El viento hacía caer las nubes sobre la ciudad. Arreciaba con fuerza y pocos se atrevían a desafiarlo. Cruzó la calle vacía intentando no ser aplastado por contenedores de basura o sillas que volaban a ninguna parte. Miles de cartones y papeles le perseguían liándole los pies. Tropezó varias veces e intento zafarse de aquel torbellino que le acosaba. Faltaban pocos metros para llegar a su casa, a su refugio. Varias hojas de periódico le abofetearon la cara. El aire cegaba sus ojos con el polvo y la arena de la calle. Se detuvo ante la farola. La abrazó. Un río de objetos cotidianos y algunos llamativamente extraños, recorrían la acera, convirtiendo el lugar en un promiscuo vertedero. Aquella caja vacía de fruta, golpeó con fuerza su pantorrilla. Intentó no caer al suelo, pero no pudo evitar sentarse en la acera.
El viento volaba como un huracán salvaje llevándose los pensamientos. Fue entonces cuando aparecieron las letras. Supo que salían de aquellos miles de hojas, de los periódicos, de los papeles publicitarios, de las páginas de los libros ya muerto por el aire. La fuerza del viento las despegaba y volaban junto a él. Cuando se dio cuenta, miles, cientos de miles de letras, se habían pegado en su gabardina, en sus pantalones, en su cara y se deslizaban por sus cabellos como si de un tobogán se tratase. Intentó gritar, pero aquellas letras ya se colaban por el hueco de sus oídos, de sus fosas nasales.
Vano fue el intento de cerrar su boca. Las
benévolas as, las consistentes ces, las alegres jotas, las radicales kas,
las pesadas uvedoble y las zafias zetas, ya alcanzaban su garganta. En apenas
unos segundos su estómago recibió un ingente vocabulario que le provocaron
ardores insufribles. No podía resistir el dolor y cedió. Sus manos -con letras
ya incrustadas en su piel- dejaron de abrazar la farola. El viento se encargó
de lanzarlo al vacío más oscuro. Eso sí, las letras de su cuerpo comenzaron a
brillar como estrellas.

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