin que ella vislumbrase semejante espectáculo.

En la habitación contigua el niño había cercenado con un cuchillo la garganta de su hermana. Aquella niña de nueve dorados años se quedó sentada sobre la silla caoba con los ojos llenos de espanto y la espantosa muñeca de ojos saltones en su regazo. La sangre se coagulaba sobre sus pies mientras él, destrozaba una por una todas las odiosas muñecas con encajes que tanto había amado su hermana.

Una sonrisa pegajosa iluminaba su rostro al tiempo que ejecutaba la trabajosa acción. Unas veinte cabezas de goma aparecieron desparramadas por el suelo sangrado. No, no había tomado la medicación. No volvería hacerlo. Las pastillas se podían pudrir indefinidamente.

Cuando ella intentó despertarse del dulce sueño se encontró con el dolor de todo su sistema central emitiendo lucecitas color ámbar. Horrorizada, intentó apartar el cuerpo de aquel niño insolente. Gritó al ver sus pies. Había cercenado cada uno de sus dedos con acertados tajos de machete. El mismo machete que ahora, recaía sobre su cabeza bloqueando su cerebro de forma indefinida.

Apenas pudo musitar una queja. Su cuerpo se apagó como la explosión violenta de una bombilla al recibir un golpe demente.

El niño regresó a la cocina pisoteando los divertidos charcos de sangre emanados del cuerpo de su padre. Abrió la nevera y sacó el bote de nocilla. Buscó en la despensa el pan. Untó con profusión el sabroso bocadillo con la crema de cacao y avellanas. Tenía mucha hambre.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Pacientemente

  Con ese palo aceitoso, grabas su nombre en la arena de la playa, y esperas pacientemente a que el agua borre su nombre. Tan pacientemente ...